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Un hombre llamado Juan
por Soledad Morillo Belloso
Cuando me dicen que uno de nuestros más graves problemas está en la ausencia de líderes, opto por respirar hondo. He gastado litros de saliva y tinta en explicar que en Venezuela abunda liderazgo. No creo en patéticas figuras mesiánicas que tanto alborotan a algunos. No sigo "personajes" o "celebridades"; nunca lo he hecho; no voy a hacerlo. Es dañino, y a la historia basta remitirse para darse cuenta que cuando eso ha ocurrido en Venezuela, el resultado ha sido perverso. 
Sigo causas, que son las que verdaderamente tienen peso y validez. Reconozco autoridad, mas deploro cuando alguien pretende dictar cátedra desde las alturas del poder temporal. Es la tragedia de creer que la sociedad civil requiere jerarquías, cuando lo que se precisa son niveles de responsabilidad.
Entonces, invierto más saliva y más tinta;  insisto en el concepto de gerencia situacional. Hay que entender bien la definición moderna de la palabra 'líder'. Nadie es un líder. En condiciones específicas y temporales, alguien está en situación de o tiene liderazgo, que no es lo mismo ni se escribe igual. Liderar no es ponerse al frente ni dar órdenes; eso es apenas, y con muchísimas penas, 'jefear'. Liderar es concebir y generar espacios de convivencia creativa. No lograr que la gente haga lo que uno diga, sino entender a la gente, y convertirse en inspiración y en conducto. Venezuela no necesita líderes, al menos no en el sentido desgastado y tradicional. Entendamos que Venezuela tiene hambre y sed de verdadero liderazgo. Eso, claro está, no resulta atractivo para quienes conciben y usan la política como vía para el poder, ominoso poder, caníbal poder, vil y feudal poder. Y eso es ya inaceptable. No va más. Así, necesitamos hombres y mujeres que usen el cacumen y comprendan que el pueblo lo que quiere es democracia tanto de fondo como de forma; genuina, respetable, útil. Democracia real, que nos sirva, a todos.
 
No existe verdadera democracia si es apenas una versión que responde a las expectativas de un sector de la población. En copia final, no en eterno borrador. Con división y autonomía de poderes, sin "jefezotes" que se sienten en el derecho de 'gritonear', 'ningunear' o 'mandonear' a otros, y con líderes que entiendan que tienen que servir a la sociedad. Y a esto hay que agregar que  las crisis de este calibre son pasto para liderazgos que surgen, que se consolidan o que fenecen. El verdadero liderazgo de estos tiempos se basa en una mezcla equilibrada y sensata de valores, conocimiento, coraje y constructivas emociones.  El buen saber y el buen sentir es indispensable para el buen quehacer.
 
Yo lo conocí hace unos meses. Llamó poderosamente mi atención su ecuanimidad, su dominio de sí mismo, su fortaleza en el gesto y la palabra, su  humildad al reconocer que hay muchas cosas que no sabe. Y me dije "Este hombre no sabe que, como apuntaba sabiamente William Rogers, todos somos ignorantes, mas no en las mismas cosas". Hoy, lo vemos sólido, sapiente, modesto, corajudo, con los pies bien puestos en la tierra.  Luchando con tesón e hidalguía no por un puesto o un cargo, sino por una causa, que se llama Venezuela. 
Debo decir que no me sorprende que precisamente de nuestra industria petrolera haya surgido una figura como él. Al fin y al cabo, son muchos años y muchos recursos invertidos en formación y estructuración de un espacio del cual no se puede decir menos, sino que es de primer mundo. Sé que no tiene aspiraciones políticas. En su notable sencillez, apunta siempre que él lo único que desea es un buen país, justo, solidario, progresista, y eso pasa por tener una buena democracia. Sé que jamás cruzó por su mente que la vida lo colocaría en semejante encrucijada, y que le exigiría tornarse en un hombre en compleja situación de liderazgo. Yo no sé si es una cuestión de que a los venezolanos a pesar de todo no nos abandona la suerte, o si esto es un asunto de protección divina. 

Creo más bien que es entender que el sistema inmunológico de nuestro cuerpo social produce anticuerpos, que luchan contra las enfermedades y evitan el deceso.
Se llama Juan. Simplemente Juan. Es un venezolano. No uno más, pero tampoco uno menos. Luego de esta tragedia, hay un país que reconstruir y reformar, so pena de caer en el patético expediente de ver cómo se repite la historia. Y con hombres como Juan - que en esta tierra de gracia hay en abundancia -
el futuro no es oscuro.
 
Se llama Juan Fernández. Y es alguien que la historia recogerá en sus páginas como un hidalgo caballero de la democracia.

13 de diciembre de 2002

 
Marsmorb857@cantv.net

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