Primero la gratitud. Es un privilegio poder
participar de alguna forma en el rescate de la democracia venezolana. Y
hacerlo entre tantos amigos queridos y respetados me proporciona una
satisfacción muy especial. Mis vínculos con CEDICE y mi amistad con Rocío
Guijarro y con otros entrañables amigos venezolanos duran ya unos cuantos años,
y me parecía importante no faltar ahora a esta cita venezolana. Al fin y al
cabo, como cubano siento una responsabilidad acuciante por cuanto ocurre en
este país. A principios de la década de los 60, Venezuela abrió sus
brazos a decenas de millares de exiliados, como mi fraterno Roberto
Fontanillas, y éstos lograron reconstruir sus vidas y trenzarse para
siempre con el país que generosamente los acogió. Este es el momento en el
que acaso podemos devolver en alguna pequeña medida aquel viejo, largo y cálido
abrazo.
Comienzo por una reflexión sobre la historia
de los dos países. En 1958 Venezuela puso fin a una década de dictadura
militar, mientras Cuba, al siguiente año, logró una victoria parecida
contra la tiranía de Batista. Los dos regímenes militares tenían mucho en
común. Ambos eran producto de una vieja tradición autoritaria que después
de la Segunda Guerra mundial se adaptó a las contingencias de la guerra fría.
Y los dos sucumbieron frente a una fuerza política que poseía su mayor
inspiración en movimientos de corte socialdemócrata. Es verdad que la
aventura venezolana culminó en 40 años de democracia, y la cubana, por
ahora, en 43 de totalitarismo comunista, pero lo que pretendo subrayar es el
parentesco original de ambos procesos políticos.
La hipótesis que quiero examinar con ustedes
esta noche consiste en que tanto lo sucedido en Venezuela con el
advenimiento de Chávez hace ya tres años, o la llegada de Castro al poder
hace varias décadas, son el resultado de las percepciones, creencias e
informaciones distorsionadas que todos teníamos a mitad del siglo XX y que
forjaron nuestra conciencia social. Luego intentaré proponer alguna
razonable salida de este laberinto en el que no solo está metida Venezuela,
sino toda América Latina, porque lo que aquí acontece es sólo una
variante de cuanto sucede en Argentina, en el matadero colombiano y en la
propia Cuba. No es un drama venezolano, sino latinoamericano.
La cultura
revolucionaria-populista-mercantilista
A mediados del siglo pasado parecía obvio
que el desarrollo y la prosperidad vendrían de la mano protectora y justa
de un estado fuerte. Esa noción nos llegaba tanto desde el socialismo de
derecha de personajes como y Getulio Vargas o Juan Domingo Perón, o desde
la visión preconizada por los marxistas, ya fueran los duros camaradas
prosoviéticos o la versión vegetariana de los socialdemócratas, siempre
respetuosos de las libertades. La socialdemocracia de esa época, en efecto,
había renunciado a la propuesta marxista de crear una dictadura del
proletariado como parte del trayecto hacia una sociedad perfecta, pero,
aunque no se señalaran fechas, el propósito era llegar a un fulgurante
destino socialista por vías democráticas y pacíficas. Por aquellos años
se habían debilitado tremendamente los viejos principios liberales que
asignaban a la empresa privada el papel preponderante en el proceso de
creación riquezas. Incluso, la noción de la propiedad privada como un
derecho inalienable de las personas se había ido desvaneciendo ante la idea
de que la función del estado no era tutelar y proteger los derechos de los
individuos, sino los intereses de la colectividad. Más aún: ese estado
fuerte se atribuía como esencia de sus responsabilidades la tarea de
planificar la creación de riquezas y luego la justa distribución de lo
creado entre los miembros de la tribu.
