rostroocultorevolucion
 
EL ROSTRO OCULTO 
DE LA REVOLUCION
 
por  Asdrúbal Aguiar
Revisión de las tendencias del proceso político en Venezuela
"Estamos haciendo un esfuerzo sobrehumano para hacer una revolución pacífica, cosa difícil pero no imposible. Pero si ésta fracasa, vendría una revolución por las armas, porque esa es la única salida que tenemos los venezolanos" (Hugo Chávez, El Nacional, 9-5-2001, p. D-2).
Entre la simbología 
y la transitoriedad constitucional 
El proceso político venezolano –tal y como lo indican sus tendencias más recientes- sigue amarrado en su decurso a las acciones y reacciones personales, mediáticas e imprevisibles de Hugo Chávez Frías, líder de la intentona golpista del 4 de febrero de 1992 y hoy Presidente de la República. Así que, la expectativa de una recomposición institucional del Estado en Venezuela -necesaria para la afirmación de reglas de juego político estables y concordantes con los términos postulados en la Constitución de 1999- no se aprecia como un propósito central en el quehacer del Primer Mandatario; a pesar de que aquel fue, al menos en principio, el desiderátum de la jornada constituyente promovida por él y que le ocupó los dos primeros años de su gestión administrativa.
 
Los intentos, bastante magros, para afirmar el piso orgánico que, en teoría, habría de servir de escenario para la gestión del modelo de democracia participativa y protagónica propuesto por Chávez, parecerían avanzar hacia su definitiva frustración. Y lo cierto es que, al margen de las reservas que haya podido suscitar la novísima Constitución -dadas sus contradicciones conceptuales (dogmáticas vs. orgánicas) o en razón de su innegable compromiso con la idea de un Estado tutelar e inconsistente con el respeto material de los derechos humanos-, el desarrollo de sus previsiones surge hoy como indispensable para que todo el país vuelva a rencontrarse en una comunidad afectiva y efectiva de propósitos. Ello es obligante, en efecto, para la vigencia de las libertades públicas y para la seguridad que reclaman tanto la reactivación del aparato productivo cuanto la conquista inmediata de un clima social facilitador de la convivencia, tanto en lo interno como en lo internacional.
 
De modo que, más allá de la simbología alcanzada por la Constitución de la V República y, en la práctica, de su utilización como idea fuerza para la cohesión popular en torno al predicado líder de la “revolución”, lo único constatable al presente es que la “transitoriedad” estructural no abandona el panorama doméstico.
 
El propio Chávez, durante la reciente celebración aniversaria de la Constituyente, no escatimó sugerencias sobre lo imprescindible de sostener el acusado y heterodoxo régimen de transición constitucional (léase, de excepción fáctica); situación ésta que, por lo demás, sugiere una suerte de prórroga arbitraria en el control personalista que del poder público ha estado ejerciendo en todos los ámbitos y desde el momento mismo en que prestó su juramento ante el último Congreso de la IV República y declaró "moribunda" a la Constitución de 1961.
 
La afirmación de este propósito, bueno es observarlo, no es, como en otros casos, meramente coloquial o filatera en la voz del Jefe del Estado. De hecho, Hermann Escarrá Malavé, ex constituyente y ahora Abogado de la República ante los organismos internacionales de derechos humanos, informó a la prensa que el Presidente Chávez "analiza varios escenarios para asumir poderes extraordinarios, más allá de los otorgados [a él] por el parlamento dentro de la Ley Habilitante (El Nacional, 8-5-01, Primera página). Chávez, por su parte, luego de los conocidos escarceos e inseguridades a que nos tiene acostumbrados, no ha hecho más que confirmar el despropósito (El Universal, 30-5-01, p.1-2): “Estoy pensando seriamente en decretar el estado de excepción” (Caracas, 11-5-01); “se trata -el estado de excepción- de un alboroto de unos pocos, de especulaciones” (Malasia, 28-5-01); “lo único que podría llevarme a mi a un estado de excepción, sería la pobreza, la miseria ...” (Indonesia, 29-5-01).
El proyecto político vs. 
el proyecto de poder personal
Más allá del histrionismo que le es característico, de su táctica de marchas y de contramarchas o de la embriaguez que le ha significado su inesperado desempeño como Jefe del Estado –por estar sostenido en un accidente histórico-, difícil es afirmar, sin embargo, que para Chávez el poder y su control individual se reduce a un mero acto de narcisismo; sin perjuicio, lo antes dicho, de que en casi todos sus actos de gobernante sobresalga tal rasgo dominante de su personalidad. El dilema es, básicamente, que su proyecto político choca no pocas veces con su proyecto personal de poder, solapándose ambos y con marcada preeminencia el último por sobre el primero.
 
