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- La Tragedia
interminable
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¡Salve,
Prostituta!
- por
Lily Rodríguez
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- Febrero 17 de 2002
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- Este artículo lo escribí hace casi un
año, por un caso real que llegó a mis oídos de primera mano. Durmió en mis
archivos todo este tiempo, porque a veces uno deja a un lado los escritos
para que maduren. Entonces tomé el hecho como una forma de sobrevivencia de
muchos cubanos, ante la ruinosa economía en que viven, aunque nunca la he
creído razón suficiente para justificarla. Luego, se me ocurrió que tal vez
esa sea una forma de protesta, una forma de libertad –la libertad de
comerciar, aunque sea con el sexo- que el régimen castrista no puede
controlar. En cualquiera de las dos opciones, el resultado es el mismo: la
pérdida de valores morales de una sociedad.
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- ¡Salve,
Prostituta!
- Usted es heredera de la tradición donde
el hombre la busca. Usted de ese oficio hizo arte.
- Recuerdo cuando Usted ejercía su oficio,
tal vez por fuerza del hambre y del medio, (¿o del hombre y el
tedio?) Usted era honesta consigo misma, auténtica, genuina; sin artificios
ni afeites que la convirtieran en otra cosa.
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- Usted sabía cuál era su sitio en la vida
y no pretendía ser ni más, ni menos. Claro, habían excepciones (no hay regla
sin ella). Unas eran de clase media, que acudían a la “cita” en alguna casa
que “gentilmente” cedían sus dueños para estos encuentros. Otras –las de
“altura” - podían trabajar desde un teléfono, ejecutivamente, realizando su
trabajo en hoteles, complejos turísticos o su apartamento. Pero el
commodity – la mercadería- era la misma.
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- Recuerdo, sin embargo, que en todos los
casos la constante primera –salvo el hecho en sí- era el desprecio, el
repudio, el aislamiento de su familia biológica (en especial sus padres, si
los tenía) cuando por las causas que fueran sabían, o se enteraban, de la
“profesión” de Menganita, o Zutanina - o Cristal, Salomé, Soraya o Zuleimis,
como suelen llamarse ahora-. El oficio se
profesionalizaba y hasta llegó, en ciertas partes, a ser regularizado.
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- Pero resulta que ahora - ¡Oh prodigio de
la época y bienaventuranza de la globalización del hambre y del hombre!-
existe un oficio, el de jinetera (que no siempre es femenino) al que
le ha dado auge, brillo e internacionalismo un hombre y un país – y un
pueblo que lo ha asimilado como parte de un conformismo progresivo ante las
circunstancias, que ha llevado a transformar el oficio más antiguo en el
arte de la degradación de la condición humana.
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- ¿Es culpa del jinete? ¿Es culpa del
caballo? Ni del uno, ni del otro, ni de los dos, sino de todos. De Esteban
Dido, de Soraya, Cristal o Zuleimis y de su entorno, que han hecho del
oficio su modus vivendi familiar, en una tierra –otrora rica en
recursos humanos- donde “hay que resolver” para vivir y, de ser posible,
vivir bien, porque es mejor trajinar a un Pepe, que al fin de cuentas
es “trabajo” de unas pocas horas (y se paga en fulas) que romperse el
alma bisneando, caminando, pedaleando, o yendo al trabajo en un
camello urbano. Además, quien quita que ese Pepe sea su
pasaporte al “infierno” extranjero para respirar un poco de aire fuera de
ese “paraíso”, de ese “mar de felicidades” donde ¿viven?
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- Todavía es tiempo. Todavía, aunque un
poco menguada, existe el alma colectiva entre los habitantes del “paraíso”
caribeño. No importa que sean diez, cien, mil o diez mil. La Humanidad
comenzó con dos y todavía, mal que bien, está echando p’alante.
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- Porque ya está bien de agacharse tanto.
Ya está bien de seguir exponiendo lo más vulnerable del cuerpo físico para
seguir recibiendo patadas. Ya está bien de institucionalizar, culpar a los
demás –y como consecuencia, justificar- la prostitución y el proxenetismo.
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- Lily Rodríguez
- Miami, Florida
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Lilimar004@cs.com