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Domingo 29 de diciembre de 200
El mar de la felicidad
 
por Manuel Felipe Sierra
El país sigue en absoluta calma.

Es más, ahora para Chávez los marinos que después de 20 días pudieron mover el buque Pilín León desde el lago de Maracaibo hasta Carenero “son héroes de la patria”. No importa que la mayoría de los tanqueros petroleros sigan fondeados en los puertos. Que se importe 520.000 barriles de gasolina desde Brasil a un costo para Petróleos de Venezuela de 52 millones de dólares.

Qué importancia tiene que Citgo disminuya su producción en 70 mil barriles diarios por falta del crudo venezolano.

Tiene escasa significación que en los medios internacionales se hable del “efecto Venezuela” (no en el sentido que lo concibió Juan Pablo Pérez Alfonzo para explicar la huella petrolera en la cultura venezolana, sino como la presencia de un peligroso virus que trastorna el mercado energético). Para el Gobierno, cuatro semanas de un paro cívico —el más largo y activo de la historia nacional— no merece el más leve asombro.

Que la Navidad de 2002 sea más triste que un pasillo de Julio Jaramillo, no es razón para preocuparse.

Que la escasez de productos de la alimentación básica arruine los supermercados es, en todo caso, un mínimo percance en el contexto de una revolución. Que la producción agrícola no fluya a los mercados no es mayor problema. Importar 140 toneladas de arroz (exactamente la mitad del consumo diario) desde República Dominicana, cuando existe suficiente capacidad de suministro en el país, sería un hecho perfectamente rutinario.

Que Estados Unidos suspenda la emisión de visas es una mera ocurrencia de los gringos.

Que cientos de miles de venezolanos durante casi un mes hayan salido a las calles —en unas formidables jornadas de civismo— agitando el tricolor y sonando sus infatigables cacerolas no es, de ninguna manera, un elemento para la reflexión en el Gobierno. Que las vías principales de las grandes ciudades sean bloqueadas por opositores es un simple acto de irresponsabilidad ciudadana.

Que la primera dama pida a su esposo, a nombre de su hija, que “oiga al pueblo” es un detalle propio de los desencuentros afectivos.

¿Por qué Chávez (en este caso sus ministros son objetos de pared) no afronta la magnitud y las costosas consecuencias del paro cívico y la huelga petrolera que afecta de modo decisivo a la población? ¿Es que acaso se puede gobernar con eficiencia — o al menos sobrevivir precariamente — con un cuadro de semejante conflictividad? Para el primer mandatario (y esa desgracia histórica le costará muy caro a los venezolanos) no existe otro mundo sino el que él se ha creado.

Bolívar, Rodríguez y Zamora iluminan su imaginaria epopeya.

Fidel Castro, en cambio, es su referencia y su ejemplo corpóreo y cercano.

Cuando ve por televisión las carreteras desiertas, cuando observa las colas de conductores que portan vidones de gasolina, cuando constata la procesión de mujeres que llevan sobre sus hombros bombonas de gas, cuando la oscuridad cubre los centros comerciales, cuando los hoteles echan a sus huéspedes porque no pueden ofrecerle atención, cuando palpa el rostro de sus compatriotas cubiertos por el desconcierto o la indignación, Chávez suspira satisfecho: se siente dueño y señor del “mar de la felicidad”. Por fortuna, de ilusiones también se muere.
Mujeres del Tercer Milenio, Web Magazine
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Venezuela 
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