Para discernir, entonces, acerca de “ese algo más” que explique la razón y el sentido último de la “transitoriedad” querida por Chávez para Venezuela, deben hurgarse otros datos recientes que mejor ilustren la perspectiva. Las preguntas, al respecto pueden ser muchas y bastante cruciales, pero, en buena lid, son difíciles de responder a la manera de una tesis y en todos sus extremos. El mismo estilo de Chávez y sus expresiones tácticas recurrentes, propias del antípodas y nutridas de epicidad, así lo impiden
 
¿Acaso, la manida transitoriedad se debe a que la Asamblea –dominada por el partido oficial- no ha podido o no ha querido, sin más, dictar la legislación reglamentaria que le mandan las Disposiciones Transitorias de la Constitución vigente; o es que la manoseada transitoriedad insurge como variable obligante porque el mismo Gobierno tiene iguales dificultades para sancionar las leyes que le fueran encomendadas por la Asamblea, mediante una habilitación extraordinaria? ¿ O, mejor aún, trátase ora de un problema de incapacidad gestionaria manifiesta en los nuevos administradores de la cosa pública, ora de un reflejo de las conocidas desaveniencias (clientelares o de mera oportunidad ¿?) dominantes en el seno del movimiento “bolivariano” (léase, la falta de conciliación –sin mengua de los trasiegos- entre sus distintas vertientes: la militarista, original y excluyente; la civil, de centro-izquierda, tolerante; la marxista, radical, revolucionaria)? ¿O, a fin de cuentas, todo ello es el mero sub-producto de una amalgama de las razones acuñadas, a las que se sumaría otra esencial: el desinterés estratégico de Hugo Chávez por la “regularidad institucional” hasta tanto asume el control pleno y personal del poder político y social en el país?
 
Los indicadores 
Veamos algunos indicadores que destacan en el “antes” y en el “después” de Quebec: sitio en el que Hugo Chávez, recién y a propósito de la III Cumbre de las Américas, constata su aislamiento ideológico en el Hemisférico. Allí hizo reserva de todo credo en la democracia representativa, al firmar discrepando la Declaración unánimemente adoptada por los demás Jefes de Estado y de Gobierno y al presentarse ante ellos, por si fuese poco, como una suerte de Canciller del Presidente cubano, Fidel Castro. Téngase presente que, luego de dicho revés y al mediar la conocida intemperancia y la visión maniquea que de la política tiene el mandatario venezolano, se supone que haya considerado la urgencia de medidas reactivas que le posicionasen a tiempo y de nuevo en "sus" particulares ideas, aun cuando pudiesen revelar, prematuramente, el rostro oculto de su revolución "bolivariana".
 
Por lo tanto, no es de descartar, en yunta con lo señalado, dada tanto la formación moral preconvencional de Chávez como los efectos psicológicos ejercidos en su personalidad por su brusco e inesperado acceso al poder, una íntima convicción de que en el plano de la ortodoxia arriesga, por obra del mismo tiempo, el destino de su proyecto político; peor aún, pone en juego la estabilidad de su poder personal. Y la merma de este último, de suyo que no estaría en capacidad alguna de digerirla sin más y aprisionado, paradójicamente, por su propia cárcel normativa: la Constitución Boliviariana.
 
Tampoco es aventurado sostener que, a pesar de la generosa popularidad que aún conserva como Presidente, la impopularidad de su gestión crece a un ritmo inversamente proporcional y -para él- desconcertante. La misma regla extremista sobre la cual afincó su estrategia de poder: la confrontación -o conmigo o contra mí- igualmente le reduce los espacios de indiferencia o de neutralidad para la evaluación y juicio de sus logros gubernamentales, viéndose mismamente favorecido un movimiento más sistemático y enérgico de la todavía fragmentaria e ineficiente oposición nacional.
 
