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tardeconsaddam
- Marzo 16 de
2003
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- Una tarde
con Saddam
-
-
- “Creo
que una de las más gloriosas páginas de la política y la
diplomacia cubana se escribió allí... actuamos en todas las
direcciones y con los mismos iraquíes...” Fidel
Castro, Asamblea Provincial del Partido Comunista de La Habana,
Febrero 26 de 1991
-
- Alcibíades
Hidalgo *
-
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- Saddam Hussein interrumpió
con un gesto de su mano derecha la ya larga explicación del jefe de la
Inteligencia Militar cubana, que sobre un mapa de la península Arábiga
describía el creciente despliegue de las fuerzas norteamericanas y aliadas
que en muy pocos días castigarían a Irak por su invasión a Kuwait.
“He recibido varios informes parecidos al de ustedes. Me los envía mi
embajador en Naciones Unidas y casi siempre van a parar allí”, dijo en
voz alta y pausada el ídolo de Takrit, al tiempo que señalaba hacia un
recipiente de basura de hermoso mármol, al gusto del poderoso dictador de
Irak.
El comentario –primero tras casi dos horas de escuchar a sus invitados en
el palacio de Al Qadissiya – pareció más bien dirigido al puñado de
dirigentes militares iraquíes que ocupaban uno de los lados de la larga
mesa cubierta de dátiles y flores. Al otro, los cubanos enviados por Fidel
Castro para intentar convencer al aliado de Bagdad del más probable
resultado de una guerra en el Golfo, comprendimos que, pese al tono de
aquella voz, esa sería una tarde muy difícil.
Eran los primeros días de noviembre de 1990. Cuatro meses atrás el
inoportuno avance iraquí sobre las fronteras kuwaitíes estremeció al
mundo entero e inquietó a la lejana Cuba. Un amigo reconocido desafiaba a
su propio mundo árabe, a persas, turcos e israelíes, al Occidente en pleno
y a todos los demás y lo hacía, para colmo de males, mediante la
superioridad militar abrumadora contra un pequeño vecino independiente. Un
escenario enrevesado, con desafortunadas similitudes a los peores augurios
de Cuba sobre su propio gran vecino, ante el cual, necesariamente, habría
que tomar posición.
La diplomacia de la isla intentó jugar al avestruz. La cancillería,
alarmada, recomendó callar, no tomar partido. Los kuwaitíes, a fin de
cuentas, eran apenas unos conocidos lejanos, sin dividendos tangibles para
Cuba. Otra monarquía absoluta podrida en un mar de petróleo; no alineados
sí, pero inclinados hacia Estados Unidos. Saddam, en cambio, era un amigo
de muchos años y posiciones comunes.
Se debía esperar, no adelantarnos, seguir el desarrollo de los
acontecimientos, buscar consenso.
Desde el Comité Central del Partido Comunista algunos de los negociadores
de la retirada de las tropas cubanas de Angola, de estreno en nuevos cargos
del poder político, proponíamos lo contrario:
marcar la distancia con el último arrebato de Bagdad. Demasiados
malabarismos nos debía Saddam por su anterior guerra contra los Ayatolás
que habían terminado con el Sha Reza Pahlevi; muchos los malentendidos con
la clientela tercermundista no islámica de la política cubana, o con sus
propios hermanos árabes; muchos también los opositores de la variante
sanguinaria del baasismo iraquí, incluidos casi todos los comunistas de
Mesopotamia, que habían colgado de sus cuellos en la Plaza de los
Ahorcados, a orillas del Tigris. La clara agresión, pese a todas las
justificaciones históricas iraquíes era, además, irreconciliable con el
derecho internacional. Había que tomar distancia de la aventura, en
beneficio de los mejores intereses de Cuba.
