El pobre Eliancito ya comenzó
su viaje de regreso a Cuba. Un juez federal norteamericano ha dictaminado
que le corresponde al Departamento de Inmigración --la frecuentemente
injusta ``Migra''-- y no a él determinar qué hacer con el niño Elián
González, el balserito que sobrevivió milagrosamente a un naufragio en el
que murieron nueve personas, su madre incluida, cuando intentaban escapar de
la dictadura cubana. Pronto otra instancia legal se pronunciará,
presumiblemente en la misma dirección, y finalmente el supremo dictará su
fallo. Es posible que la Migra, mientras tanto, intente acelerar el proceso
de alguna manera. Si tras la llegada del niño a suelo americano parecía
que la institución, como ha hecho cientos de veces, concedería el asilo
pedido por el tío abuelo paterno, otra circunstancia imprevista torció ese
destino: una revuelta con rehenes en una cárcel de Louisiana, protagonizado
por presidiarios cubanos, se saldó pacíficamente mediante la intervención
de Castro, quien aceptó que los amotinados fueran enviados a Cuba. El tácito
quid pro quo era la devolución de Eliancito. El niño fue usado como
mercancía. Favor con balserito se paga.
¿Por qué el
inusitado interés de
Castro en este asunto?
Por supuesto, no son los niños
balseros. Como llevo escrito anteriormente, su policía política mató diez
niños balseros en el verano de 1994, algunos de ellos bebitos de brazos,
junto a otros treinta adultos que intentaban huir de Cuba en el barco 13 de
Marzo, y ni siquiera les permitió a los familiares enterrar los cadáveres
devueltos por el mar. ¿Será acaso su pasión por mantener la familia
unida? Tampoco: miles de cubanos dentro y fuera de Cuba intentan reunirse,
pero a unos el régimen no los deja salir y a los otros no los deja
regresar. Son tantos, que hasta han creado una ONG, invocando el nombre de
Elián, para protestar contra esa separación forzosa, y varios centenares
de ellos acudirán a la Comisión de Derechos Humanos de Ginebra para
protestar contra este atropello. Además, si por algo Castro se distingue es
por su notable falta de instinto familiar, como dan fe su hija Alina, sus
hermanas Juanita y Agustina, o los múltiples sobrinos y parientes que
silenciosa y discretamente han buscado el camino del exilio. Se cuenta,
incluso, que por lo menos dos de sus hijos naturales, al margen de la decena
que se le conoce extraoficialmente, han sido amablemente reconocidos por
subalternos deseosos de servir al máximo líder. En todo caso --como lo
defiende con fiereza el funcionario cubano Juan Vega Vega cuando escucha
estos insistentes rumores--, Marx hizo lo mismo: al hijo que tuvo con su
criada fue el bueno de Engels quien le dio su apellido. Por algo había
escrito La sagrada familia, ¿no? Siempre es conveniente contar con un
precedente ilustre para las desvergüenzas propias.
Lo que busca Castro
En definitiva, ¿qué busca
Castro con esta campaña en la que pide el regreso de Elián y en la que ha
empeñado a toda su incómoda diplomacia? Tiene dos objetivos. El primero es
tratar de cambiar la política norteamericana con relación a Cuba. Quiere
que el Congreso derogue la llamada ``Ley de Ajuste'' de 1966, norma legal
que le facilita el asilo político a cualquier cubano que llegue a
territorio norteamericano. Según Castro --siempre a la busca de coartadas
para ocultar sus fracasos-- esta ley es lo que estimula la emigración
cubana. Falso: en México hay ochenta mil cubanos y en España cincuenta mil
y no existe ninguna legislación parecida. Habría un millón si les
conceden las visas. Los cubanos se van de Cuba hacia cualquier parte porque
la isla es un hambreado manicomio sin la menor esperanza de mejorar. Si la
ley fuera derogada, los cubanos seguirían fluyendo hacia Estados Unidos, sólo
que serían ilegales, como sucede con tantos mexicanos, caribeños y
centroamericanos. Europa y América Latina están llenas de cubanos
ilegales.