De esta suerte, la propia  “transitoriedad” –cómoda para el ejercicio del poder omnímodo por Chávez- conspiraría en otro plano contra su imagen popular, una vez haya constatado la gente que la calidad de vida y la esperanza por la redistribución económico-social equitativa prometidas no se han hecho visibles y menos se harían dentro de un cuadro de desarticulación constitucional permanente. A falta de instituciones regulares, e incluso de oposición respetada, es obvio que la responsabilidad plena sobre la suerte del país y en el criterio de la opinión pública recaería totalmente sobre el Presidente Chávez.
 
A él, por consiguiente, se le plantea ahora una carrera desesperada contra la fatalidad y de aquí, quizás, el que su criterio de la transitoriedad constitucional no encuentre otra expresión inmediata que el eventual recurso a un régimen de excepción -que no sólo de emergencia- al Estado de Derecho. Y, en igual orden, la amenaza proferida y a cuyo tenor ó lo aceptamos como tal y pacíficamente, ó nos confrontará en el terreno de las armas (Cfr. supra, nota del encabezamiento). Así de simple.
a) Una pareja mal avenida

El anunciado matrimonio cívico-militar -base fundamental de la propuesta de revolución en paz planteada por el Presidente Chávez- se ha alejado en los mismos términos en que el pueblo, constatando la presencia dominante de las Fuerzas Armadas -militares activos y retirados- en los cargos estratégicos del Gobierno (Jefatura del Estado, secretaría presidencial, seguridad interior, política exterior, industrias básicas, transporte y comunicaciones, programas de desarrollo social, vivienda, reforma agraria, aduanas etc.) no las percibe eficientes; antes bien las advierte comprometidas, cada vez más, con hechos graves de corrupción. Alfredo Keller, reputado experto en sondeos de opinión, señala que en la actualidad sólo el 17% de la población apoya la tesis chavista civico-militar, 9% la de un Gobierno militar, y 68% dice preferir un gobierno solamente civil” (El Universal, 6-5-01, p.1-8).
b) Entre la legitimidad 
y el caudillismo

Chávez ha de saber que su piso político tal para cual se deteriora en curva lenta pero sostenida: allí están los fracasos de su Gobierno ante la reciente huelga petrolera, en la toma del Rectorado de la Universidad Central, o en la convocatoria oficial de los trabajadores para las celebraciones del 1° de mayo. Y debe intuir, cuando menos, que el descrédito de sus colaboradores más cercanos y el rezago de la emoción que él mismo concitó antes y después de su ingreso al Palacio de Misia Jacinta, se profundizarían aún más ante una eventual caída de los precios del petróleo y la pérdida consiguiente de la capacidad "dadivosa" del Estado. Ello, por ende, puede estar presionándole hacia el sendero señalado del “régimen de excepción", en el que la paulatina y convencional tarea de legitimación de sus proyectos –mediante la pedagogía directa (¡ Aló, Presidente !) o la acción proselitista del partido oficial MVR (Movimiento V República)- pierde todo sentido y operatividad en el corto plazo.
 
Por lo demás, la confrontación diaria o accidental, que buenos réditos le ha proporcionado a Chávez hasta el presente, comienza a encontrar como límite natural y progresivo el límite par de las carencias de un pueblo que, como el nuestro y mediando períodos de crisis y de bonanza con todas las inequidades actuantes, conoció y estimó el valor persuasivo de la modernización durante los últimos 50 años.
 
En suma, si Chávez considera que su proyecto "político" puede estar perdiendo credibilidad, es de predecir que, dada su manifiesta cultura primaria [más de 20 años sujeto a la citada pauta moral discerniente: mando vs. la obediencia], mal aceptará -por lo ya dicho supra- una derrota democrática de su proyecto "personal". Por lo demás, no debe olvidarse como dato para el análisis prospectivo, que Chávez es una viva expresión del modelo político caudillista, que tiene mucho arraigo en la cultura nacional dominante y a éste adhieren, sin reservas, amplias capas de la población venezolana.      
 