Luego de una inútil controversia para limar diferencias, ambos criterios
terminaron, divergentes, sometidos a la decisión suprema del Comandante en
Jefe, que decidió criticar la invasión. Cuba, miembro no permanente del
Consejo de Seguridad de la ONU, votó el 2 de agosto en favor de la Resolución
660 de ese órgano que condenó la acción de Irak. Un día después una
declaración oficial hizo pública la posición cubana y el propio Fidel en
una larga carta a los líderes del mundo árabe argumentó que se había
actuado así “no sin pena y amargura” y en correspondencia con “los
principios que hacen inaceptable el uso de la fuerza en la solución de
conflictos”.
La amenaza de una posible acción semejante de Estados Unidos contra Cuba
fue subrayada en la explicación, la cual lamentaba también la evidencia de
una “nueva correlación de fuerzas a escala mundial”, luego de la
renuncia a los votos socialistas en los países que conformaron la Europa
Oriental.
Cuba no repetiría una acción semejante a lo largo de la crisis que
desembocó en la Guerra del Golfo. En lo sucesivo, bajo instrucciones
directas de Fidel Castro, la representación en la ONU emplearía todo su
ingenio, o cuando menos su esfuerzo, en litigar en el seno del Consejo en
favor no disimulado de las posiciones iraquíes, intentar limitar el alcance
de las sanciones sucesivamente aprobadas, o tratar de dilatar las
decisiones, sin lograr por ello la absolución de Saddam por el crítico
distanciamiento inicial.
A mediados de aquel otoño resultaba evidente que la obstinación por
prolongar la ocupación del emirato que Bagdad consideraba como su provincia
diecinueve, y la determinación en sentido contrario de Estados Unidos, al
frente de una coalición internacional sin precedentes, conducían a la
guerra. Un conflicto que en opinión de Cuba sólo serviría para una
demostración descomunal de la fuerza de los vencedores de la Guerra Fría.
Moscú apagaba poco a poco sus luces, capital de una Unión que pronto
preferiría no seguirlo siendo, y apenas intentaba limitar los daños del
desatino iraquí, sin molestar demasiado a George H. Bush. El mundo no sería
el mismo después de semejante guerra.
Para La Habana, donde se iniciaba el descenso en picada de la economía
sostenida hasta entonces por los aliados socialistas, las circunstancias no
podían ser peores. Era necesario cualquier empeño que evitara la
previsible catástrofe de una guerra por Kuwait y ante la cual el amigo
iraquí permanecía impasible. Hasta el último recurso sería ensayado,
incluso una apelación directa a Saddam.
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La idea
fue del propio Comandante. Era necesario explicar, persuadir,
demostrar al tozudo autócrata la enormidad de la respuesta militar
que se preparaba con un sólido respaldo internacional, y de la cual
Cuba por fuentes todavía soviéticas y por sus propias vías estaba
muy bien informada. En lo político, se podía apelar a una solución in
extremis, a través de alguna de las múltiples mediaciones que
se ofrecían a Bagdad, o de cualquier otra fórmula que facilitara la
imprescindible retirada, que debía ser anunciada sin dilación. |
- La misión debía ser
discreta y bien provista de los datos y argumentos necesarios para conmover
la conocida intransigencia del líder iraquí. La encabezaría el
vicepresidente del Consejo de Ministros José Ramón Fernández. Oficial
profesional de las fuerzas armadas incorporado a la Revolución, fue un
hombre clave en la batalla librada contra la invasión de Bahía de Cochinos
en 1961 y desde entonces de la máxima confianza del Comandante. Pese a su
ascendencia asturiana, es conocido como el “gallego”, el gentilicio común
para todos los españoles en el habla de la isla. Su jerarquía indicaría
la importancia de la gestión y su probada ejecutoria era garantía de que
las instrucciones se cumplirían al milímetro. Rodrigo Álvarez Cambras, el
ortopédico que años atrás había removido un tumor de la médula espinal
de Saddam Hussein –y que por esa y otras razones ha ocupado cargos
prominentes de la traumatología y la política nacional – fue incluido
casi que por derecho propio. Su presencia subrayaría el carácter amistoso,
casi íntimo, del largo viaje a Bagdad.
