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Papá Doc en acción
por: Alfredo CORONIL HARTMANN  
Especial para Mujeres del Tercer Milenio
 
Caracas, 1º de marzo de 2003
                      
No puedo negar que, sean cuales fueren los viejos sentimientos de gratitud y afecto, que albergamos los venezolanos hacia la patria de Petion, no podíamos evitar un rictus de triste dolor y hasta de condescendencia, ante las escatológicas conductas del sangriento dictador Francois Duvalier “papá Doc” y de su rollizo retoño “Baby doc”. Las veíamos como algo ajeno y misterioso como los ritos del vudú. Inclusive hace pocos días, cuando un amigo residenciado en Washington, me decía que la Venezuela de Chávez iba a ser un “Haití con petróleo”, llegó a parecerme exagerado. No obstante los hechos, morigeradores de tantas pretensiones y vanidades, nos hacen aterrizar en la dura realidad, ritos horripilantes, animales degollados, misas negras en los sótanos del viejo caserón crespista, “animales de ojos satánicos” –en el verbo enajenado del comandante- los “tonton macutes” de Lina Ron y el alcalde Bernal. Todo nos retrotrae al Haití de pesadilla del doctor Duvalier y su régimen de horror y vergüenza: “Haiti fiero y enigmático, hierve como una amenaza”. Para utilizar las palabras  del inmortal poeta boricua Luis Palés Matos.
 
Eso en el país que produjo a Don Sebastián Francisco de Miranda, el primer latinoamericano universal, de Bolívar y de Bello, “el más grande hombre de armas y el más grande hombre de letras de la América Latina” en el verbo erudito de Don Marcelino Menéndez y Pelayo. En la patria iluminada y libertaria de Sucre, Páez, Rafael Maria Baralt, Gallegos, Uslar, Picón-Salas, Don Augusto Mijares, José Antonio Ramos Sucre, Andrés Eloy, Betancourt, Jacinto Convit, Jesús Soto, Alejandro Otero y Carlos Cruz Diez, del maestro Sojo, Antonio Lauro, Inocente Carreño, Ángel Sauce o Antonio Estéves. Hoy en manos de los babalaos y el submundo sórdido y fétido que emana el régimen de Hugo Chávez.
 
Parece imposible que un país que, hasta no hace mucho tiempo, era visto con envidia y respeto en el conjunto del subcontinente, haya llegado a un punto tan lamentable y vergonzoso. Somos el hazmerreír de propios y extraños, modelos de vulgaridad y malos hábitos, paradigmas de corrupción y ordinariez. Mas el problema no es sólo estético y moral, la marginalidad crece en forma exponencial, el desempleo alcanza cifras insospechables, la criminalidad se hace cotidiana y en vez de vivir en un estado de derecho, vivimos bajo un terrorismo de estado.
“El estado delincuente”, será el título expreso o sobreentendido de muchos estudios del presente y el futuro. No cabe duda que Chávez ha hecho historia, con todo rigor a él se le deben los hitos más oscuros y lamentables de nuestro devenir de pueblo. Jamás habíamos llegado tan bajo, estamos en el nivel del albañal.
 
Los asesinatos de los soldados de Altamira, la violación diaria y consuetudinaria de los derechos humanos, la persecución de los periodistas y medios de comunicación social, las violaciones permanentes de la privacidad de la ciudadanía. 
La impunidad de los asesinos del 11 de Abril y de la Plaza Altamira, de los obreros petroleros de Oriente, de los ciudadanos de cualquier rincón de este país que siempre fue ancho y que hoy sentimos ajeno.
Venezuela no resiste más, el país expele –por todos sus poros- un gobierno que la avergüenza y la oprime. No es el momento de las medias tintas, los culipandeos y las componendas vergonzantes. Ha pasado demasiado tiempo y ha corrido demasiada sangre, excesivo dolor, humillaciones reiteradas y el atropello como política de estado. Hay que salir de Chávez ya. ¡Basta!  

Alfredo Coronil Hartmann
Abogado, internacionalista y catedrático venezolano
corbertomel@cantv.net
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