Antes de Quebec

Un primer incidente que matiza al proceso político nacional en su evolución hacia el régimen de excepción, a la manera de una prórroga en la transitoriedad constitucional, es el inesperado y citado escándalo de corrupción en las Fuerzas Armadas, a propósito del llamado Plan Bolívar 2000. Este fue diseñado por el Presidente para que los militares pudiesen integrarse paulatinamente y en solidaridad militante con los estratos más pobres de Venezuela; vía un mecanismo de remedio “expedito” –extraordinario y sin mayores controles administrativos- de sus reclamos sociales inmediatos: atención médico-sanitaria, recuperación del hábitat, disminución de la emergencia laboral, mejoramiento de la infraestructura educacional y deportiva, construcción de viviendas populares, suministro de alimentos, etc.
 
Seguidamente, coincide con lo anterior el serio malestar que ocasionó en las FFAA el incidente de las “pantaletas” –prendas íntimas femeninas- enviadas al Alto Mando y a los Generales del Ejército por opositores políticos del Gobierno, haciéndoles ver sus deshonrosas debilidades antes los dislates populistas, la intolerancia febril, las debilidades marxistoides, y la irreverencia contumaz del Presidente.
 
Uno y otro hecho pueden haber revelado a los militares el alto costo que les significa su exposición pública en demasía y que, dado el caso, podrían pagar caro en un futuro por culpa del mismo Presidente. Fue él quien los empujó, deliberadamente, hacia el activismo político. Tales circunstancias (El Plan Bolívar y el incidente de las "pantaletas"), a fin de cuentas, han de haber provocado una seria fisura entre miembros del mundo militar y su Comandante en Jefe. Lo cual, a la manera de una hipótesis, no puede descartarse por elemental.
 
Éste, a su vez, al tanto de la incomodidad en los cuadros castrenses y en un movimiento rápido cuanto temerario de manos, sustituyó al Ministro de la Defensa –un General activo del Ejército- y designó para tal cargo a un civil, José Vicente Rangel, hasta entonces Canciller de la República. Logra así resolver Chávez, precisamente varios problemas en la interinidad:
 
(a) La incomodidad de sostener al frente de la política exterior a un hombre de convicciones democráticas y plurales como Rangel; que en cierto modo mitigaba -con su fuerte presencia personal- la conducta beligerante del Comandante Presidente, deseoso de jugar un rol protagónico mundial y servir de eje de encuentro de todos los sectores insatisfechos del orbe – guerrilleros y ex guerrilleros, marxistas, nacionalistas, tercermundistas, etc.- que protestan contra Estados Unidos y su política mundializadora de corte unipolar. 
 
(b) Bajar el tono de la polémica pública sobre corrupción de los militares, alimentada en el diario encuentro y cotejo del antiguo ministro <<uniformado>> con los medios de comunicación social.
 
(c) Impedir, consecutivamente, que los oficiales incómodos pudiesen dejarse influir por el discurso rupturista –casi golpista- de algunos dirigentes y actores de la añeja democracia "puntofijista", al sugerir la ilusión de una suerte de regreso de los militares a sus cuarteles y el sometimiento de éstos al control del poder civil y “democrático” de José Vicente Rangel. Fue ésta, al menos, la impresión mediática inicial en el colectivo.
 
Ahora bien, más allá de la utilidad de corto plazo o de las imágenes virtuales transmitidas por el rápido movimiento de Chávez sobre el ajedrez político militar, lo evidente es que existe un "ruido de sables" -mayor o menor, no lo sabemos - en el seno de las distintas ramas de la milicia. Para colmo, el nombramiento de Rangel provocó su agudización.
De allí que, Chávez, a renglón seguido y presuroso, haya anunciado horas después del nombramiento de Rangel que sería el Inspector General de las FFAA, -un General de la Aviación adherente al "puntofijismo"(¿?)-, el único responsable, bajo sus instrucciones directas -las del Presidente- de conducir las operaciones  netamente militares .
 
Así pues, al comprender Chávez que no tiene vuelta posible hacia el pasado, marcha adelante nervioso y forzado por las circunstancias, mas quedando al descubierto en sus móviles e ilusiones originales.
 