En mi caso, además de las funciones que recién asumía en las relaciones
exteriores del Comité Central del Partido Comunista, valía el conocimiento
personal del país y de su mandatario durante una larga estadía en el Medio
Oriente. En la primavera de l975 fui el único periodista cubano que llegó
junto con el ejército iraquí al cuartel general del mulá Mustafá Barzani
en las pedregosas y heladas cordilleras del Kurdistán, una de las victorias
que consolidó el poder de Saddam en el mosaico étnico y religioso de Irak.
Para exponer la preciada colección de datos sobre el despliegue aliado,
preludio de la operación Tormenta del Desierto, Raúl Castro designó al
joven coronel Jaime Salas, jefe en funciones de la Inteligencia Militar
(DIM), ya que el sempiterno líder de esta agencia, general de división Jesús
Bermúdez Cutiño, dirigía entonces la ocupación por las Fuerzas Armadas
Revolucionarias de la experimentada Dirección General de Inteligencia (DGI)
del Ministerio del Interior, virtualmente disuelto a continuación del escándalo
por acusaciones de narcotráfico que involucró al general Arnaldo Ochoa y a
los gemelos De La Guardia. Escoltas, ayudantes, traductores y el
viceministro de la cancillería a cargo de los asuntos árabes completaron
la nómina.
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- De La Habana a
Madrid y al día siguiente a Amman en las primeras clases de Iberia
y de Jordan Airlines.
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- En el aeropuerto jordano
aguardaba el embajador de Cuba ante el reino hachemita, quien informó,
diligente, que el avión privado de Saddam Hussein venía para trasladarnos
a Bagdad. Volar en una nave tan notoria reflejada en las atentas pantallas
de cientos de radares de la coalición enemiga desplegada en el área no era
la mejor de las opciones. Era la única.
Los vuelos a Irak habían sido prohibidos por las sanciones ya en vigor y no
podía siquiera pensarse en rechazar el amable ofrecimiento del anfitrión.
Por algo habíamos sido despedidos como soldados rumbo al combate.
Por suerte el corto vuelo nocturno transcurrió apacible. El impecable jet
de Saddam se posó diestramente en el Aeropuerto Internacional Saddam, se
intercambiaron los saludos de rigor con los funcionarios encargados de la
bienvenida y un rápido convoy nos condujo a una residencia prevista por la
misión cubana. Los iraquíes habían sugerido alguno de sus palacios
habituales para huéspedes, pero desde La Habana se había declinado cortésmente
el ofrecimiento, por alguna razón sobre la cual el Comandante no quiso
abundar. La espera por el encuentro apenas comenzaba.
El convoy definitivo partió al mediodía en medio de un impresionante
despliegue de los anfitriones hacia un lugar desconocido. Pronto, el
embajador Juan Aldama, asignado a Bagdad dos años atrás, identificó la
ruta. Nos conducían al palacio preferido por el presidente, Radwaniyah,
también conocido como Al Qadissiya. Para Aldama ese fue uno de sus últimos
encuentros con Saddam.
Graduado de la academia diplomática de Moscú, había asumido en Bagdad,
junto a una simpática esposa rusa, su primer destino como embajador.
El palacio de Al Qadissiya es hoy un lugar mucho más notorio que antes del
estallido de la Madre de todas las Batallas, como llamó Saddam a la cercana
guerra. Forma parte de los llamados sitios presidenciales, sospechosos de
albergar ocultos laboratorios letales. Aquella tarde el convoy atravesó de
prisa los controles de acceso al espacioso conjunto de edificios y los
enviados de Fidel Castro arribamos finalmente a uno de ellos, construido según
los patrones de lo que se ha dado en llamar el estilo islámico moderno,
aderezado en este caso con todo lo imaginable para impresionar al visitante.
Por amplios corredores de azules de Samarcanda y patios interiores de espléndidas
fuentes, arribamos al salón previsto para la entrevista.
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Saddam
no se hizo esperar |
Nos disponíamos a una previsible antesala, cuando apareció al frente de
media docena de altos jefes militares, según indicaban los grados e
insignias en sus uniformes de campaña, tan impecables como el de su jefe.
