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- Distribuida por Dreamworks -la auspiciosa
productora de Spielberg y compañía-, el filme del eficiente Ron Howard (El
Grinch, 2000) posee un "Dudoso honor" o un cuestionable privilegio,
y es compartir honores con aquel grupo de films que han sustentado su
razón, en el triunfo del espíritu a partir de las conflictivas vidas de
seres excéntricos. Miles son los ejemplos que podemos encontrar antes y
después de cada entrega de las estatuillas doradas, como las de este 24 de
marzo de 2002.
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- Citemos para ilustrar esto que se dice, al
actor australiano Geoffrey Rush quien ganó el Oscar en 1996 con su
personificación de un pianista esquizofrénico en Claroscuro (1996). Dustin
Hoffman quien obtuvo su segunda estatuilla en el rol de un autista en Rain
Man (1988). Y trasladándonos
más al pasado, encontramos a Jack Nicholson ganando su primer Oscar,
al darle vida en el celuloide a McMurphy, aquel preso inolvidable, que se
fingía loco en Atrapado sin Salida (1975).
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- Ahora bien, si de una Galería de extraños
personajes se trata, sitial de honor tiene Forrest Gump (1995), el adorable
retardado mental, que dio nombre al gran film con el cual -como
protagonista- el actor Tom Hanks -para muchos, el "tonto del pueblo"
hasta esa fecha...- logró la proesa de un segundo Oscar consecutivo tras
haberlo obtenido tan sólo un año antes por interpretar a un abogado con
Sida en Filadelfia (1994). También ese abogado que estremeció
sensibilidades, representa igualmente a esa clase de "héroes" tan
apetecidos por la Academia de Cine, y quienes con sus taras físicas o
mentales, dan pingües beneficios.
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- Hay quienes opinan que en Hollywood nunca
se es demasiado rico ni delgado, pero sí se puede ser demasiado
inteligente. Tener un rostro privilegiado está bien. Lo que no está bien
es tener una mente privilegiada. La gente inteligente tiene problemas
sociales, es introvertida y compulsiva, vive obsesionada con lo que sea que
hagan, llámese matemáticas, piano, pintura, lexicografía, ajedrez,
criptografía o simplemente una "peligrosa" necesidad de
conocimiento. En el fondo, siempre hay un nerd.
Verdadera invasión de proyectos girando en torno de personajes de
esas características hace suponer, que en el futuro veremos más y más...
Hemos asistido al estreno de films como Claroscuro (pianista
atormentado), Alexander y Natalia (ajedrecista atormentado), Pollock (pintor
atormentado), En busca del destino ( de clase trabajadora, pero igual de
atormentado) y ahora "Una mente brillante" ...
En lugar, alguien escribió: "¿Por qué esta verdadera inundación de
genios? En el pasado se los veía como artistas torturados (Miguel Angel,
Van Gogh), profesores abstraídos o científicos locos. El estereotipo del
científico loco fue significativo porque reflejó la incomodidad de la
gente con la tecnología que, ya se tratara de caños de escape o bombas de
hidrógeno, se consideraba algo más amenazador que beneficioso. Los tiempos
cambiaron. Ahora nos sentimos a nuestras anchas con el electrón (o el
gigabyte). Ni siquiera los acontecimientos del 11 de setiembre modificaron
eso."
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- A pesar que las disgresiones a la vida real
suelen ser la moneda corriente a la hora de adaptar una biografía a la
pantalla grande, en Una Mente Brillante las fantasías del guionista Akiva
Goldsman viajaron al reino de las incongruencias más insolentes. El
abnegado esposo y sólo bromista científico que Russell Crowe delinea en el
filme dista bastante del a veces miserable hombre que John F. Nash fue en la
cruda realidad.
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- Si en la cinta no se hace mención al
pasado de Nash, en su biografía se detalla claramente que él tuvo un hijo
con otra mujer antes de casarse, abandonando a ambos en la más absoluta
pobreza. Si en Una Mente Brillante el científico gusta de bromear de cuando
en vez, en la vida se unió a orgías sexuales junto a otros hombres.
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- Finalmente, el carismático esposo de
Alicia en la cinta era más bien un marido insoportable en el mundo real.
- Pero, después de todo, probablemente el
pianista David Helfgott nunca fue tan bueno como lo pintaron los dedos de
Geoffrey Rush en Claroscuro. Estas licencias de la ficción son más bien
una cuestión de apariencias ejemplares frente a la Academia de Hollywood,
que para entregar Oscar sólo cree en las películas, no en la vida.
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- Aquí hay que resaltar lo que señalan
Nasar y el propio Winchester. Ellos dicen que muchos genios no sólo
disfrutan lo que hacen, sino que ello evita que se vuelvan locos. De allí
que sostengan que antes de ceder a la esquizofrenia, a Nash lo atormentaba
el temor de que, a medida que se acercaba los treinta años, sus mejores días
quedaran atrás. Su trabajo, mientras pudo llevarlo a cabo, no lo alejó
de los demás sino que lo acercó a ellos.