Recuerdo con nitidez cuando yo era un joven
que sostenía esas creencias. La causa de la defensa de los derecho de
propiedad me resultaba entonces algo poco noble, egoísta. Una causa que prácticamente
nadie con un corazón solidario se atrevía a plantear. ¿No decía acaso la
Iglesia, de una manera confusa, que la propiedad privada se justificaba en
“función social”? Es verdad que esa expresión luego se completaba con
el “principio de subsidiaridad” esbozado por la Doctrina Social de la
Iglesia, ése que le asignaba al estado la responsabilidad de producir
cuando y donde el capital privado no se animaba a hacerlo, pero lo que
quedaba en la mente de los feligreses no era ese término de tan difícil
pronunciación, subsidiaridad, sino la idea de que el Estado debía y podía
convertirse en empresario. Esto era lo que leíamos en los periódicos, lo
que nos decían en las cátedras universitarias, lo que repetían los políticos.
Y ni siquiera los primeros meses de la revolución cubana, aún cuando yaestaba enfrentado a la dictadura comunista, consiguieron alterar en mí
esta visión socialistoide que entonces padecía. Nunca he olvidado que mi
primera charla política cuando llegué al exilio, a los 18 años, fue para
defender la peregrina idea de que no había que temerle al
estado-empresario, puesto que quienes opinaban que los gobiernos eran malos
administradores lo hacían desde posiciones reaccionarias que ya no tenían
vigencia en el mundo. Y lo asombroso no fue que yo dijera ese disparate en
Miami en 1961, sino que el auditorio me aplaudiera con cierto entusiasmo.
Por
supuesto, esta generalizada visión tenía poco de autóctona. Lo que
entonces pensábamos, como frecuentemente nos ha ocurrido a lo largo de
nuestra historia, tenía su origen en el exterior. Después de la primera
guerra mundial, y como consecuencia de la crisis de los años treinta, Lord
Maynard Keynes había convencido a las principales cabezas económicas y políticas
del planeta de la utilidad de valerse del gasto público para combatir el
desempleo e impedir la desestabilización social que se genera durante los
ciclos recesivos. Ante esa propuesta, los gobernantes vieron los cielos
abiertos. Estaban legitimados para gastar más, lo que les confería más
poder. La tesis consistía en que “un poco” de inflación generada por
una “economía de la demanda” era más conveniente que la falta de
puestos de trabajo. Llegado su devastador momento, ese “poco de inflación”
destruyó las monedas de Brasil, Nicaragua, Argentina, Chile, Perú y
Ecuador y empobreció aún más a decenas de millones de latinoamericanos.
Por otra parte, comenzaron a surgir
planteamientos desarrollistas que tenían su origen en una lectura
probablemente equivocada de la historia económica. La
idea básica consistía en que era necesaria la industrialización para
poder conseguir niveles de prosperidad parecidos a los del primer mundo.
Pero para ello resultaba necesario sustituir las importaciones con bienes
nacionales. Mas para poder alcanzar ese desarrollo técnico había que
proteger la industria local con aranceles altos hasta que estuviese en
condiciones de competir. Además, como el capital privado disponible para
dar ese gran salto no era suficiente, el Estado tenía que hacerse presente.
La CEPAL le proporcionó a este análisis su respaldo teórico y los
organismos internacionales le imprimieron su visto bueno. O sea, todos los
caminos, insisto, conducían en la misma dirección: el fortalecimiento del
estado en detrimento de la competencia, y en perjuicio de los derechos
individuales y de propiedad.
Otra idea entonces presente entre nosotros
era la llamada “teoría de la dependencia”, tomada de la interpretación
que en el siglo pasado hizo Marx de las relaciones económicas entre
Inglaterra y la India. Para el pensador alemán resultaba claro que Londres
le había designado a la India un papel económico complementario. Como en
los viejos pactos coloniales, la India sólo podía producir aquello que
Inglaterra no producía, pues su destino era el de convertirse en
suministrador de materia prima y en comprador de las exportaciones inglesas.
De manera que nuestros teóricos antiimperialistas latinoamericanos no
tuvieron que esforzarse demasiado para darles forma a sus planteamientos:
los grandes círculos económicos del primer mundo habían determinado que
América Latina sólo debía desempeñar el rol de territorio dependiente
condenado a comprar del exterior los productos manufacturados que necesitara
y a vender la materia prima que las naciones desarrolladas requerían para
elaborar sus productos. Los nuestros no eran realmente países sino mercados
cautivos.
