Luiz Inácio Lula
da Silva, el populista de izquierda que asumió la Presidencia de Brasil ha
insinuado que no tiene previsto apartarse mucho de las políticas de libre
mercado que han permitido que su país registre desde hace ocho años
estabilidad y un crecimiento continuo. Es posible que ello se deba a que el
Presidente brasileño no necesita ver muy lejos para conocer algunas
lecciones que le sirven de advertencia.
Hacia el sur, la élite política corrupta y débil de Argentina ha perdido
un año en un intento vano por evadir las consecuencias de una mala gestión
financiera durante la década de los años 90, mientras las condiciones de
vida de ese país se han deteriorado por completo.
Al norte, se está produciendo una pesadilla aun peor para América Latina:
Venezuela, que se encuentra arruinada y dividida por el desastroso intento
del presidente populista Hugo Chávez de transformar el país mediante un
socialismo mal concebido, está sumida en un atolladero político que podría
culminar en una guerra civil.
A pesar de que la región está afectada por numerosos problemas, ninguno se
acerca al caos que aflige actualmente a Venezuela.
El paro nacional que tenía como objetivo provocar la renuncia del
Presidente o la convocatoria de elecciones anticipadas, sólo ha tenido éxito
en paralizar la industria de exportación petrolera del país.
La brecha entre Chávez y más de 60% de la población que le adversa ha
venido creciendo cada vez más. Lamentablemente, ninguna de las partes está
comprometida en preservar la golpeada democracia venezolana.
La crisis ha expuesto la debilidad de las instituciones y del liderazgo en
el hemisferio.
En Venezuela la única ayuda externa ha provenido del secretario general de
la OEA, César Gaviria, quien ha tratado de obtener un compromiso entre las
partes pero carece de los recursos o de la influencia para alcanzar ese
objetivo por sí solo.
El Gobierno de George Bush, que tiene toda su atención puesta en Irak, ha
dado varios traspié al tratar de abordar el problema venezolano; otras
naciones latinoamericanas que pudieran desempeñar un papel importante,
entre ellas Brasil, han adoptado una actitud pasiva.
No hay una gran tradición de acción colectiva en la región y, en la mayoría
de los casos, la historia le ha asignado una mala reputación a las
intervenciones estadounidenses. Mientras tanto, la situación en Venezuela
está en un punto muerto. Si no se toma ninguna acción, un país que es un
vital proveedor de crudo y que ha preservado la democracia por más de
cuatro décadas podría caer en la anarquía. Si el Gobierno de Bush no hace
nada, posiblemente Lula da Silva podría tomar la iniciativa.