muertepacifista
Dafna: la muerte 
de una pacifista
por A
braham B.Yehoshua
Septiembre 18 de 2002
El terrorismo cruel que deambula por nuestras calles y plazas desde hace casi dos años nos ha visitado también a nosotros personalmente. En el atentado que tuvo lugar el miércoles 31 de julio en una cafetería de la Universidad Hebrea de Jerusalén una vieja y querida amiga nuestra resultó herida mortalmente en la cabeza. Se llamaba Dafna Agmon-Shfrok. Tras diez días en coma en el hospital Hadasa de Jerusalén, murió.
Los kamikazes palestinos generalmente atentan en mercados al aire libre, en autobuses públicos, en restaurantes concurridos, de manera que son las clases populares las que suelen pagar, como siempre ocurre en épocas de guerras o de catástrofes naturales, un precio más alto que las clases sociales mejor posicionadas. 
En este caso, el terror atacó el corazón mismo de la Universidad Hebrea y no fue un terrorista suicida quien cometió el atentado sino un palestino de una de las aldeas de Jerusalén este, pintor de profesión, que trabajaba en la universidad y tenía autorización para entrar en zonas reservadas. Este palestino dejó en la cafetería el paquete bomba que le había dado un palestino de Ramallah, puso encima un periódico, salió de la cafetería y tras haber caminado unos cientos de metros activó los explosivos a través de su teléfono móvil. Para que no sospechasen de él, fue al día siguiente a trabajar y se dedicó a limpiar y a reparar el mismo lugar que él había destruido. Dos semanas después fue detenido por los servicios de seguridad. Pudimos ver su fotografía en los periódicos: a su lado, su esposa, una hermosa mujer, y sus tres hijos. Y cuando apareció en televisión en el tribunal parecía un hombre agradable y tranquilo.
Nuestra amiga Dafna era vicerrectora de alumnos en la universidad más antigua de Israel. Al mediodía solía ir a la cafetería a comer con sus compañeras de trabajo. Ella y dos de sus colegas murieron en el atentado, además de seis estudiantes, la mayoría no israelíes ni judíos sino de fuera que habían venido a hacer algún curso de verano. En total, 9 muertos y unos 30 heridos. Teniendo en cuenta el número de fallecidos en los atentados de los dos últimos años, este no es de los peores. Pero en este atentado murió una amiga muy querida y me siento en la obligación de rendirle el último honor a esta mujer, más allá de poner su nombre en la lista de muertos del periódico. 
En el prestigioso diario israelí "Ha-aretz" hay un periodista llamado Guidon Levi, encargado de contar las historias humanas del otro lado. Recoge historias de palestinos -hombres, mujeres y niños- inocentes que han muerto por error o intencionadamente a manos de las fuerzas de seguridad israelíes o de colonos. 
De esa forma pone cara y da realidad humana a nuestros enemigos y vecinos. Esto es muy importante, ya que así reduce el grado de demonización de los palestinos y evita que nos hagamos indiferentes a su dolor. Eso mismo es lo que yo quiero hacer ahora con mi amiga Dafna. Quiero que los lectores de "La Vanguardia", acostumbrados a leer mis análisis sobre los acontecimientos y a veces mis propuestas de acción, conozcan siquiera un poco el origen de nuestro dolor y sufrimiento, ahora si cabe mayores al tocarnos personalmente.

Dafna y mi mujer nacieron el mismo día en el mes de noviembre de 1940. Se conocieron el primer día de su servicio militar, en 1958. Enseguida entablaron una sólida amistad. Las dos estaban en la sección de psicología del Ejército y se ocupaban de hacer las pruebas y entrevistas a los que se enrolaban para decidir a qué unidad convenía asignarlos. Al final de su servicio militar, siendo aún muy jóvenes -con menos de 20 años-, ambas se casaron. Mi mujer con su primer y de momento último marido, y Dafna con su primer marido, del que se divorció varios años después. Luego se casó de nuevo con el que era su actual esposo, Johanan.

Su segundo marido fue el que creó el sistema informático de catalogación y clasificación para las bibliotecas universitarias, llamado Elef. Este sistema fue adoptado primero en las universidades israelíes y después en la mayoría de las universidades del mundo. Incluso hace poco la biblioteca de la Universidad de Harvard en Boston compró el sistema diseñado por Johanan.

Dafna y mi mujer estudiaron Psicología en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Con el tiempo, Dafna se interesó más por un ámbito más técnico y acabó siendo la responsable del tratamiento informático del vicerrectorado de alumnos de la Universidad Hebrea. Durante todos esos años mantuvimos nuestra amistad. Tras su divorcio, vivimos con ella en París durante un año en su piso de estudiante. Fue ella quien nos enseñó los placeres de los cafés parisienses. Tras casarse con Johanan tuvo tres hijos: Asia, Adam y Ana. De ellos tomé los nombres de los personajes de mi primera novela, "El amante".