¿Cómo corregir las infinitas imperfecciones
de América latina y terminar con las injusticias seculares que nos oprimían?
Para esa tarea existía un héroe mítico: el revolucionario. Entonces esa
palabra se mencionaba con un tinte de orgullo. El revolucionario era el
agente del cambio. Podía ser un comunista, un aprista, un adeco, un
copeyano, un cubano “auténtico”, o un miembro del PRI mexicano. Podía
ser un socialista chileno, un sandinista nicaragüense, un independentista
puertorriqueño. Ser revolucionario en América Latina significaba sospechar
de las intenciones de los empresarios, culpar a Estados Unidos de la mayor
parte de nuestros males, querer la redención de los humildes y procurar el
desarrollo económico de la sociedad y la independencia política frente a
las potencias imperiales.
Pero lo interesante no es lo que querían los
revolucionarios, sino el modo con que pensaban lograr sus objetivos. No se
trataba de convencer al pueblo de las bondades de sus planes y concepciones
políticas y económicas, sino de llegar al poder, ignorar las normas del
derecho burguésy desde la cúpula
dictar una serie de medidas que traerían la felicidad colectiva. Los
revolucionarios tenían a mano un recetario perfecto para lograr sus buenos
propósitos: reformas agrarias que redistribuían las tierras,
nacionalizaciones de bienes y empresas “estratégicos”, y la creación
de numerosos organismos estatales que planificarían y dirigirían la vida
de las personas. Los revolucionarios se caracterizaban por saber lo que cada
uno debía poseer, debía producir o debía gastar. Los revolucionarios eran
asombrosamente sabios.
Obviamente, no existía ninguna razón válida
que limitara la existencia de esta raza de héroes preclaros a las filas de
los políticos, así que comenzaron a surgir militares revolucionarios. Perón
fue uno de los primeros. Arbenz fue otro. Y luego Velasco Alvarado y Omar
Torrijos. También los hubo en Bolivia y en Ecuador. En algún momento se
les llamó nasseristas por sus
similitudes con el dictador egipcio salido de las fuerzas armadas. El
presupuesto teórico de estos revolucionarios de uniforme contenía varios
razonamientos seductores: según ellos, en países desordenados y con
instituciones débiles, sólo las fuerzas armadas tenían el peso y la
disciplina para gobernar con la eficiencia, el patriotismo y el rigor
intelectual que se necesitaban para definir cuáles eran los intereses del
país que debían defenderse a capa y espada y cuáles los peligros que
acechaban. Era la “doctrina de la seguridad nacional”.
Por si no bastara ese incesante bombardeo
antidemocrático y antiliberal, permanente y desde todos los ángulos, el
arte y la literatura entonces vigentes coincidían sobre la misma diana. El
muralismo mexicano de Rivera, Orozco y Siqueiros, imitado en todos nuestro
países, nos traía imágenes de un mundo de seres explotados por los
poderes imperiales, saqueado por los capitalistas y esquilmado por la clase
dirigente. La literatura indigenista o la de corte político reiteraba los
mismos esquemas. Entonces vibraban novelas como Huasipungo
del ecuatoriano Icaza, Señor
presidente del guatemalteco Asturias o El
mundo es ancho y ajeno del peruano Ciro Alegría. Los temas se repetían:
los indios eran terriblemente maltratados por los finqueros criollos y
extranjeros, Washington resultaba ser un depredador sin escrúpulos, los políticos
no eran otra cosa que gentes abyectas y despreciables al servicio de la
dominación extranjera. Meros lacayos.
