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No es, pues, el Holocausto una matanza de
judíos, pues si así lo viéramos entonces tendríamos que ir a la denuncia
similar de otras tantas que están a la orden del día. Es sobre todo una
guerra entre determinaciones cósmicas. En el pasado histórico ha habido
guerras religiosas, pero en el pasado mítico los enfrentamientos han sido entre
dioses, fuerzas esenciales que han dirimido no sólo la propiedad del planeta
sino la orientación de la naturaleza humana; a este segundo tipo de litigio
sospecho pertenece el Holocausto.
Por lo demás, sentimentalmente tengo mi
prisma particular de enfoque, desde el momento en que me aventuro a tomar
conciencia de esa atrocidad, tiene un nombre y se llama Anna Frank. He llorado
mientras leí su Diario, he vuelvo a esas páginas y soy estremecido por la
misma emoción, mi amor por ella es de las cosas límpidas, definitivas, que ha
habido en mi vida. Hará unos dos años se desató una breve polémica que quería
poner en tela de juicio la autenticidad del Diario, se decía que lo había
escrito su padre, etc., sentí una gran indignación, supe que este mundo esta
minado por el desdén. Estaría dispuesto antes a aceptar el carácter no apócrifo
de Los Protocolos de los sabios de Sión, pero jamás una sombra de duda sobre
el que considero el documento más importante del siglo XX.
No es tan importante reparar en cuántos
han muerto, y muchos morirán en el ciclo ciego de la renovación de la vida. Si
defendemos la vida tal y como lo propugna la ciencia (prolongarla, estabilizar
la decrepitud), sólo estaríamos enfrascados en un culto organicista. Deberíamos
antes ocuparnos del hecho relevante de las condiciones en que la vida se
extingue, nos encontraríamos sin duda con el problema de la dignidad, se trata
de enaltecer la vida no de acopiarla. Esto parecerá escandaloso en estos días
de humanismo societario de raíces políticas, pero la verdad concluyente es que
como género hemos alcanzado niveles alarmantes de degradación, lo que se
reproduzca a partir de esa degradación sólo garantizará la estabilidad del
horror y de la infelicidad, no hay otra promesa.