"Creo que hay muchos factores —declara Akiva Goldsman, guionista de
la película—. John caracteriza la remisión de la esquizofrenia
mediante el concepto de la dieta cerebral. La verdad es que nadie sabe por
qué algunos mejoran y otros no. Pero también es verdad que él no habría
sobrevivido de no ser por su esposa".
El propio John Nash verdadera "Autoridad" sobre el tema, y quien
en la actualmente tiene 73 años, aprobó la manera en la cual los
realizadores muestran al genio. Sylvia Nasar, la escritora de la obra
original, lo llevó a ver la obra. "Le gustó mucho —dijo Sylvia-
aunque reconoció que ella misma se encontraba bastante nerviosa. Contó:
"Fue muy divertido verlo reír y reaccionar a lo que pasaba. Y ver a
John Nash mirando lo que se desarrollaba fue algo increíble".
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- "Todos saben que vivimos en la era
de la información —dice Sylvia Nasar, autora del libro Una mente
brillante y docente de la Universidad de Columbia—. Cuando la gente está
inmersa en una sociedad tecnológica, científicos e inventores se
convierten en individuos atractivos. Es a través de esas personas que
podemos tener acceso a ideas y temas que, de lo contrario, nos intimidarían".
En otras palabras, no podemos entender la Teoría de los Juegos de Nash,
que le valió un Nobel, pero podemos valorarla si contamos con información
sobre su vida y su época (la década de 1950).
Nash correspondía al patrón del genio artístico. Al principio era un
excéntrico inofensivo, pero luego empezó a alucinar y a asegurar que
recibía mensajes de extraterrestres.En la película tiene alucinaciones
tan vívidas que, por momentos, el público no sabe qué es real y qué no
lo es.
Según Nasar, si bien excentricidades como las de Nash no eran algo extraño
en gente tan inteligente, él era esquizofrénico. El otro único genio
esquizofrénico que Nasar recuerda era el bailarín Nijinsky.
La mayor parte de los genios son, a lo sumo, neuróticos, consideran los
especialistas. Y eso podría decirse de mucha gente. En la película, Nash
tiene una obsesión con los patrones matemáticos. Se presenta a otro
estudiante diciendo que tiene que haber una explicación matemática para
la fealdad de su corbata. Registra el comportamiento de las palomas y de
una mujer a la que le roban la billetera. Todo eso es extraño, pero no
necesariamente demencial.
"Traté de reflexionar todo lo posible sobre cómo era el tipo en
verdad —dice Akiva Goldsman, guionista de Una mente brillante—. John
era muy torpe socialmente, incluso para los cánones de Princeton".
"Un importante número de artistas tiene trastornos emocionales —señala
el Dr. Clifford Pickover, autor de Genios y mentes extrañas: La vida
secreta de locos y científicos excéntricos—. De hecho, parece ser que
tanto la depresión como el trastorno bipolar en ocasiones pueden aumentar
la creatividad de algunas personas. Si bien no se puede afirmar que la
conducta neurótica de algunos grandes científicos es la causa de su
grandeza, es probable que desempeñe algún papel".
No cabe duda de que los genios pueden resultarnos interesantes por la
sencilla razón de que son mejores que nosotros en determinado terreno.
Pero es común que también se los rechace precisamente por esa razón.
En películas como Los excéntricos Tenenbaums o Una mente brillante se
tiene la impresión de que los personajes no disfrutan lo que tienen. Es
una especie de maldición. A Richie invariablemente le preguntan sobre su
alejamiento del tenis. Margot vive torturada porque no puede escribir.
Incluso Chas, que parece haber concretado lo que prometía, descubre que
su talento no puede protegerlo del mundo. Nash puede relacionarse con
otros sólo en términos de destreza en el juego.
Casi no existen filmes que traten al genio —o a un grado superior de la
inteligencia— como una condición disfrutable y hasta saludable. No, el
sufrido poseedor de un talento descomunal o una mente brillante tiene todo
tipo de dificultades: no sabe tratar a las chicas, los compañeros se
burlan de él, los padres lo torturan y la sociedad lo presiona hasta
hacerlo explotar. El resultado: termina en un neurosiquiátrico,
irrecuperable, o lo salva el amor de algún ser que consigue ver algo que
hay en él y que excede la maldición de la inteligencia. Sí, en el
fondo, los genios son también seres humanos, con sentimientos y pasiones,
condiciones que parecen no llevarse nada bien con la inteligencia
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- Por Héctor Ciapuscio
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- Se anuncia una película dirigida por Ron
Howard y protagonizada por Russell Crowe sobre un individuo cuya vida
ejemplifica algo que muchas veces ha sido intuido o comprobado: la correlación
entre creatividad filosófica, científica o artística y personalidad psicótica.
Los casos de genios con rasgos de humanidad extraña pertenecen a una
tradición conocida. Descartes, Newton y Kant están entre los mayores de
una lista parcial que incluye a Rousseau, Chopin, Joyce, Keats, Byron,
Melville, Wiener y Wittgenstein.
