sonsextetos
El son y los sextetoswpe181.jpg (8767 bytes)
El son  llegó a La Habana procedente de la montañosa zona rural de la provincia de Oriente, alrededor de 1909, por vía de los soldados del Ejercito Permanente, en uno de tantos procesos de transculturización de la música cubana. En un principio, e igual como pasara con el tango y otros géneros de extracción popular, el son se cultivó únicamente en vecindarios de extracción humilde, siendo adversado enérgicamente por las clases acomodadas por considerarlo un baile inmoral, a un punto en que hasta sufrió una “moralista” medida gubernamental prohibiendo su difusión.
 
Sexteto Habanero
Hacia 1910 José Urfé compuso El Bombín de Barreto
Al aportarle elementos rítmicos derivados del son, logró fijar la forma del danzón tal como se le conoce hoy. Sin embargo, no es sino hasta 1920 cuando el polémico son comienza a debilitar cualquier foco de resistencia social; no tanto por la tímida y rigurosa forma en que aún
era interpretado por orquestas danzoneras como la de Urfé, sino a partir de la insurgencia de los sextetos y su auténtico sentir, aunque, contrariamente a lo que se pudiera pensar, el primer grupo sonero importante no fue oriental, sino de la capital. El Sexteto Habanero, considerado el más rancio e influyente expositor del son cubano, representó la transición del son desde la montañosa y rural zona de la provincia de Oriente hasta alcanzar la influencia urbana de La Habana, pero sin que concurrieran fórmulas cosméticas que disfrazaran su estructura original. De hecho, su instrumentación y su genuina forma de componer y cantar así lo aseguran. La agrupación tuvo origen en el Trío Oriental (derivado del Ejercito Permanente), gracias a Guillermo Castillo, Carlos Godínez y Ricardo Martínez. Más tarde se convertiría en Cuarteto Oriental al incorporarse el bongosero Alfredo Boloña, hasta que se involucran todos los miembros de Los Apaches; el más importante y popular grupo vocal que  desde 1913 venía interpretando el son en La Habana. Hacia 1918 comienza la gestación del Sexteto Habanero, que cristaliza en 1920 bajo la fundación de Guillermo Castillo (guitarra y voz), Carlos Godínez (tres), Felipe Neri Cabrera (maracas y voz), Antonio Bacallao (botija), Oscar Sotolongo (bongós) y Gerardo Martínez (claves y voz). Eventualmente, Martínez se convierte en director de la agrupación, reemplazando la botija con la marímbula y a esta con el contrabajo, del que asume su ejecución. La instrumentación definitiva del Sexteto Habanero, consistente en guitarra, tres, bongós y contrabajo, más dos cantantes solistas que igualmente tocaban claves y maracas, coronó las bases para la difusión del son a partir de aquellas legendarias grabaciones hechas en 1918. El grupo se convierte en septeto en 1927, cuando es incluido el trompetista Enrique Hernández, substituido casi inmediatamente por Félix Chapotín. Por el Sexteto Habanero también transitaron el vocalista Abelardo Barroso y los bongoseros Agustín Gutiérrez y José Maria Incharte, apodado “El Chino”, proverbiales intérpretes de muy alta cotización para entonces. La moda musical del sexteto y/o septeto implementada por el Habanero, trae como
consecuencia la formación de decenas de agrupaciones similares, muy parecidas conceptualmente entre sí, aunque siempre hubo alguna que se distinguió de las demás en la medida en  que aportó algo diferente, surgiendo propuestas muy claras e importantes que incorporaron nuevas formas de sentir y de decir las cosas.
 
Sexteto Boloña
Esta agrupación fue fundada en 1923 por Alfredo Boloña, un ejecutante de la armónica y la marímbula, igualmente reconocido como un solvente intérprete de los bongós durante su pasantía por el Sexteto Habanero.  De muy corta estatura debido a una malformación congénita, Boloña superó esta supuesta desventaja desplegando un inmenso talento con el tres, convirtiendo a su agrupación en el segundo sexteto en grabar después del Habanero. Entre otros, Boloña contó en su grupo con Abelardo Barroso (vocalista), el Chino Incharte (bongosero) y un bajista apodado “Tabito”, que sentó las bases para la ejecución del contrabajo en el sexteto, con una manera más sincopada que aquella habitual y limitada rítmica del tumbao en pizzicato conocida como “1-2-3”. Las letras del Sexteto Boloña están repletas de circunstancias amorosas o de superación a la adversidad, a diferencia de los temas del Sexteto Habanero, orientados por igual al amor, el paisaje campesino, la gesta libertadora o cualquier otro acto de la cotidianidad.
 
Sexteto Occidente
Agrupación fundada en 1926 por Maria Teresa Vera y Miguel García con la única finalidad de grabar. Ambos venían haciéndolo como dueto desde el año anterior con bastante éxito. Esto, unido a la naciente moda de los sextetos, trajo la emergencia de un formato
similar. Maria Teresa Vera, conocida en la comunidad musical como “Teté” o “La Madre de la Trova”, se distinguió por contar con una tierna voz; la más dulce entre cualquier “sonera” o “trovadora” de entonces, que unido a su curioso rasgueo de guitarra, engendró un nuevo rol hasta entonces reservado para hombres, al convertirse en la primera mujer cubana, quizás latinoamericana, en coleccionar una abultado catálogo de grabaciones desde finales de 1918 hasta bien entrada la década del 30.
Las poéticas canciones del Occidente, con la peculiar fusión de voces entre Vera y García, tuvo el apoyo del contrabajista Ignacio Piñeiro, el tresista Julio Torres Biart (distinguido por haber usado en su instrumento 9 cuerdas en lugar del usual juego de seis), Manuel Reinoso (bongós) y Francisco Sánchez (voz y maracas). Habría que imaginarse la excitación causada a partir de 1926 durante la comparecencia de tres agrupaciones similares como los sextetos Habanero, Boloña y Occidente, pero con repertorios y estilos instrumentales originales e independientes uno del otro, aunque aún faltaba más.
 
Sexteto Nacional
Ignacio Piñeiro (contrabajo) y tres trovadores: Juan Ignacio de la Cruz (claves), Bienvenido León (maracas) y Alberto Villalón (guitarra), grabaron en 1924 como trío (sic), ampliándose a sexteto bajo la dirección de Piñeiro, a instancias de Columbia Records para competir con el Sexteto Habanero, lanzado exitosamente por RCA Victor. Tres máximos duelos en sesiones de grabación resultaron entre 1927 y 1928; ambos grupos contando con el cantante Abelardo Barroso y el Chino Incharte como bongosero. Con el Sexteto Nacional también estuvo el tresista Francisco González “Panchito Chevrolet” (tres y voz), hasta que la incorporación del trompetista Lázaro Herrera le diera categoría de septeto. Una de las más grandes contribuciones de Ignacio Piñeiro fue su elocuencia como compositor, con narrativas más complejas, al rimar las últimas sílabas de cada palabra a modo de cuarteta poética --en términos de ABBA--, componiendo versos de 4 lineas repetidos 4 veces, con cada linea sin más de 9 sílabas. De este modo revitalizó la estructura del son, substituyendo aquellas tediosas 4 lineas que usualmente eran repetidas hasta el cansancio.
 
Alberto Naranjo
alnasmusic@cantv.net
 
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