Con esos elementos, construimos lo que
pudiera llamarse una "cultura revolucionaria”, o tal vez populista, o
mercantilista, o acaso todo junto: una cultura
revolucionaria-populista-mercantilista. Se trataba de una forma abarcadora
de juzgar los problemas, de (supuestamente) entender sus orígenes y de
proponer soluciones. El rasgo más notable de esta cultura era que buscaba
villanos y culpables a los que responsabilizaba del fracaso económico y político
de nuestras sociedades. Había un elemento muy simplista en los juicios
morales que se formulaban. Estaban basados en una especie de teología ideológica
que preconizaba la idea de que tras la opresión y la miseria siempre estaba
la actuación de algún malvado o de un grupo de canallas.
El descrédito de
esa cultura
Fue en la década de los 80, en la llamada“década perdida”, cuando, poco a poco, se fue abriendo paso una
lectura distinta de nuestros quebrantos. De la misma manera que las viejas
ideas que conformaron la cultura revolucionaria-populistas-mercantilista nos
llegaron del exterior, la nueva visión también fue un producto extranjero.
A partir de esos años, ciertos núcleos de la intelligentsia
latinoamericana comenzaron a comprender el papel de las instituciones en
el desarrollo y la estabilidad de los pueblos, las razones psicológicas y
sociales que explican la ineficacia y la torpeza del estado-gerente, los
factores culturales que determinan o inclinan a las sociedades en la dirección
del progreso o el estancamiento, y las dimensiones y proporciones que deberían
tener la sociedad civil y el Estado para lograr armónicamente cotas
crecientes de prosperidad.
Fue entonces cuando descubrimos la
importancia de una nueva categoría sociológica y económica, el “capital
social”, e incluso una variante ética igualmente vital para el desarrollo
de los pueblos: el llamado “capital cívico”. ¿Cómo pretender dar el
salto hacia el primer mundo si no contábamos con una masa crítica de
ciudadanos bien formados en el terreno técnico y educativo, pero dotados,
al mismo tiempo de las virtudes ciudadanas que se requieren para lograr el
éxito colectivo: sentido de la responsabilidad, honestidad, apego a la
verdad. Era muy fácil acusar de corrupción a los políticos y silenciar,
al mismo tiempo, la corrupción de quienes evaden los impuestos, de quienes
exigen privilegios y canonjías del Estado, o de quienes ascienden por sus vínculos
políticos y no por sus méritos. Como regla general, se podía comprobar la
correspondencia casi milimétrica entre el envidiable nivel de desarrollo de
las sociedades en las que abundaba el capital humano y el capital cívico,
frente al pobre desempeño de aquellas que exhibían un cuadro opuesto.
Simultáneamente, redescubrimos la
importancia de poner en práctica políticas públicas dictadas por la
ortodoxia económica. Lo sensato era contar con presupuestos equilibrados,
cero déficit fiscal si ello fuera posible, una deuda pública manejable y
una tasa baja de impuestos para estimular la formación de capital y las
correspondientes inversiones.Los
aranceles debían ser reducidos para obligar a nuestros productores a
competir en precio y calidad.
Lo importante era satisfacer al agente
principal de la ecuación económica: el consumidor. Había surgido una
nueva manera de clasificar a los ciudadanos: el “consumidor soberano”.
Una criatura que ejercía una especie de democracia comercial reclamando su
derecho a decidir cómo deseaba gastar su dinero libremente sin que el
Estado le impusiera ningún tipo de patriotismo industrial. Pero ese respeto
por el consumidor indicaba la aparición de otra convicción muy clara: la
experiencia demostraba que no había sustituto para el mercado. La asignación
arbitraria de los precios o su congelación aparentemente justiciera
generaba unas distorsiones terriblemente empobrecedoras para el conjunto de
la economía. Los burócratas casi nunca eran más eficientes que el
mercado.
También aprendimos que era absolutamente
falsa la premisa de que nosotros, los latinoamericanos, habíamos sido
condenados a la periferia en el orden económico. Ante nuestros ojos vimos cómo
algunas naciones excéntricas y pobres les arrebataba a Estados Unidos y a
Europa la hegemonía casi total sobre algunos renglones de la producción.
