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- Cuando
Lech Walesa visitó Venezuela en 1989, era ya la figura mítica de
la cual se decía había contribuido mejor que nadie al colapso del
sistema político y económico que por más de siete décadas había
dominado en el norte y centro de Europa.
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- Sin embargo, aún no caía el
Muro de Berlín, ni mucho menos se avizoraba el desplome de la Unión
Soviética; y en cuanto a la proximidad de una época en la cual
la dogmática marxista no sería más la guía, ni el
portaestandarte, de los que luchaban en el mundo por más
igualdad, bienestar y justicia, eran muchos los que arrugaban el
ceño.
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- Quiere decir que lo que se le
reconocía al dirigente sindical polaco era la honradez, valentía
y coraje con que había empezado a martillar para iniciar el
derrumbe de una estructura tan vieja, y al parecer tan
inconmovible, que ya se había dejado de la mano de Dios.
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- Y fue Dios precisamente quien
vendría a darle la mano a Walesa, pues católico militante en el
universo de hierro del totalitarismo polaco, fue Jesús, y no
Marx, el artesano que corrió a tallarle las herramientas con las
que intentaría abrir el camino hacía la unión, la no violencia,
la pluralidad y la democracia.
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- Auténtica revolución que ya
se batía con furia en los mundos comunista y capitalista, en los
sistemas totalitario y democrático y forma hoy parte entrañable
de la herencia de una humanidad que aún ahuyentados los fantasmas
que hasta hace una década blandían la espada determinista, no
encuentra su camino.
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- Por eso pudo Walesa hablarnos
en aquel annus horribilis de 1989 con humildad y firmeza, dignidad
y condescendencia, voluntad y ternura, cristianismo y paganismo.
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