rhernmontoya
La primera vez que escuché la palabra “judío”  tendría yo unos seis o siete años. Creí que el vocablo designaba a los malvados que mataron a Jesucristo. Según esa información, los judíos no eran un pueblo que aún existía sino un mero sinónimo de desidia; tanto como hablar de los hititas o de los piratas, gente antigua que solo estaba en los libros. De todos modos la cosa no me inquietó demasiado por dos razones: porque entonces creía que ya no existían y porque, gracias a Dios, no tuve educación religiosa. 
 
Por cierto que esa información era tan disparatada que no explicitaba que Jesucristo y sus primeros seguidores también fueron judíos.
 
Más tarde —creo que yo tendría unos diez años— supe que los judíos no solo existían aún sino que hacía poco que unos malvados los habían tratado de exterminar y lo lograron en un número horripilante. Eso me generó la simpatía que mi familia me enseñó a sentir por todo oprimido. Aún recuerdo las imágenes de los campos de concentración, que la televisión de la época transmitía con frecuencia. No he terminado de asimilarlas. 
 
Son tan atroces que apenas puedo calcular la desesperación de los evadidos de esos campos, a quienes nadie creía lo que narraban. Estoy consciente, como lo dice el propio Spielberg, de que La lista de Schindler es una versión edulcorada. La verdad, declaraba Spielberg, hubiera sido indigerible. Es que es difícil de creer. Que unos seres humanos como uno, con hijos, con hígado, con esperanzas, hayan emprendido esa tarea que rebasa mi capacidad de comprensión —al menos la emocional, lo que se acentuó desde que tengo dos hijos de ascendencia judía. Conocí luego a muchos alemanes de excelente condición, lo que me permitió disuadirme muy temprano de la ecuación germano = nazi. Eso sí: algo horrendo le pasó a esa gente para que muchos de ellos terminaran actuando así.
 
Por mi lado racional entiendo que el ser humano puede llegar a valorar como subhumano, o como no humano, a cualquiera, desde el deporte hasta la guerra. La voluntad de muerte del Otro, del Diferente, puede conducir una religión que se proclama de amor, como el cristianismo, a comportamientos como el de Torquemada. 
 
Puede llevar del ideal comunista al comportamiento stalinista. Alguna falla muy grave debe haber tanto en la doctrina cristiana como en la marxista como para permitir esos comportamientos en su nombre. Y por cierto que habría que estudiar qué hay en el pensamiento judío que no ha conducido a tales excesos. La deshumanización del Otro me ha llevado a comprender algo que dice Edgar Morin: homo sapiens es homo demens y también homo hystericus.
 
El Holocausto debiera conducirnos a todos a concebir y luego practicar algún medio y modo que nos impida repetir esa conducta, que puede seguir cualquiera en cualquier parte y en cualquier época. Las doctrinas éticas, desde Aristóteles hasta Fernando Savater, me lucen insuficientes. 
 
Necesitamos una reflexión sobre el ser humano mucho más fornida —con todo respeto por el Estagirita. En ello, como dije, me luce pertinente un examen del pensamiento judío, pues hasta donde alcanzan mis lecturas de historia, no ha habido comunidad judía alguna que haya emprendido acciones similares.
 
Roberto Hernández Montoya
(Director de la revista electrónica Venezuela Analítica)  
 
Volver a Visiones sobre el Holocausto
Israel
Click a Site de Israel