Acelera, por ende, la realización de su vieja y acariciada idea de monopolizar y concentrar el mando militar y de afirmar su proyecto personal de poder, en el plano de la gerencia pública, sobre bases fundamentalmente castrenses más no "desideologizadas"; de allí el intento que le anima para "reconvertir" con urgencia a la Fuerza Armada. Chávez, vale recordarlo, nunca dejó de ser un soldado, ni en lo cultural ni en profesional. Tanto que, lo que más resiente aún es esa minusvalía que le significa, en su interior y conforme a su juicio, la pérdida de la divisa militar que le fuera impuesta por el Presidente Rafael Caldera como condición para acordarle el sobreseimiento del juicio militar que le mantuvo en la cárcel. Allí reside, en el fondo, la razón del uso regular pero indebido que del uniforme de Teniente Coronel hace Chávez hoy en día, durante el desempeño de sus tareas presidenciales.
 
En suma, Chávez aspira ejercer en plenitud su condición material y ya no sólo nominal de Comandante en Jefe de la Fuerza Armada, afirmada en una suerte de unidad piramidal compuesta de meros componentes orgánicos o funcionales y en la que pierden sus respectivas cuotas de poder hegemónico los antiguos Comandantes Generales del Ejército, de la Aviación, de la Marina y de la Guardia Nacional. Es ésta, quiérase o no, una vuelta al modelo que rigió durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, hasta 1958, cuando la Junta Militar presidida por el Almirante Larrazabal desmantela el Estado Mayor General y elimina la Escuela Básica, de cara al proceso democrático que se avecinaba.
a) Hacia las milicias revolucionarias ¿?

En todo caso, en el inter regno, para evitar los riesgos de desestabilización, Chávez, en su estilo provocativo, afirma (¿dirigiéndose a los militares de viejo cuño?) que llamará a un millón de reservistas (¿milicia "paralela" o sustitutiva del Ejército?) a fin de  incorporarlos a las faenas del Plan Bolívar 2000 (El Nacional, 1-4-01, Primera página). Mas no introduce cambios manifiestos en los Comandos de Guarnición, señalados, algunos de ellos, del manejo presunto e indebido de los dineros públicos asignados al Plan de referencia. La razón, de ser ello así, huelga: Dada la capitis diminutio de los Generales o Oficiales Superiores -sujetos a las investigaciones de corrupción en curso- y quienes detentan la capacidad de movilización en la eventual ejecución de un golpe de Estado, no tienen otra opción que responder sumisos y pacíficos a la autoridad del Jefe del Estado.
 
Pero, la dinámica de los acontecimientos reseñados no se detiene aquí.
 
Más luego tiene lugar la toma, por parte de la Casa Militar del Presidente y de su Guardia de Honor, de las antiguas oficinas del Ministro de la Defensa (Fuerte Tiuna) y que Chávez utilizaría, a tenor de su propia declaración, en su condición de Comandante en Jefe de la Fuerza Armada (El Nacional, 5-3-01, Primera página). Y, si el hecho, ciertamente, tiene su origen en el conflicto por la presencia física de Rangel en los espacios de Fuerte Tiuna, lo importante de observar es que la decisión de Chávez escinde, simbólicamente, la condición duplice pero interdependiente del Presidente: Jefe de Estado y Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas. Minimiza, de un modo virtual, el emblema del poder civil presidencial, que reside de una manera unitaria en el Palacio de Miraflores.
 
A su turno, Rangel es enviado a despachar como Ministro desde el Aeropuerto de La Carlota, sede de la Comandancia General de la Aviación y en la que concentra para sí y por instrucciones de Chávez la administración patrimonial total de los dineros de las Fuerzas, hasta ahora diversificados en su gestión bajo el cuidado directo de cada uno de los Comandantes Generales. Y éstos, a su vez, reciben la instrucción presidencial de abandonar sus sedes propias y preparar la mudanza de sus pertrechos hacia la sede del Ejército, en Fuerte Tiuna, aledaña a la que estrenaría el Comandante en Jefe.
 
b) La tesis chavista 
de la seguridad nacional
Por otra parte, Chávez encarga la redacción de un Proyecto de Ley Orgánica de Seguridad de la Nación, que sujetaría en calidad de sirviente normativo a la tradicional Ley Orgánica de las Fuerzas Armadas Nacionales, a una comisión designada por el mismo y conducida por un Almirante de su confianza (Secretario del CODENA). Esta última Ley, ,en lo particular, vendría a reforzar, es verdad, la visión constitucional que de una Fuerza Armada unitaria promovió Hugo Chávez durante los debates constituyentes, aún en contra de la opinión de calificados miembros de la Asamblea, de los integrantes del Alto Mando Militar y de los especialistas del Instituto de Altos Estudios de la Defensa Nacional.
 