Con expresión adusta el iraquí saludó al “gallego” Fernández, quien
introdujo de inmediato a sus acompañantes, algunos conocidos por el
gobernante. En lugar de devolver las presentaciones de rigor, Saddam señaló
a sus acompañantes con un vago gesto y nos invitó a ocupar uno de los
lados de una larga mesa en medio del salón.
- El “gallego” inició
sus palabras tras la invitación del anfitrión. Nos motivaba, dijo, la
probada amistad entre Irak y Cuba, entre Saddam y Fidel. Nos preocupaba el
perjuicio que ocasionaría al gobierno iraquí la inminente confrontación.
Y también el beneficio que Estados Unidos obtendría con la demostración
de su poderío militar.
Continuó un extenso inventario de argumentos que el iraquí escuchó
impasible en la intachable traducción de un intérprete de magra figura traído
especialmente de La Habana. El “gallego” dijo que con un esfuerzo
especial el gobierno cubano había considerado cuidadosamente las posibles
soluciones diplomáticas del conflicto y, más importante aún, traíamos
una valiosa información sobre el volumen y carácter de la fuerza enemiga
que, ya casi totalmente desplegada, se aprestaba a la guerra. Ambos temas
serían expuestos si eran de su interés.
El mensaje de Fidel, convenientemente traducido, fue entregado al fin a su
destinatario, que lo leyó con detenimiento y sin formular comentario
alguno, salvo unas pocas palabras apenas musitadas para sí mismo y algunos
movimientos de cabeza de difícil interpretación. Cuando Saddam levantó
nuevamente la vista hacia nosotros, como solicitando qué venía a
continuación, Fernández, que había empleado la totalidad de los
razonamientos que le fueran indicados en La Habana, sugirió que escuchara
los que otros enviados teníamos para decir.
 |
- Tras
el largo parlamento del “gallego”,
- el
iraquí transpiraba impaciencia.
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Entre sus acompañantes era
difícil descubrir una expresión de coincidencia con el análisis presentado
por los cubanos. Tales circunstancias recomendaban que mi turno debía ser
escueto.
Una solución diplomática era todavía posible. Enviados de distintos países
arribaban a menudo a Bagdad desde que la posibilidad de una guerra se había
hecho evidente. Entre ellos, la insistente gestión de los diplomáticos rusos
–todavía soviéticos– trataba de evitar el abandono público por primera
vez de un aliado árabe. Con la URSS, que conocía esta misión de Cuba ante
Saddam, podía contarse para alguna iniciativa de última hora en el Consejo de
Seguridad, a la que seguramente se sumaría China y quizás, con reticencias,
algún otro de los miembros permanentes.
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Eran,
sin embargo, los integrantes de ese órgano que representaban al
Tercer Mundo los que se empeñarían en una solución honorable,
siempre que Irak ofreciera por adelantado su retirada de Kuwait. Las
reclamaciones territoriales podrían replantearse en otra coyuntura.
La buena disposición del Secretario General de la ONU, Javier Pérez
de Cuéllar, cercano amigo de La Habana, formaba parte de la ecuación
negociadora. Cuba aseguraba que si Bagdad hacía el anuncio
imprescindible se podría hallar una solución sin guerra. La
explicación de las opciones diplomáticas tampoco motivó
comentarios. |
- Ante la aparente decisión
de Hussein de escuchar cuanto teníamos que decir antes de hacer sus propios
comentarios, el coronel Salas se dirigió por indicación de Fernández
hacia un pizarrón en el que se habían dispuesto en riguroso orden los
numerosos mapas, tablas, fotos y esquemas que ilustrarían esta explicación.
Salas expuso las diversas etapas en que se había desarrollado el despliegue
de los norteamericanos y sus aliados desde bases en Europa y Estados Unidos
a partir del último otoño. Explicó con detenimiento las características
de aquellas tropas, algunas de ellas estudiadas por Cuba durante muchos años,
hizo énfasis en la reciente ampliación de sus posibilidades para la lucha
en el desierto y desde los mares adyacentes, el alto grado de disposición
combativa, el número estimado de sus integrantes. Identificó los lugares
de concentración de distintas unidades y sus acciones previsibles en el
amplio teatro de operaciones, indicó las posibilidades de coordinación
entre los diferentes mandos y tipos de armamentos.