El segundo propósito es crear
una causa supuestamente capaz de aglutinar a los cubanos tras la revolución
y revitalizar la menguada furia nacionalista. Algo parecido a la revolución
cultural que Mao emprendió en las postrimerías de su régimen. Todos los
informes de que dispone le indican que son muy pocos los cubanos que
realmente respaldan el sistema --algo perfectamente lógico tras cuarenta y
un año de fracasos--, pero Castro supone que con una constante campaña
propagandística, con interminables discursos y marchas públicas en las que
se machaca incesantemente sobre el tema, basta para que los cubanos sientan
de nuevo las emociones políticas más profundas y cohesionadoras. ¿Y cómo
comprueba si ha tenido éxito? Muy sencillo: se lo confirman la propia campaña
propagandística y la masiva presencia de la población en los desfiles
revolucionarios. Es decir, Castro es víctima de sus propias técnicas de
manipulación. Finalmente, decreta que ya todo el pueblo está felizmente
unido gracias a su infinita astucia política, media docena de sus acólitos
repiten esta necedad --de la que se hacen eco sus incondicionales en el
extranjero--, y se establece una nueva ``certeza revolucionaria'', curiosa
modalidad de la racionalidad que los burgueses no son capaces de comprender
en toda su camaleónica dimensión.
La verdad profunda y real, sin
embargo, es diferente. Todo el mundo en Cuba, incluida la estructura de
poder, sabe que la ``sagrada causa de Elián'' es una farsa sin sentido, en
la que se ha dañado seriamente la maltrecha economía, y si de algo ha
servido es para subrayar de una manera aún más clara lo desquiciado, lo
loco que está Castro en esta etapa senil de su gobierno. Yo se lo oí decir
por teléfono a un altísimo miembro del gobierno cubano que hablaba en La
Habana desde una cabina pública, mediante una tarjeta, con su hijo, en ese
momento sentado en mi oficina madrileña: ``Quédate, hijo, y no vuelvas; yo
he empeñado mi vida en la defensa de esta revolución que fracasó; Fidel
Castro está completamente loco y nos lleva al desastre total. Sálvate tú,
porque ya yo estoy muy viejo''. Lamentablemente, parece que Elián no se
salvará.
Sálvese quien pueda
Esta triste anécdota tiene
una lectura importante para la oposición democrática. Veamos. Hace pocas
fechas fue exhibida la película La vida es silbar, filmada en Cuba, y hubo
ciertas protestas entre un grupo de exiliados. El film estaba lleno de clarísimos
mensajes anticastristas --lo que en la isla, en su momento, provocó que la
película fuera rápidamente sacada de las carteleras, y lo que alguna
relación tiene con el cese de Alfredo Guevara--, pero no parece que estos
opositores a Castro analizaran el contenido. Venía de Cuba y eso resultaba
suficiente para condenarlo. El rector de FIU, Modesto Maidique, consciente
de que una universidad no debe cerrar sus puestas a ninguna expresión
cultural razonable, y probable y secretamente feliz de contribuir al descrédito
de la dictadura cubana --ha sido toda su vida un combativo anticastrista, no
sólo en Miami, donde es muy fácil, sino en Harvard, donde la sensibilidad
política es diferente--, optó acertadamente por respaldar la exhibición.
Poco después sucedió el
incidente de LASA. Esta asociación de latinoamericanistas se dio cita en
Miami, y numerosos exiliados protestaron por la presencia en la ciudad de
una nutrida delegación de académicos cubanos --reales o fingidos--, entre
los que indudablemente había un grupo grande de policías, comisarios políticos,
y fanáticos propagandistas de la dictadura. Otros, en cambio, eran simples
profesores e investigadores, prisioneros de un tipo de régimen que los
obliga a simular lealtad política para poder sobrevivir en el ambiente
universitario, como suele suceder en todos los gobiernos totalitarios.
Algunos de ellos (y de ellas, por cierto), en privado, describieron el asco
que les producía tener que representar todos los días la atroz
comedia-del-revolucionario-firme, cuando lo que deseaban, desde hace muchos
años, es el fin de ese absurdo sistema de tiranía y privaciones.
Los más prácticos utilizaron
el viaje para cosechar algunas invitaciones futuras que les permitan escapar
del manicomio cierto tiempo, por lo menos para respirar aire limpio antes de
sumergirse de nuevo en la alcantarilla. Y hasta hubo --me confía una amiga
banquera-- quien dejó abierta una cuenta corriente a nombre de un pariente
``para cuando pueda largarme de ese infierno''.