Mas, la Ley Orgánica en proyecto, bueno es advertirlo, extráñamente está siendo escrita con la mayor reserva y dentro del ámbito cerrado de las FFAA. Y, a pesar de que la materia es de alta sensibilidad para el país y que, en el plano de lo formal, debería involucrar a todos los sectores civiles -vista la previsión constitucional de que la Defensa y la Seguridad de la Nación han de sostenerse sobre el principio de la "corresponsabilidad" entre el Estado y la sociedad- no la conocen siquiera en su mayoría los integrantes del cuerpo de Generales y Almirantes.
 
El proyecto de Ley de Defensa, en todo caso, parecería estar animado por el mismo esquema - inicialmente sugerido por la frustrada Ley del Sistema Nacional de Inteligencia- de integración social horizontal bajo la égida del Estado, de control piramidal y polivalente de todas las fuentes de información y en todas las áreas de la vida venezolana, pero proponiendo el traspaso in totus de dicho poder de inteligencia a manos exclusivas de la Fuerza Armada y controlado por el mismo Chávez en su “atípica” calidad, como antes se dijo, de Comandante Militar Supremo en funciones.
 
No se entenderían los riesgos de la propuesta en curso, ciertamente, de no reparse en algunas circunstancias que se suman a las señaladas: El Consejo de Defensa de la Nación -premonido de una función totalizadora en cuanto a la política interior y exterior de la República- quedaría en manos, prácticamente, de un Consejero de Seguridad Nacional designado por el Presidente, quien a su vez tendría funciones <<ejecutivas>> en el control igualmente totalizante de la inteligencia de Estado; en el manejo del sistema nacional de defensa civil; y en la ordenación tanto de la movilización nacional como del control de los comités de movilización  en los casos en que haya sido decretado el régimen o estado de excepción. Y todo ello desbordaría, por una parte, el neto carácter consultivo que la Constitución le asigna al Consejo de Defensa de la Nación y su sujeción a un número clausus y calificado de miembros; y, por otra parte, aseguraría el monopolio excluyente del tema de la seguridad nacional por parte de la Fuerza Armada, al determinarse que las sanciones por el incumplimiento de la ley corresponderían a la Cartera de Defensa.
 
No bastando lo anterior, la proyectada legislación chavista aborda sin cortapisas y como parte de la seguridad nacional, la regulación de principios y valores que se relacionan de manera directa con la persona humana y su destino: “El Estado –dice el proyecto- fomenta la protección de la familia..., a través de políticas que garanticen el derecho a la vida.. en armonía con los intereses ciudadanos”; “el Estado se reserva el derecho de supervisión y control a toda actividad científica destinada a realizar investigaciones con el material genético de los seres humanos”.
 
Los comentarios huelgan.    
 
Después de Quebec
A su regreso de la Cumbre de las Américas Hugo Chávez quedó persuadido de que no tiene otra opción que radicalizar y hacer evidentes sus reales y hasta ahora encubiertas pretensiones autoritarias.
 
Con el anuncio de que reflotará al antiguo MBR-200, núcleo inicial de su acción como golpista, hipotecado con su originaria y dominante visión redentora, militarista, neocomunista y tutelar del país, es evidente que no busca otra cosa que resolver, al menos en teoría, la contradicción que en <<doble banda>> le obligó a ser bastante cauteloso hasta el presente: es decir, la imposible convivencia de las FF.AA. venezolanas, formadas dentro de la cultura democrática tradicional, con los líderes y miembros del espectro marxista y revolucionario que se solidarizó con el jefe de la asonada del 4 de febrero de 1992. Y no se olvide que Chávez, en hipótesis, mal podría cohesionar esa estructura militar existente [nacionalista, preconvencional, bolivariana,  pero acusadamente antimarxista] con la idea de su alianza política estable –más allá de los devaneos diplomáticos- dentro del triángulo La Habana-Trípoli-Bagdad y con los movimientos guerrilleros y de liberación que todavía operan en América Latina.
 