A mediados de la década de los 50, por
ejemplo, todos los electrodomésticos eran norteamericanos. Treinta años más
tarde eran coreanos, taiwaneses, o japoneses. Hubiera sido perfectamente
posible que los fabricantes de esos productos hubieran sido mexicanos,
venezolanos o brasileños. Sencillamente, la teoría de la dependencia era
un disparate, como le tocó reconocer, cabizbajo, a Fernando Henrique
Cardoso, uno de sus promotores más ardientes. Lo que ocurría era lo
contrario: los países se enriquecían por medio de la colaboración, la
imitación de los más exitosos, y los vínculos con los centros financieros
y comerciales internacionales. Sin globalización no hubieran sido posibles
los famosos milagros de los tigres asiáticos ni el notable enriquecimiento
de una nación como España. Sin la globalización, las instituciones
financieras internacionales no hubieran acudido en socorro de países
agobiados por la falta de liquidez, como en el pasado les ocurrió a México,
Brasil o Argentina.
El conocimiento limitado
Pero
ocurre, desgraciadamente, que el acceso a este cúmulo de conocimientos y
percepciones no es capaz de sacarnos del atolladero. Y es que estas nuevas
certezas, aprendidas de la experiencia, sólo son compartidas por un pequeño
núcleo de la población. La verdad es que la mayor parte de nuestros
ciudadanos no suscribe esta visión del desarrollo y de la estabilidad política.
Nuestras gentes continúan atrapadas en la vieja cultura
revolucionaria-populista-mercantilista. Es lo que se sigue escuchando en las
universidades y lo que se publica en los periódicos o se divulga por radio
y televisión. Es lo que continúan repitiendo muchas congregaciones
religiosas o las asambleas de sus dirigentes. Como los viejos paradigmas se
habían montado sobre la base de la existencia de una perversa relación
entre buenos y malos, entre abusadores y humillados, el fracaso del modelo
revolucionario-populista-mercantilista no se le atribuye a sus defectos intrínsecos
o al error intelectual del que partía, sino a la mala actuación de una
raza degenerada de personas terriblemente malvadas. Pero frente a esas
desdichas -continúa
insistiendo el grueso de nuestras poblaciones-,
algún día vendrá un genuino representante de los humildes en un carro de
fuego dispuesto a salvar a las muchedumbres de sus odiosas servidumbres y
carencias.
Todavía
más: existe otro elemento que explica con mayor claridad la persistencia de
los errores que nos mantienen en el atraso y la zozobra. Se trata de una
fatalidad del proceso cognoscitivo. Muchas de las ideas y de las
proposiciones acertadas que aporta el pensamiento liberal son contrarias a
la intuición primaria. Cuando se le pregunta a una persona de escasa o
media instrucción si los precios de las cosas o de los servicios deben ser
fijados por el mercado o mediante las decisiones de burócratas sabios
formados en buenas universidades, o incluso mediante revolucionarios
inspirados por la buena fe, la respuesta probable es que corresponde a los
burócratas y a los revolucionarios esa labor de determinar el valor de las
cosas. En una cultura como la nuestra, donde se le concede un rango especial
a las autoridades, es difícil persuadir a la sociedad de las virtudes y
ventajas de un mercado ciego que nadie controla, salvo la oferta y la
demanda. Cuando a ese hipotético ciudadano se les pregunta si cree que las
decisiones favorables al pueblo van a ser tomadas mediante el laborioso
procedimiento democrático o por la fulminante voluntad de un caudillo
bienintencionado, una parte sustancial de nuestras gentes opinará que hay más
probabilidades de recibir justicia y equidad de un hombre bueno instalado en
la cúpula del poder que de una maquinaria política inevitablemente
corrompida o de un complicado proceso parlamentario.
