La Mujer crea el universo,
es el cuerpo mismo de este universo.
La Mujer es el soporte de los tres mundos, es la esencia de nuestro
cuerpo.
No existe otra felicidad que la que procura la Mujer. No existe otra vía
que la que la Mujer
puede abrirnos. Jamás ha habido ni habra jamás, ni ayer, ni ahora, ni
mañana, otra fortuna que la Mujer, ni otro reino, ni peregrinación, ni yoga,
ni oración, ni fórmula mágica (mantra), ni ascesis, ni otra plenitud,
que los prodigados por la Mujer. Shaktisangama-Tantra II.52
El tántrico, para quien toda mujer encarna a Shakti,
tendrá hacia ella una actitud muy diferente a la del varón común. Para él, ella no es
un objeto sexual que hay que cortejar para obtener sus favores, ni una presa de caza. El
tántrico no es ni ligón ni Don Juan. Sola con él, la mujer no tiene nada que temer:
estará segura, será libre
de comportarse como quiera. Respetada, en
ningún momento será importunada.
En el plano sexual el hombre y la mujer se separan
desde el punto de vista del orgasmo, lo que significa un extraordinario viraje evolutivo.
Durante el orgasmo, el hombre siente como mucho tres o cuatro contracciones mayores,
seguidas de
algunas otras, menos intensas, todas localizadas en
la región genital.
Inmediatamente después se desinteresa del sexo. La
sangre abandona el pene,
que queda blando, y todo se ha de recomenzar pasado
cierto tiempo.
Para la mujer el proceso es totalmente distinto.
Normalmente, ella siente de cinco a ocho contracciones principales, luego de nueve a
quince secundarias que irradian
por toda la pelvis. Lejos de haber terminado, para
ella el sexo apenas comienza. Al contrario del hombre, no hay desentumecimiento de los
órganos genitales; si sabe cómo hacerlo, casi inmediatamente puede vivir un nuevo apogeo
de placer, luego
otro y todavía otro si quiere. En realidad cuantos
más orgasmos tiene una mujer,
más puede tener, más se intensifican... Toda
mujer es físicamente capaz de experimentar orgasmos múltiples. Simple cuestión de
práctica.
Que el sexo obsesione a nuestra especia no es, pues,
ni depravación ni lujuria, sino
la marca del destino humano. Nuestra especie está
destinada al erotismo, juego
sutil donde el sexo, disociado y liberado de la
pulsión procreadora animal, abre a la
pareja humana el acceso espiritual total a través de
dos seres en el éxtasis
amoroso. En el animal, la hembra se apodera del
esperma para ser fecundada, nada más.
Más allá del goce inmediato no busca ninguna
fusión en otro plano, como, por ejemplo, el de la meditación entre dos que, en el ser
humano, abre la vía a lo cósmico. El problema de la disfunción sexual entre hombres y
mujeres nace del hecho de que el primer orgasmo femenino es sólo un comienzo, mientras
que la eyaculación
termina con la erección masculina e interrumpe
la experiencia: sólo el control eyaculatorio restablece el equilibrio, por lo demás
benéfico para ambos.
En el animal el contacto sexual está limitado a los
órganos genitales: por otra parte,
el pelaje aislante impide un contacto íntimo
directo. En nosotros, toda la piel, antena cósmica de millones de receptores sensibles,
se ofrece a las caricias y permite intercambios táctiles en la mayor parte del cuerpo.
Todas estas diferencias exclusivas confirman que
nuestra especie, y sobre todo la mujer, está concebida para el sexo y el erotismo como
ninguna otra sobre el
planeta. El ser humano es fundamentalmente un ser
sexual, el único capaz de dar al acto sexual otras dimensiones que la procreación pura y
simple.
Ilustración que
representa a un príncipe y a una dama haciendo el amor.
Sus sentimientos mutuos se ven
por el «contacto de ojos».
El Tantra lo ha comprendido desde hace miles de
años. Incluso en el nivel hedonista
y secular, el erotismo indio concentró siempre su
atención en el estado íntimo de la posesión erótica. Las largas secuencias de caricias
y posturas que se recomiendan en el Kamasutra, el Anangaranga y otros
manuales, tenían por objeto crear un
estado de prolongado saboreo o deleite; en
inguno de los dos textos aquí citados se trata el orgasmo como un desahogo necesario, ni
siquiera como el objetivo principal, sino, simplemente, se le da por supuesto.
En los niveles más altos del erotismo indio el
orgasmo se vuelve puramente una puntuación, un incentivo del estado de continuo e intenso
esplendor físico y emocional que los amantes consiguen evocarse mutuamente. El sexo no se
considera una sensación, sino un sentimiento; la atracción no es un apetito, sino un
«contacto de ojos»; en amor no es una reacción, sino una creación cuidadosamente
fomentada. Su sentido es un prolongado éxtasis mental y corporal, cuyos fuegos se
mantienen vivos continuamente por medio de un compromiso y un estímulo prolongado de los
órganos sexuales, y no por el mero alivio reciproco.
Las posturas y las contracciones internas que tienen
lugar en el trascurso de la unión tántrica actúan sobre esta base india de amor sexual.
Pero la condición especial de esplendor interior que provocan sólo aparece cuando el
foco erótico pasa, de la personificación exterior y sensorial del deseo, a la Diosa
interior de la que todas las mujeres exteriores son simples paradigmas. La mujer y el
hombre, entonces, son claves del deleite recíproco. Esto no significa que el uno pierda
valor a los ojos del otro, sino, más bien, lo contrario, porque cada uno de ellos se
vuelve Dios para el otro, y, además, los ritos y los mantras que acompañan el acto
sexual lleban
también cargas de energía acumulada, derivadas de
prácticas, estudio y
costumbres anteriores, realzando la actividad
sexual con su propia fuerza.
Por lo tanto, tenemos que recordar que el sadhana
sexual, para que sus metodos sean efectivos, tiene que producir un deleite
equivalente por medio de la misma
clase de recursos, además de con otras técnicas.
Sólo de esta manera puede alcanzar el sadhaka lo que se llama Rasa (goce-jugo) o Maharaga
(la gran emoción). Una actitud puramente
mecánica resulta tan absurda como un simple abandono indirecto al placer.
Señores, sornreíd ... pues en el ser humano
la hormona erótica es: A) unisex B) masculina es la testosterona! Es verdad, el hombre
y la mujer fabrican ambos a la vez hormonas masculinas y femeninas, aunque él produzca
diez veces más testosterona que ella, y diez veces menos estrógenos. Para ella es a la
inversa,
pero recordemos, sólo la hormona masculina
erotiza a la mujer.
En la naturaleza, la mujer es, pues, el único
caso de disociación hormonal casi total entre el eros y la procreación: mientras que la
reproducción corresponde a los ovarios, que secretan las hormonas femeninas, las
glándulas suprarrenales son las que destilan la poca cantidad de hormona masculina
necesaria para excitar el centro del deseo, en alguna parte del cerebro femenino.