Pero es ésta, a fin de cuentas, la carta que se propone jugar dentro del único contexto en que concibe a la acción política: o afirma de manera estructural su poder personal y a continuación político, mediante el régimen de excepción hacia el que avanza presuroso, o sobrevendrá una eventual ruptura o inflexión constitucional, que le eyectaría del poder o le haría su fatal presidiario. Esto último, o sea, la posibilidad de un corte constitucional sin Chávez indefectiblemente sobrevendría,  de constatarse inviable la comentada reconversión del estamento castrense y el intento de su ensamblaje dentro del esquema militar-revolucionario; y ello sería así, justamente, de insistir Chávez en su objetivo original. 
a) El MVR: un aliado 
muy incómodo

  Es de señalar, con vistas a lo anterior, que en el plano de la organización política de la sociedad media una circunstancia de peso, que mal puede obviar sin más el Comandante Chávez y para cuyo reparo no le bastará su decreto de resurrección del MBR-200: El partido oficial actuante, el MVR de Luis Miquilena y de José Vicente Rangel, quiérase o no ha sido algo más que la fachada electoral y democrática "victoriosa" del exgolpista; antes bien, recogió en su seno la amplia masa popular, plural y democrática que le dio soporte en el pasado (1959-1999) a los Partidos Acción Democrática y Copei. Y, si bien el MVR no lo conducen líderes conversos de estas dos últimas organizaciones, si tiene a su cabeza a dirigentes de la izquierda democrática -o “democratizada” por la misma democracia "puntojista"-. No es el MVR, por lo mismo, una estructura política y de conducción popular de carácter “impermeable”, sin perjuicio de sus arrojos sectarios y de su inocultable deseo de constituirse (más por razones clientelares que ideológicas) en el partido único de Venezuela.
 
Así las cosas, medido el escenario de los propósitos y resuelto por Chávez –si es que lo logra en la definitiva- el tantas veces mencionado condicionante militar, es manifiesto que la presencia preponderante del MVR en el Gobierno, contando con las características que le adornan, tendría que llegar a su término. Él representa algo más que una rémora u obstáculo en la marcha de ese proceso político que, supuestamente, estaría conduciendo Chávez para la implantación de una dictadura.
b) Las camisas 
pardas bolivarianas

El MBR-200, por obra de la lógica autoritaria comunista, pasaría a ser no otra cosa que una suerte de “aparato” de control ciudadano, manejado bajo paradigmas preconvencionales –que no convencionales o consensuales, como ocurre en la democracia- y que mejor responden a la cultura y a la personalidad reseñadas de su mentor: La relación de mando-obediencia se transformaría, obviamente, en la pauta de adhesión a la moral revolucionaria.
 
Las declaraciones de William Lara, Presidente de la Asamblea Nacional, dichas luego del anuncio de Chávez, son más que reveladoras al respecto: “En el nuevo MBR-200 no tienen cabida los traidores”.
 
Las declaraciones subsiguientes del Comandante Jesús Urdaneta Hernández, fundador del MBR-200 y hoy separado de Chávez Frías, dadas en respuesta al anuncio de la reflotación del movimiento golpista, una vez evaluadas en su contexto y minimizadas sus exageraciones confirman la hipótesis de marras: “[Chávez] pretende obtener oxígeno para lograr unos objetivos que nadie los conoce.....”; el utilizaría eso [el MBR-200] como una fachada para ir armando a grupos que traten de defenderlo....La intención es armar a la gente”; “Chávez tiene el plan perverso de seguir generando anarquía para que (sic), en algún momento determinado, irse a la aventura de un golpe, generar una guerra civil” (El Universal, 7-5-01, p.1-4).
 
