Yo sueño con el
país de todos, junto a ustedes, un ¡Feliz Año Nuevo!
11 de Tishri del 5763 al
17 de Tishri del 5763
Es tiempo de celebración.
El nuevo año judío viste de fiesta hogares y corazones. La tradición
impone invocaciones de fe, solicitud de bendiciones y esa proverbial búsqueda
del perdón en un hacer que hermana a los judíos sea cual sea su rito
originario. La celebración es una, no importa si se es sefardí o si se es
ashkenazí, como es uno el concepto judío de la solidaridad y el compromiso
comunitario. De allí que ese compromiso y esa solidaridad se pueda
perfectamente irradiar no sólo al ámbito cerrado de la colectividad judía:
también ha traspasado esas instituciones, esas organizaciones netamente
comunitarias, para beneficiar este país nuestro, donde como activo
tangible, se encuentra ese grupo humano integrado por los venezolanos (por
nacimiento o por adopción) de religión judía.
Nombres sobran dentro de
aquellos —mujeres y hombres— que han nutrido con su calidad humana, su
talento intelectual, su conocimiento científico o sus condiciones filantrópicas
el hacer nacional, es bonito saber que el país todo se lo reconoce. Ahora
bien, no los voy a nombrar, no enumeraré la larga lista, yo quiero escribir
de mi fortuna al haberme podido formar o relacionar con algunos de ellos.
Por eso mencionaré a Rubén Merenfeld, que tanta falta hace hoy, en un país
cuyos niveles de salud se deterioran día a día. Tuve la inmensa suerte de
conocerle y gozar de su cariño y amistad. Le recuerdo animoso, motivándome
a producir un espacio radial cuyo nombre fuera Línea caliente de la salud,
para, a través de dicho programa, poder constatar las necesidades y
carencias de nuestro pueblo en materia médica-asistencial, y buscar una
manera directa de orientar y socorrer a los más necesitados. Una línea
caliente vital y constructiva, nada que ver con esas calenturas
presagiadoras de esquinas violentas o actitudes destructoras...
De eso hace mucho: muchos años
transcurridos, tantos que me remontan a aquellos días de la década de los
80, cuando muy pocos (Merenfeld entre ellos) tuvieron la visión del peligro
que significaba darles la espalda a esos venezolanos relegados, esos que hoy
vemos arreados como corderos por un discurso demagogo, populista y plantador
de odios que les ha captado para provecho de un proyecto que no da ni dará
felicidad a esa población, siempre olvidada, siempre explotada y siempre
engañada. Creo que le debo a ese amigo el hacer alguna vez ese espacio.
Hacerlo sin enmarcarlo en intereses políticos ni en búsquedas interesadas.
Hacerlo como minúscula parte del saldar la inmensa deuda que los más
afortunados tenemos con esa gente, pasto fácil de cualquier caudillo,
cualquier Mesías regulado o cualquier tiranillo.
Y cómo no hacer también
mención especial de Moisés Feldman, menudo y amable. Investigador
incansable, poseedor de una humildad que agiganta aun más su talento, Moisés
Feldman me brindó su apoyo cuando recién iniciaba mi trabajo en la
televisión y me permitió el recurso de su seriedad investigativa, de su
asertividad basada en la sólida ciencia y enriqueció un programa especial
que me tocó realizar sobre la vida y obra del gran Armando Reverón.
Veintitrés años después,
vuelve este psiquiatra a nutrir un trabajo en el que estoy involucrada, esta
vez en el libro que Luis José Uzcátegui —su colega y su amigo— y yo
hemos escrito sobre los hombres que han ostentado el poder en 200 años de
historia tanto en Venezuela como en Latinoamérica. Moisés Feldman, con su
acuciosa percepción médica, nos permitió sustentar nuestra investigación,
sobre todo cuando nos adentramos en figuras como Bolívar y Páez. Veintitrés
años después, gracias a su mujer, Nusia Feldman, especie de mágica
madrina llena de bondad y humanidad compitiendo con su solidez profesional,
Moisés volvió a nuestro lado... Nusia nos volvió a sentar con Moisés al
compartir una serie de datos que fortalecen aun más a Favoritos del diablo
que, gracias a la Fundación Mata, estará pronto ante el público nacional
e internacional. Y es que Nusia es otro ser a quien Venezuela debe
reconocimientos y afectos. Aquí me contenta nombrarla, agradecerle su
existencia, remembrar un poco sus aportes y desear repetir en cualquier
momento una merienda en su casa, saboreando su torta de zanahorias, al mismo
tiempo que nos permite compartir sus libros, sus recuerdos, su talento y su
invalorable consejo.