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- El que nos ocupa, que es actual y extremo,
se refiere en una biografía titulada "Una bella mente" ( "A
Beautiful Mind", de Sylvia Nasar), que narra la curiosa trayectoria de
John Nash, un matemático que en 1949, a los 21 años, envió a la National
Academy of Sciences un breve "paper" que revolucionó la teoría
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de los juegos, una herramienta de extraordinario valor heurístico aplicable
a problemas estratégicos de variados tipos y que no mucho después,
aquejado de esquizofrenia, comenzó un largo peregrinaje por hospitales
psiquiátricos del que emergió, pasadas varias décadas, para recibir el
Premio Nobel de Economía en mérito de aquella temprana genialidad.
- Cuando hacia fines de 1959 Nash enfermó,
su convicción sobre la racionalidad de todas las cosas, natural en un matemático,
lo llevó a buscar obsesivamente significados ocultos a cuanto veía o
percibía. El primer síntoma preocupante fue cuando entró en el MIT
(Massachussetts Institute of Technology) afirmando haber descifrado el título
cabeza del "New York Times" del día.
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- Se trataba de un mensaje en clave de
extraterrestres. A un colega que le preguntó cómo un hombre consagrado a
la razón y la prueba lógica podía creer en alienígenos que lo
necesitaban para salvar el mundo, lo dejó de una pieza contestándole que
sus ideas sobre esos seres extraordinarios le habían llegado del mismo modo
como lo habían hecho sus ideas matemáticas; por eso las tomaba en serio. A
partir de entonces siguió cosechando dislates trágico-cómicos. Que la
cara de Juan XXIII que salía en la portada de "Life" era, en
realidad, la suya.
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- Su razonamiento: el Papa había elegido su
mismo nombre (John) y el número 23 era su favorito. Que el hecho de que
"Spain" y "Sinaí" comenzaran las dos con "S"
no era porque sí. Otras citas hablan de que rechazó un nombramiento en la
universidad de Chicago porque prefería la oferta de ser emperador de la Antártida.
Estando en Ginebra, gestionó renunciar a su nacionalidad y obtener
certificación de refugiado de todos los pactos, NATO, Varsovia, Medio
Oriente, SEATO, etc. De vuelta en Princeton, caminaba por las calles con
aire totalmente ausente preocupado por descifrar los "mensajes"
que escondían las notas de los periódicos y refiriéndose a sí mismo -a
lo Maradona- como a una tercera persona. Internado de nuevo, escribió
sorprendentemente un trabajo sobre dinámica de fluidos titulado, en francés,
"Le Probléme de Cauchy Pour Les Equations Différentielles d"une
Fluid Générale" que sería enseguida calificado en el Diccionario
Enciclopédico de Matemáticas como "básico y notable".
- En 1962 su mujer, que hasta el momento se
había mostrado heroica frente a la intratabilidad de su insania y el
deambular por sanatorios, pidió el divorcio. Pero más tarde, después de
dos nuevas internaciones, decidió continuar la convivencia pero dejándolo
hacer su vida inofensiva lejos de médicos y psiquiatras. Por esos años,
aunque sin dejar de oír voces y hacer cosas raras (en Princeton lo llamaban
"el loco de la biblioteca"), se insinuó una inesperada mejoría.
En 1983, un físico del instituto se sorprendió, emocionado, ante una
precisa observación suya sobre una persona y un hecho de la vida real.
Comentó: "Fue hermoso asistir a ese pequeño despertar..." El
nivel de las "voces" fue disminuyendo. Desaparecieron los miedos
del Día del Juicio Final, del Genocidio, de Armaggedon, de su identidad
cambiada por la de un shogún japonés o de un refugiado palestino, de creer
estar en El Cairo, en Mongolia o en un campo de concentración. Volvió a
los problemas matemáticos y se hizo amigo de la computadora para
resolverlos.
- Lo último que de él sabemos es que se negó
a dar consentimiento tanto al libro como a la película. Después de recibir
el Nobel en 1994 habló de su odisea personal, del "tiempo de mi
irracionalidad". La vuelta a la cordura había empezado con el rechazo
de una línea de pensamiento que por decenios lo había obsesionado. Un paso
clave -que, irónicamente, sería quizá recomendable también para nuestros
angustiados compatriotas en estos días de montoneras en la Rosada- había
sido la resolución de no preocuparse más por la política. Advirtió que
mejoraba cuando percibió en su mente el inicio de un viraje hacia el
rechazo de todo pensamiento políticamente orientado, en razón de que era
esencialmente una lastimosa pérdida de tiempo. Al convencerse John Nash de
que la política no valía la pena -algo parecido a lo de Don Quijote (1)
cuando despertó de su locura y renegó de los libros de caballería que lo
habían alienado- restableció su salud mental.
(1).- El párrafo, en la 2º parte del libro de Cervantes: "Dadme
albricias, buenos señores, de que ya no soy Don Quijote de la Mancha, sino
Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron el renombre de bueno. Ya
soy enemigo de Amadís de Gaula y de toda la infinita caterva de su linaje;
ya me son odiosas todas las historias profanas de la andante caballería; ya
conozco mi necedad y el peligro en que me pusieron haberlas leído...".