En efecto, en nuestras sociedades, pese a sus
frutos nefastos, no ha muerto la cultura
revolucionaria-populista-mercantilista. Está viva y coleando. Eso explica,
por ejemplo, el fulminante ascenso al poder de una persona como el teniente
coronel Hugo Chavez. En 1992, cuando intentó el golpe militar, los
venezolanos no lo aplaudieron a rabiar por su conducta antidemocrática,
sino porque se convirtió súbitamente en el representante de esa siempre
traicionada cultura revolucionaria. De él se esperaba que hiciera lo que no
habían hecho los presidentes durante las tres décadas largas que había
durado la democracia. Y la verdad es que el señor Chávez probablemente
pensaba que él era capaz de traerle la felicidad a los venezolanos mediante
la ejecución de una profunda transformación económica y política. No era
un mentiroso, sino un creyente, categoría que a veces complica mortalmente
los problemas. Chávez se creía su propio cuento. Su discurso era el de los
revolucionarios convencionales, pero “enriquecido” (y enrarecido) con
varios factores aún más radicales tomados del extremismo islámico de
Gadafi y del ejemplo de Fidel Castro.
Por eso fracasó. Porque sus ideas están
equivocadas. Si uno realiza el mismo experimento debe esperar los mismos
resultados. ¿Por qué no rec
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tifica? Porque no sabe que está equivocado.
Una vez instalado el poder con el apoyo abrumador del pueblo, y una vez
puestos en marcha los cambios revolucionarios, si el señor Chávez hubiera
tenido sentido crítico, y si no estuviera cegado por el resplandor de sus
espejismos ideológicos, tal vez hubiera podido darse cuenta de que estaba
minuciosa y aplastantemente errado. Pero el señor Chávez, como suele
ocurrir con las personalidades mesiánicas, es incapaz de rectificar el
rumbo. A este tipo de personas narcisistas, convencidas de su genialidad,
les resulta mucho más fácil explicar sus fracasos como consecuencia de la
actividad siniestra de sus enemigos que por sus propias limitaciones. De
alguna forma, ello confirma las claves sobre las que se sostiene su visión
de la realidad. Para él la explicación de aciertos y desaciertos sigue
siendo una dicotomía entre el bien y el mal, una lucha épica entre el ying
y el yang, como creo que postulan los chinos.
Una sociedad
desconcertada
Es obvio que la caída en picado de la
popularidad del presidente Hugo Chávez se debe al desengaño de los
venezolanos. La inmensa muchedumbre que lo llevó al poder, y durante los
dos primeros años de su mandato lo aplaudió delirantemente, hoy se siente
defraudada. Esperaba que el revolucionario le solucionara sus problemas,
pero ha ocurrido a la inversa: el revolucionario, como era inevitable,los ha agravado. La gran diferencia, sin embargo, entre ésta
revolución bolivariana y la cubana, la sandinista, o la libia, es que la
existencia en Venezuela de una prensa libre y de una sociedad acostumbrada a
expresar a viva voz sus ideales, ha impedido que el descontento y el rechazo
popular haya sido silenciado en los calabozos o cercenado en los paredones.
Sencillamente, el presidente Chavez trató de implantar una revolución,
pero no pudo o no supo poner en práctica los métodos dictatoriales que se
requieren para erigir esos sistemas contra natura. Por eso hoy se trasluce nítidamente
la inmensa debilidad que padece su gobierno.
Pero
el problema que se plantea en Venezuela es mucho más grave que la anécdota
lamentable del paso por el poder del señor Chávez. Dentro de una semana,
dentro de un mes o dentro de tres años, muy probablemente será otro el
inquilino radicado en Miraflores. Mas el conflicto que enfrentará ese
sucesor seguirá tercamente vigente. El conjunto de la sociedad venezolana
seguirá esperando que una persona excepcional, llena de buenas intenciones,
le traiga la solución de sus problemas básicos. Millones de personas
continuarán pensando que viven en un país muy rico permanentemente
saqueado por venezolanos inescrupulosos. Millones de venezolanos, como
cientos de millones de latinoamericanos, no saben y ni siquiera se imaginan
las claves que explican el proceso de creación de riquezas.