Más nombres llegan a mi
mente aquí, sentada frente a mi computadora, tantos que no podré resaltar:
Sofía Imber, luchadora incansable; Isaac Chocrón, Gonzalo Benaím Pinto,
aquel junco gallardo, lleno de hidalguía y humanidad, que me dio mi primer
trabajo formal, cuando era una adolescente y me permitió un contacto, una
integración y un amor a la comunidad judía venezolana que el paso del
tiempo sólo robustece. Sarita Scharifker, mi primera “jefa” formal, en
los tiempos cuando ORT se hacía presente aquí, y comenzábamos el sueño
de impartir Educación Creativa en los colegios comunitarios. Sarita y
Gregorio Scharifker, una pareja indivisible a la que amo y a la que valoro
por ese desprendimiento y esa adhesión a Venezuela, patria escogida por
ellos para vivirla y respetarla. Julia Cohén, Anita Zilzer, Trudy Spira
—quien me hace pedirle a Dios el regalo de su fuerza vital, su juventud y
el concepto ético de la vida—... mujeres judías, construyendo país...
Elieser y Ena Rotkopf, qué
decir de ellos más que un “Gracias” que me sirva de recipiente de otros
sentimientos entre los cuales sobresalen mi reconocimiento por su solidez
moral, por su calidad humana, por su generosidad, por el tesoro que me
significa su amistad.
No me perdonaría olvidar a
un ausente a quien repetidas veces le agradezco enseñanzas y orientación:
él es Natalio Berman, quien vino desde su Argentina querida para darle lo
mejor de si al Colegio Moral y Luces, y a Venezuela dejarle a Martha y a
Marcos, hoy más criollos que cualquiera nacido en esta tierra.
Saludo la presencia de
Gustavo Arnstein, Rebeca Perli, Beatriz Rittigstein, Rubén Farache, José y
Raquel Guttman, José y Nusia Weiss, venezolanos a carta cabal y judíos
orgullosos de sus raíces y tradición.
Párrafo aparte para el
rabino Pynchas Brener, sabio, moderno, inteligente, un bastión en el que
Venezuela sabe que tiene un recurso único, un tesoro de reflexión y un cúmulo
de sabiduría. Ese rabino cercano que es más el amigo que destruye
distancias que el prelado sobrecogedor. Brener haciendo del respeto una más
de las maravillas de la amistad y la cercanía. A Henny, su mujer, cálida,
maternal, apoyadora. Una pareja amiga más allá del hecho litúrgico, más
allá de las diferencias confesionales.
Abraham Levy, el compañero,
el venezolano genuino y el judío comprometido con la suerte de la comunidad
y del país todo. El investigador, el profesor, el promotor cultural.
Abraham especie de imán maravilloso que atrae a esos nuevos líderes
comunitarios que ya comienzan a brillar: Estrellita Chocrón, David
Bachenheimer, Elías Farache, unos cuantos Albertos que prometen seguir esa
tradición de compromiso solidario y de aporte humano: Moryusef, Bierman,
Jabiles Schwartz... Quiero y debo terminar, no antes sin decirles a los que
no haya nombrado, que no es olvido: es limitación de espacio, y que a todos
les tengo en mi corazón, con la gratitud de saberles venezolanos de
primera.
Yo sueño, en este Rosh
HaShaná 5763, que las nuevas generaciones de venezolanos de religión judía
no pierdan esa magia, esa fuerza, esa condición humana de los que les han
precedido, de los que han construido y construyen una presencia orgullosa,
valiosa, fuerte y que debe continuar para suerte de todos los que deseamos
para Venezuela y para los que la amamos y luchamos día a día bajo su sol,
y también para Israel, ambas tierras sentidas, que transitan hoy tiempos
terribles, lo mismo que ustedes dulce y musicalmente expresan este Año
Nuevo:
¡LeShaná Tová
Tikatevu Ve Tejatemu!
Eleonora Bruzual
Periodista / Premio Moisés Sananes