La enumeración de las poderosas armas, muchas de las cuales serían
empleadas por primera vez, fue especialmente abrumadora. El coronel cubano
habló de una guerra tecnológica, de misiles Tomahawk de varias cabezas que
podían ser lanzados desde el Mar Rojo o el Golfo Pérsico; de helicópteros
antitanques Apache; de superfortalezas B-52, ya probadas en Viet Nam; de los
nuevos aviones F117A Stealth, invisibles a los radares; de los sistemas de
mando AWACS que guiarían simultáneamente cientos de aviones durante los
combates; de cohetes Patriot, incomparables a los Scud de que disponían los
iraquíes; de los tanques Abrams dotados de cañones de 120 milímetros; de
los novedosos sistemas espaciales GPS; de aviones sin piloto y de otras
varias armas inteligentes y recursos para su utilización, a las que se
sumaban las de los aliados de Estados Unidos, que harían esta guerra
incomparable a cualquier otra librada anteriormente, según demostraba
aquella montaña de datos de cuidada exactitud.
La comparación mesurada pero imprescindible con las fuerzas de Irak que
siguió a continuación colmó la copa de Saddam. Escuchó impasible estimar
en desventaja la capacidad de resistencia de su ejército de tierra con
menos de un millón de hombres, unos siete mil tanques y muchas menos piezas
de artillería, pero dio por terminada la exposición cuando nuestro coronel
comenzó a describir la manifiesta superioridad aérea del enemigo.
Tras señalar con duro gesto el destino final de los informes diplomáticos
semejantes a lo que oía de los enviados de Cuba, inició un crudo discurso
sobre la injusticia colonial que creó el estado de Kuwait, verdadera causa
de la situación actual. Condenó la ingratitud de la nación árabe hacia
el único de sus miembros que había combatido la expansión persa en el
Golfo, que primero había sido víctima de maniobras con el petróleo y
ahora aislado frente a la nueva cruzada de Occidente. Aludió a otras
ingratitudes de amigos inconformes con la decisión iraquí de no ceder ante
sus enemigos, de la ineptitud de la ONU y la infidelidad de los países
comunistas. Recordó a Saladino, también oriundo de la región de Takrit
según precisó, y habló de su compromiso ante la historia y de la
formidable lección que el pueblo iraquí, decidido a vencer, daría a
cualquier agresor.
“Pueden decir al camarada Fidel Castro”, dijo mientras se incorporaba de
su silla, “que agradezco su preocupación.
Si los soldados de Estados Unidos invaden Irak los aplastaremos de esta
manera”, concluyó en voz muy alta, al tiempo que pisoteaba
acompasadamente la alfombra con sus pulidas botas militares.
* El autor, periodista, editor y
exdiplomático cubano reside actualmente en Estados Unidos. Como
corresponsal de prensa reportó los años iniciales de la guerra civil
libanesa, la sublevación en el Kurdistán iraquí y otros conflictos en el
Medio Oriente y la guerra etíope somalí de 1978 con participación de
tropas cubanas. A partir de 1981 se desempeñó en La Habana como Jefe del
Gabinete político del General de Ejército Raúl Castro. Fue miembro de la
delegación cubana en las negociaciones para la retirada de sus fuerzas en
Angola y la independencia de Namibia. En este país encabezó la Misión
Diplomática de Cuba que supervisó la retirada sudafricana.
Miembro del Comité Central del Partido Comunista, en 1991 fue nombrado
viceministro Primero de Relaciones Exteriores y posteriormente Representante
Permanente de Cuba ante la ONU. En el verano de 2002 salió de Cuba
clandestinamente hacia los cayos de La Florida. Una tarde con Saddam forma
parte de un libro en preparación sobre sus experiencias al servicio de la
Revolución Cubana.
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