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Dice la leyenda que, en su noche de bodas, el joven Víctor Hugo hizo el amor ocho veces a su esposa, la casta Adêle Foucher, quien, a consecuencia de esta plusmarca para el sexo varonil establecida por el fogoso autor de Los miserables, quedó vacunada para siempre contra ese género de actividades (su tortuosa aventura adulterina con el feo Sainte Beuve no tuvo nada que ver con el placer, sino con el despecho y la venganza). |
El sabio Jean Rostand se reía de aquel récord huguesco comparándolo con las proezas que en el dominio del fornicio realizan otros especímenes. ¿Qué son, por ejemplo, aquellas ocho efusiones consecutivas del vate romántico, comparadas con los 40 días y 40 noches en que el sapo copula a la sapa sin darse un solo instante de respiro? Ahora bien, gracias a una aguerrida francesa, la señora Catherine Millet, los anfibios anuros, los conejos y demás grandes fornicadores del reino animal, han encontrado, en la mediocre especie humana, una émula capaz de medirse con ellos de igual a igual, y hasta de derrotarlos, en números copulatorios.
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| Catherine Millet comenzó su vida sexual bastante tarde -a los 17 años-, para una muchacha de su generación, la de la gran revolución de las costumbres que representó mayo del 68. Pero, de inmediato, comenzó a recuperar el tiempo perdido, haciendo el amor a diestra y siniestra, y por todos los lugares posibles de su cuerpo, a un ritmo verdaderamente enloquecedor, hasta alcanzar unas cifras que, calculo, deben haber superado con creces aquel millar de mujeres que, en su autobiografía, se jactaba de haberse llevado a la cama el incontinente polígrafo Georges Simenon. |
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| Ha tenido amantes, y
ahora tiene un marido -un escritor y fotógrafo, que acaba de publicar
un álbum de desnudos de su esposa-, pero un amante es alguien con
quien se supone existe una relación un tanto estable, en tanto que la
mayoría de compañeros de sexo de Catherine Millet aparecen como
siluetas de paso, tomadas y abandonadas al desgaire, casi sin que
mediara un diálogo entre ellos. Individuos sin nombre, sin cara, sin
historia, los hombres que desfilan por este libro son, como aquellas
vulvas furtivas de los libros libertinos, nada más que unas vergas
transeúntes.
En la fotografía: Catherine Millet (53 años) con su marido, Jacques Henric (63) |
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Conviene precisar que Catherine Millet no hace en estas páginas el menor alarde de feminista. No exhibe su riquísima experiencia en materia sexual como una bandera reivindicatoria, o una acusación contra los prejuicios y discriminaciones que padecen las mujeres todavía en el ámbito sexual. |
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