He ahí la gravedad de la situación. Cuando un partido político trate de
explicar que la riqueza se crea -entre
otras razones-
mediante el trabajo intenso y prolongado, el cumplimiento de la ley, el
respeto por los contratos y por la propiedad privada o el buen
funcionamiento de los tribunales, le virarán la espalda. Si un líder político
moderno y bien informado se atreve a decir que es mucho más importante
respetar el Derecho Civil que entonar La Marsellesa, seguramente no lo van a
entender.En cambio, cuando un
demagogo prometa el cielo y las estrellas, y cuando jure y perjure que la
pobreza de los más necesitados es sólo la consecuencia de la codicia de
los poderosos, y que no hay otro alivio a esa injusticia que cambiar de
arriba abajo el registro de propiedad, recibirá de nuevo los aplausos de la
multitud. Es bueno, aunque muy triste, recordar que al señor Chávez lo
eligieron por sus planteamientos y promesas, y hoy lo repudian por sus
resultados, sin darse cuenta de la íntima relación que vinculaba la causa
y sus inevitables efectos.
El fin de la
tragedia
El dilema es evidente. Nuestros problemas no
comenzarán a solucionarse hasta que no cambiemos de una punta a la otra
esos rasgos de nuestra cultura política que impiden el desarrollo de
nuestros pueblos y condenan a la miseria a una parte sustancial de nuestra
población. No habrá solución de largo plazo hasta tanto el conjunto la
sociedad no haya desterrado los errores, sofismas, y falsas percepciones con
los que construimos nuestro fallido presente. Eso requiere un extraordinario
esfuerzo educativo en todos los ámbitos de la sociedad. Hay que persuadir a
los comunicadores sociales, a los maestros, a los sindicalistas, a las
elites dirigentes de los partidos políticos. Hay que llevar la información
correcta a los sínodos de obispos, a las órdenes religiosas, a prácticamente
todo aquel que posea la posibilidad de comunicar un mensaje.
Afortunadamente, podemos sacar el debate de
un marco exclusivamente teórico y colocar ante los ojos de nuestros
interlocutores dos ejemplos muy esperanzadores: el de España y el de Chile.
Los venezolanos no ignoran que a mediados del siglo XX, y hasta bien entrada
la década de los 70, Venezuela era un destino deseado por millones de
gallegos, asturianos y canarios que querían buscar en el Nuevo Mundo una
forma de vida más decorosa que la que entonces podía proporcionarles España.
Pero luego se invirtieron los papeles: hoy son decenas de miles, o tal vez
millones, los venezolanos que quisieran marchar a España porque no tienen
esperanzas en la redención a corto plazo del país. ¿Por qué se ha
producido este cambio de roles? Precisamente, porque en España se fue
oscureciendo la visión tercermundista hasta prácticamente desaparecer. Sólo
los nostálgicos del estalinismo son hoy capaces de reivindicar los viejos
esquemas de la cultura revolucionaria-populista-mercantilista. Prácticamente
en todo el arco democrático del país, desde la moderada izquierda
socialista hasta la moderada derecha del señor Aznar, existe el consenso básico
sobre cómo se gobierna en una democracia moderna y próspera.
El caso de Chile es semejante. Con sus $12,400 de per cápita ya Chile
alberga a la sociedad más rica de América Latina. Una sociedad que en
menos de una década ha reducido los niveles de pobreza del 44 por ciento al
20. Una sociedad en la que gobierne la derecha, la democracia cristiana, o
la socialdemocracia, todos están de acuerdo en la importancia fundamental
de gozar de un Estado prudente que maneje los asuntos macroeconómicos
dentro de la ortodoxia y una sociedad civil que realice sus transacciones
dentro de las reglas del mercado y a la sombra del Estado de Derecho . En
Chile el déficit fiscal es prácticamente inexistente y la inflación se
sitúa por debajo del 3 por ciento. El estado empresario ha dejado de
existir, con la excepción de la producción de cobre, y han surgido más
de dos mil empresas exportadoras en el ámbito
privado. La deuda y el gasto público se manejan con mucho cuidado y los
casos de corrupción son verdaderas excepciones. Exactamente igual que
cuanto sucede en España, la sociedad chilena ha alcanzado un consenso
general sobre el modelo de Estado semejante al que se tiene en los países
del Primer Mundo. Ya nadie que se mueva en la esfera política con una mínima
solvencia puede decir disparates impunemente. No hay payasos. Lo castigarían
en las urnas, porque la sociedad chilena, como sucede en los países
desarrollados, hoy valora la buena gerencia y la sensatez en el ejercio de
las funciones públicas y no la pirotecnia verbal o los gestos de feria. Sólo
quedan fuera del consenso algunos, ya muy pocos, pinochetistas irredentos, y
los inefables comunistas, pero éstos apenas alcanzan al 4% de electores,y
prácticamente nadie, o casi nadie, les hace el menor caso.
