Es más, ahora para Chávez los marinos que después de 20 días pudieron
mover el buque Pilín León desde el lago de Maracaibo hasta Carenero “son
héroes de la patria”. No importa que la mayoría de los tanqueros
petroleros sigan fondeados en los puertos. Que se importe 520.000 barriles
de gasolina desde Brasil a un costo para Petróleos de Venezuela de 52
millones de dólares.
Qué importancia tiene que Citgo disminuya su producción en 70 mil barriles
diarios por falta del crudo venezolano.
Tiene escasa significación que en los medios internacionales se hable del
“efecto Venezuela” (no en el sentido que lo concibió Juan Pablo Pérez
Alfonzo para explicar la huella petrolera en la cultura venezolana, sino
como la presencia de un peligroso virus que trastorna el mercado energético).
Para el Gobierno, cuatro semanas de un paro cívico —el más largo y
activo de la historia nacional— no merece el más leve asombro.
Que la Navidad de 2002 sea más triste que un pasillo de Julio Jaramillo, no
es razón para preocuparse.
Que la escasez de productos de la alimentación básica arruine los
supermercados es, en todo caso, un mínimo percance en el contexto de una
revolución. Que la producción agrícola no fluya a los mercados no es
mayor problema. Importar 140 toneladas de arroz (exactamente la mitad del
consumo diario) desde República Dominicana, cuando existe suficiente
capacidad de suministro en el país, sería un hecho perfectamente
rutinario.
Que Estados Unidos suspenda la emisión de visas es una mera ocurrencia de
los gringos.
Que cientos de miles de venezolanos durante casi un mes hayan salido a las
calles —en unas formidables jornadas de civismo— agitando el tricolor y
sonando sus infatigables cacerolas no es, de ninguna manera, un elemento
para la reflexión en el Gobierno. Que las vías principales de las grandes
ciudades sean bloqueadas por opositores es un simple acto de
irresponsabilidad ciudadana.
Que la primera dama pida a su esposo, a nombre de su hija, que “oiga al
pueblo” es un detalle propio de los desencuentros afectivos.
¿Por qué Chávez (en este caso sus ministros son objetos de pared) no
afronta la magnitud y las costosas consecuencias del paro cívico y la
huelga petrolera que afecta de modo decisivo a la población? ¿Es que acaso
se puede gobernar con eficiencia — o al menos sobrevivir precariamente —
con un cuadro de semejante conflictividad? Para el primer mandatario (y esa
desgracia histórica le costará muy caro a los venezolanos) no existe otro
mundo sino el que él se ha creado.
Bolívar, Rodríguez y Zamora iluminan su imaginaria epopeya.
Fidel Castro, en cambio, es su referencia y su ejemplo corpóreo y cercano.
Cuando ve por televisión las carreteras desiertas, cuando observa las colas
de conductores que portan vidones de gasolina, cuando constata la procesión
de mujeres que llevan sobre sus hombros bombonas de gas, cuando la oscuridad
cubre los centros comerciales, cuando los hoteles echan a sus huéspedes
porque no pueden ofrecerle atención, cuando palpa el rostro de sus
compatriotas cubiertos por el desconcierto o la indignación, Chávez
suspira satisfecho: se siente dueño y señor del “mar de la felicidad”.
Por fortuna, de ilusiones también se muere.
Mujeres del Tercer Milenio, Web Magazine
Agradece al Diario El Nacional, amigo de
esta casa