Esa es la realidad cubana a
todos los niveles, incluida la más alta estructura de poder. Hay unos pocos
fanáticos realmente convencidos de las virtudes del comunismo castrista, y
hay una inmensa legión de farsantes colocados ante un dificilísimo dilema
que sólo tiene tres precarias salidas. La primera, la más usual, es
sostener la pantomima de "ser revolucionarios'', aún muriéndose de
asco, escudados en la protección de la familia: "¿Qué les pasaría
si me enfrento al régimen?'', suelen preguntarse llenos de vacilaciones. La
segunda, la heroica, es renunciar a los escasos privilegios que les
proporciona mantenerse dentro de la nomenklatura y convertirse en francos
disidentes dispuestos a correr riesgos de cárcel, golpeaduras e insultos,
dado que Castro les hace pagar un altísimo precio a los demócratas que lo
adversan. Esta ha sido la decisión de personas como los hermanos Arcos, los
cuatro autores de La patria es de todos y de varios millares de cubanos
valientes e insobornables. La tercera, es una vía intermedia entre las dos
anteriores: ni seguir a bordo del aparato dirigente ni optar por la durísima
oposición, sino aprovechar una pérdida provisional de la gracia
revolucionaria y mantenerse discretamente en la categoría de tronado, es
decir, como un ex funcionario que languidece silenciosamente en una posición
subalterna. Esto es lo que hicieron los ex ministros Humberto Pérez y
Marcelo Fernández, el comandante Efigenio Almeijeira, o lo que comenzó a
ensayar el economista Pedro Monreal cuando perdió la confianza de los
cuerpos de seguridad.
Lo que debe buscar el
exilio
Una
vez descrita esta amarga situación, la pregunta es inevitable: ¿qué deben
hacer los demócratas del exilio? ¿Cuál es la mejor actitud para tratar de
acelerar aún más la descomposición de un régimen que está, ciertamente,
podrido? ¿Deben denunciar todo-lo-que-venga-de-Cuba? ¿Deben abrirles los
brazos a quienes oficialmente proceden de la isla? A mi juicio, la actitud más
recomendable no es dar por sentado que estamos ante revolucionarios
inconmovibles, sino ante otras víctimas de la tiranía --víctimas de baja
intensidad-- que en Cuba no pueden expresar sus verdaderos sentimientos. No
son héroes, como quisiéramos, pero tampoco tienen que ser nuestros
enemigos. Mi experiencia con académicos, músicos, actores, escritores,
funcionarios y hasta parlamentarios de los que "van y vienen'', es que
a los cinco minutos de trabar una amable conversación privada estamos
plenamente de acuerdo en la condena sin paliativos del sistema y,
especialmente, del dictador que lo dirige. Podría citar una veintena de
nombres asombrosos, pero prefiero mantenerlos en el anonimato.
¿Y para qué sirve entablar
esa forma secreta de complicidad política, mientras públicamente el
supuesto viajero revolucionario, forzado por la policía y por su vieja
costumbre de obedecer, continúa recitando imperturbablemente su papel de acólito
del sistema? Sirve para ir creando las bases y los lazos que facilitarán
los cambios políticos cuando las circunstancias lo permitan. ¿Puede
alguien concebir un mayor estímulo para echar abajo el régimen que unir a
la conciencia del fracaso la convicción de que no habrá represalias contra
los que emprendan esa necesaria tarea de demolición? Esto lo sabe la
Seguridad del Estado, y de ahí que fomente la actitud de "plaza
sitiada''. Es decir, la creencia de que "la situación puede ser
espantosa, el sistema acaso sea un desastre, pero si bajamos la guardia el
enemigo nos pasará a degüello''. Por eso nadie debió asombrarse cuando la
policía norteamericana descubrió que los agentes castristas se infiltraban
en las organizaciones del exilio para alentar las posturas más radicales y
agresivas. Esas son las que les conviene a la dictadura para mantener la
tensión revolucionaria. Lo que los mata no es la pedrada, sino el abrazo,
el intercambio honesto de información y opiniones, los lazos amistosos
entre los diferentes tipos de víctimas de un mismo verdugo que se sinceran
y comienzan a trenzar vínculos para cuando llegue el día de estrenar la
libertad. Es a eso a lo que Castro le teme.