Todavía más, las últimas declaraciones del Presidente, seguidas en veinticuatro horas a un artículo de opinión escrito por su hermano mayor y secretario privado(Adán Chávez) y que en cierto modo desdicen –las de Chávez, el Presidente- aquellas otras de Lara cuando afirma que el MBR-200 reuniría a todos los movimientos, sectores y actores que han acompañado al líder de la revolución, no dejan margen para las dudas. Se preguntó el Secretario Chávez, en comentario crítico directo a la reunión hemisférica de Quebec, lo siguiente: ¿No forma parte Cuba de “todos los países de Las Américas? ¿Dónde queda el principio fundamental y universal de la autodeterminación de los pueblos? (El Universal, 6-5-01, p.2-10). El Presidente fue más directo: “El nuevo MBR-200 no será una agrupación de partidos, servirá para coordinar al pueblo organizado, defender la revolución bolivariana y vigorizar el proceso de cambios” (El Nacional, 7-5-01, Primera página).
c) Coincidencias 
nada casuales
Hugo Chávez, Presidente de Venezuela, Comandante en Jefe de la Fuerza Armada y líder de revolución bolivariana, en el tránsito de las circunstancias anotadas y aderezándolas, declaró sin ambages que “la guerrilla colombiana no es enemiga para nosotros...” (El Universal, 2-5-01, pp.políticas). No reparó, al afirmar esto, en los militares venezolanos muertos a manos de los movimientos revolucionarios del país vecino, en especial los de Cararabo y, menos todavía en los muchos secuestrados de la frontera, miembros o hijos de la clase ganadera o empresarial que hoy le cuestiona. ¿ Acaso se trató de una manifestación de llana simpatía hacia los rebeldes del vecino país o bien de una oblicua y deliberada agresión por parte de Chávez hacia los sectores tradicionales de las Fuerzas Armadas, cuya reconversión se ha propuesto ? 
 
Desde El Salvador, por lo demás, llega la noticia de que la misión civico-militar enviada por el Presidente para socorrer al pueblo de esta nación centroamericana en su acaecido desastre natural, hubo de regresar por requerimiento de las autoridades de dicho país (El Nacional, 2-5-01, p.A-2). La medida gubernamental salvadoreña fue protestada, casual y enérgicamente, por el Comandante del otrora movimiento guerrillero y en la actualidad partido político FMLN (Frente “Farabundo Martí” de Liberación Nacional). Los comentarios al respecto no son indispensables.
 
Post Scriptum
El 9 de mayo de 2001, Hugo Chávez anunció la posible expulsión del Gobierno del Movimiento al Socialismo (MAS), partido de centro izquierda democrática que alcanzó traspasar los muros desde la IV hasta la V República. Advirtió, en todo caso, que la decisión le correspondería a un inédito "Comando Político de la Revolución". Pero nadie sabe, a ciencia cierta, qué es o qué será o quiénes integran o integrarán este Comando revolucionario en cierne: ni siquiera los dirigentes del MVR y tampoco los del reestrenado MBR-200 (Movimiento Revolucionario Bolivariano 200).
 
Tres días después, acicateado por su traspiés quebequense y siguiendo la ruta iniciada cuatro días antes por su mentor político, Fidel Castro, hacia Irán, Malasia y Argelia, naciones simpatizantes de la Revolución Cubana (El Nacional, 13-5-01), el Presidente venezolano hizo otro tanto vía Rusia para continuar hacia Irán, India, China, Malasia e Indonesia. Y desde Moscú, su primera escala, asumió sin ambages ser “la llave estratégica de Rusia en América Latina” (El Nacional, 15 y 16-5-01). Con su Gobierno firmó un Acuerdo de Cooperación Técnico-Militar y proclamó una alianza estratégica para enfrentar a la unipolaridad americana, para coincidir seguidamente en la necesidad de transitar “caminos conjuntos de diálogo y cooperación” con la isla caribeña. Allí declaró, junto a Putín, que “cree en la democracia pero no en las formas de democracia que nos imponen”.
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Posteriormente, en Irán, luego de ratificar su igual alianza y coincidencias estratégicas con el régimen shiíta, el Gobierno anfitrión le hizo saber al ilustre visitante venezolano que bien podría beneficiarse de la experiencia militar iraní (El Nacional, 22-5-01). 
 
Hugo Chávez Frías, Comandante y Presidente deVenezuela, solitario en el Occidente luego de Quebec ha dicho desde el Oriente y en este su último periplo internacional: “soy el segundo Castro latinoamericano”. Los conclusiones caen por su propio peso y muestran con crudeza el rostro,  hasta ahora oculto, de la revolución bolivariana.
 
Caracas, 30 de mayo de 2001
* Doctor en Derecho/Profesor Asociado de la UCAB
Ex Ministro de Relaciones Interiores
 
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