Naturalmente, cuando se esgrimen estos dos
ejemplos inevitablemente surge una inquietante pregunta: ¿acaso en
necesaria la implantación de una feroz dictadura para conseguir eliminar
las creencias e informaciones equivocadas de nuestros pueblos?¿Será verdad
también, en esta circunstancia, que la letra sólo entra con sangre, como
aseguraba el viejo dictum pedagógico?
No lo creo. Uno de los casos más interesantes de desarrollo en el mundo
contemporáneo es el de Irlanda. País católico, como los nuestros, de
cuyos pobladores se decían los peores epítetos:
borrachos, irresponsables, torpes, vagos y otras lindezas. Se les suponía,
como a nuestra gente, aptos para el arte y la poesía, pero negados para la
ciencia y la técnica. Y, también como nosotros, traían en su memoria política
una severa carga de violencia y frustración. Pues bien, Irlanda, en el
ejercicio de su democracia, sin violencias ni imposiciones, pero recurriendo
a las libertades económicas y políticas del Estado liberal, en la última
generación se ha trasformado en el “tigre europeo” más
agresivo, con unas tasas de crecimiento anual en torno al 8 por ciento,
dejando atrás a España en todos los indicadores económicos y sociales.
Hace varias décadas, los dirigentes de la clase política venezolana, tras
la caída de Pérez Jiménez, fatigados por una larga historia de fracaso de
las instituciones democráticas, fueron capaces de forjar un consenso político
para superar esa vieja maldición de autoritarismo y caudillaje. Hoy ese
acuerdo, el famoso “Punto Fijo”, es execrado por millones de
venezolanos, pero para un observador imparcial, como es mi caso, parece
obvio que en la historia republicana del país no hay otras cuatro décadas
mejores que las que ése acuerdo posibilitó. ¿Por qué se agotó? Porque,
como decía al principio de estos papeles, el pacto, sin que entonces nadie
lo advirtiera, se sustentaba sobre presunciones socioeconómicas erróneas,
las propias de la época,
que minaron seriamente las relaciones entre la sociedad y el Estado y
acabaron por desacreditar a la clase política que lo había desovado.
El postchavismo llegará probablemente a corto o medio plazo. Ése será el
momento -o
quizás ya llegó-
para que la ancha clase política democrática, hoy en la oposición, forje
otro pacto que eche las bases de la Venezuela próspera, moderna, justa y
desarrollada, que puede lograrse si se establece el consenso entre la clase
dirigente y se lanza una campaña seria y abarcadora de formación e
información que sustituya para siempre la cosmovisión preconizada por la
cultura revolucionaria-populista-tercermundista. Por lo pronto, me pareció
un buen auspicio de esa Venezuela posible la reunión reciente de los
sindicalistas y los empresarios bajo la atenta mirada del respetado Padre
Ugalde y el aplauso de numerosos políticos. La Venezuela que debe salir de
este amargo episodio no puede ni debe volver al reñidero
y el desconcierto de antaño.
El genio político
de los venezolanos y sus mejores virtudes sociales tienen que demostrarse en
saber recorrer sin violencia las veredas que conducen al Primer Mundo. Es
hora ya de comenzar a pensar en ese viaje largo y glorioso.