Su marido, Johanan, procede de una antigua familia de tradición comunista del norte del Israel: comunistas activos, miembros del partido, que durante toda su vida han trabajado por entablar relaciones de amistad entre árabes y judíos. Sus ideas son muy parecidas a las de sus padres, aunque él, a diferencia de ellos, no es un admirador de la antigua Unión Soviética. Dafna, que ya de joven era muy radical, encontró en su marido un compañero ideal. Ella se volvió una pacifista tremendamente activa. Cuando nos veíamos, discutíamos muchas veces. Y yo, considerado por muchos en Israel como una "paloma indiscutible" y un izquierdista declarado, me veía en muchas ocasiones metido en discusiones acaloradas. Ellos defendían la retirada incondicional de los territorios ocupados en el 67. Todo con el fin de acabar cuanto antes con una ocupación que estaba envenenando a ambos pueblos.
Hace unos diez años que se formó el grupo de las Mujeres de Negro. Mujeres pacifistas que se organizaron para protestar contra la ocupación. Todos los viernes al mediodía, vestidas de negro, se manifestaban en una de las plazas principales de Jerusalén portando pancartas de protesta. 
En Israel había otros grupos de mujeres que hacían lo mismo. No tiene nada que ver participar en una manifestación multitudinaria donde uno se siente protegido por la multitud que le rodea que integrar una manifestación fija, semanal, donde unas pocas mujeres valientes permanecen durante horas en una plaza céntrica, con carteles en las manos, protestando no sólo contra la política del Gobierno, sino también contra el comportamiento moderado del bloque pacifista y contra la ocupación de los territorios del enemigo palestino, el cual tampoco las ayudaba con su conducta hostil y los crueles atentados de los terroristas palestinos. Se autodenominan Las Mujeres de Negro y siguen el modelo de las Madres de la Plaza de Mayo de Buenos Aires, que protestaban contra la desaparición de sus hijos en los años 70 durante la dictadura militar argentina.

En Israel las Mujeres de Negro están expuestas a la burla y a la provocación de los viandantes, a la ira de los militantes de la derecha que suelen ponerse delante de ellas para insultarlas e incluso en ocasiones llegan a escupirles. En invierno, con viento y con lluvia; en verano, con el calor sofocante, cada semana, cada viernes, unas mujeres valientes llevan sobre sus hombros la conciencia y la protesta por la ocupación. Dafna era una de esas mujeres, constantemente presente. Para ello, una persona ha de tener en su interior no sólo una razón ideológica sino también una tremenda fuerza emocional y moral. Dafna contribuyó personalmente semana a semana a la conciliación de israelíes y palestinos.

Lo trágico es que ni siquiera puedes decirle a ese terrorista palestino: "¿Has visto lo que has hecho? ¿Te das cuenta de a quién has asesinado?". Los padres de Dafna aún viven. Son unos ancianos de más de 90 años. Su madre padece Alzheimer y no sabe que su hija ha muerto, aunque siente en su semiinconsciencia que algo malo ha ocurrido. Su padre, que fue uno de los expertos internacionales que trabajó en la modernización agrícola en África, escribió una esquela en el periódico donde decía: "Nuestra querida Dafna, que luchó toda su vida por la paz y la justicia, murió asesinada por unos malvados". Pero el marido de Dafna borró el final. Eso es lo curioso en esta terrible guerra, que no puedes permitirte ni siquiera odiar de verdad a tu enemigo, porque tú también entiendes y a veces te identificas con el dolor que lleva a un individuo a cometer un acto tan cruel.
Hace poco mi mujer telefoneó a Johanan para preguntarle cómo estaba. Dijo que sus hijos le están apoyando muchísimo. Después le dijo a mi esposa que tiene quejas de mí porque soy demasiado pasivo en cuestiones políticas y no creo lo bastante en que pronto se alcance un acuerdo de paz. Sin duda, he aquí la gran fuerza de un luchador por la paz, tal vez ingenuo pero muy convencido. Hace tan sólo unas semanas que enterró a su esposa, asesinada por un terrorista palestino, y todavía cree en la paz. No desespera. Sigue siendo fiel a su mujer, Dafna, que en paz descanse.
Insertadoen nuestro Web Magazine el miércoles 18 de septiembre de 2002
Texto tomado de "La Vanguardia", México.
 
(La programación y diseño, además de las fotografías, son trabajo del equipo de "Mujeres del Tercer Milenio")
 
ABRAHAM B. YEHOSHUA, escritor israelí e inspirador del movimiento Paz Ahora
Traducción: Sonia de Pedro
 
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