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Por Belkis Cuza Male

Qué quiere

No lo podrán creer, pero acabo de descubrir que a raíz de las elecciones  últimas de Venezuela, que llevaron a Hugo Chávez a la presidencia del país,  había escrito este artículo que guardé desde entonces en mi gaveta. Ahora, a  la luz de los acontecimientos que vive Venezuela --y que alguna vez de  pequeña casi que se convierte en mi país, pues mi padre trabajó mucho tiempo  allá y pensaba mudarse con toda la familia--, les copio lo que pensé entonces  y que considero que sigue teniendo vigencia:
 
Al conocer los resultados de las recientes elecciones venezolanas sólo se me  ocurre hacerme esta pueril pregunta: ¿Qué quiere Venezuela? ¿Qué quieren sus  ciudadanos? ¿Por qué puede triunfar el populismo en un país que necesita más  que nada paz, orden y ajustes económicos? ¿Cómo pueden los venezolanos
confiar en un hombre que intentó derrocar por la fuerza al presidente de ese  país? ¿Acaso tienen mala memoria, o son masoquistas?

Entre los candidatos tradicionales de los dos partidos al uso y una Miss  Universo y un militar golpista, los venezolanos parecieron preferir la opción  de Chávez como la salida a una larga crisis de fracasos económicos. Pero en  realidad, más que buscar la vía de la solución prefirieron la fanfarria del  nuevo gobernante y el lenguaje secreto de los símbolos machistas. ¿Cómo puede un país lleno de riquezas y petróleo alienarse hasta ese extremo,
entregar sus opciones democráticas en manos de un hombre que no vaciló en dar  un golpe de estado que le costó la vida a mucha gente? ¿Cómo puede una cabeza lúcida, llena de madurez, aprobar la candidatura de un hombre como Hugo  Chávez, por muy "simpático'' que les parezca a algunos? Las palabras se las  lleva el viento y sólo van a quedar las crudas realidades. Somos --los latinoamericanos-- gente muy especial. Nos merecemos la fama de  inmaduros y negligentes con nuestros principios democráticos.
 
Preferimos  echar por la borda un sistema que necesita cambios y sentar en el "trono'' de la presidencia a militares sin escrúpulos, que engatusan al pueblo con  promesas de igualdad social, que prometen pan y derraman en cambio, cuando  menos, las bilis de nuestros pueblos. No sé, supongo que un militar que se encasqueta la boina y da un golpe de estado es muy parecido a cualquier hijo de vecino con mala fama, uno de ésos que todo el mundo reprueba y esquiva en el barrio; algo parecido a un pandillero, un mafioso, o qué se yo. Pero en
nuestros países gustan mucho esos tipos rudos que proclaman justicia, que envenenan al pueblo con sus promesas de pasarles la cuenta a los ricos. En su lugar, un país como Venezuela podría darse cualquier lujo, desde el más
elemental --el de la ausencia de miserias-- hasta el de contar con un sistema ejemplar de gobierno.

Pero los populistas son más peligrosos que los mismos demonios, porque se disfrazan de buenos y justos, algo así como males necesarios. Los países latinoamericanos están cansados de ver sentarse en la silla presidencial a
todo tipo de dictadores, desde los más malos a los menos buenos, de derecha y de izquierda. El uniforme es tan llamativo para los latinoamericanos, que hasta un cantante puede hacerse popular si se fabrica uno y se autotitula general.

 

Somos un continente de comparsas y fiestas populares, nos gustan los exorcismos políticos, nos atraen los tiraflechas, los chicos malos, los que les rompen los vidrios a las grandes mansiones. ¿De qué agresión nos quejamos cuando denunciamos la violencia callejera de los ladrones, de los bandidos? A los que exhiben un odio malsano contra los ricos y los gobernantes al uso valdría la pena recordarles que un populista sólo trabaja para sí mismo, para alimentar su ego, sin importarle para nada las verdaderas necesidades de su pueblo. Me limito a recordarles la historia latinoamericana más reciente. Y cuando usted vea que alguien viene con la retórica patriotera, que desembucha el lenguaje de los patriarcas y pone fuera de contexto sus palabras --pronunciadas hace más de dos siglos-- y dice que desde ahora el país ha vuelto a nacer --porque él ha dado a luz un engendro-- haga como el que no ha oído bien y enciérrese en su casa con siete candados, hasta que pase el temporal. Hugo Chávez es, a no dudarlo, hijo a destiempo de su tiempo, un monarca criollo de la mediocridad y el disparate, al que ahora le han entregado un juguete casi roto --el país-- para que intente hacerlo estallar de una vez por todas, como uno de esos paracaídas rojos que ahora exhiben como símbolo de la victoria presidencial. Desde Simón Bolívar hasta nuestros días, Latinoamérica se ha visto acosada por el fantasma de los héroes. Pero entonces la lucha era de otra naturaleza y el enfrentamiento era obviamente no contra los ricos, sino contra los opresores de la incipiente nacionalidad.
 
Se peleaba por la independencia. Hoy, una vez alcanzada, la lanzamos al desagüe junto con siglos de búsqueda de la madurez. ¿Por qué en lugar de la campaña populista no se les propone a los venezolanos --y al resto del
continente-- la búsqueda del progreso personal a través de mejores oportunidades de empleo, estudios y enriquecimiento espiritual? ¿Por qué hay que enfrentar a ricos contra pobres? ¿Por qué la envidia y el odio? Vuelvo a hacerme la misma pregunta: ¿Qué quieren los venezolanos, combatir la pobreza, la ignorancia, la corrupción administrativa, o engañarse a sí mismos eligiendo a un Hugo Chávez con toda su secuela castrista?
 
belkisbell@aol.com
 
Publicado por © El Nuevo Herald
 
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