jerusalemisraelita
Editorial
Junio de 2001
 
Si me olvidare de ti, oh Jerusalém,  
mi diestra será olvidada...

Hace menos de una semana, finalizando mayo, fui invitada a participar en un Foro, organizado por la Federación Sionista de Venezuela. Su nombre: Jerusalém  nuestra .. ¿y de quién más? Allí, junto al Excelentísimo Embajador del Estado de Israel y del  Rabino Pynchas Brener, fuimos convocados para abordar lo que a juicio nuestro, puede ser el destino de Jerusalém, en este tiempo de violencia desatada entre judíos y palestinos, que sin duda ha puesto a muchos a dudar sobre la posibilidad de Paz en el Mezzo Oriente.
No puede sino comenzar con el Salmo 37
“Si me olvidare de ti, oh Jerusalém, que quede seca mi diestra.
Péguese mi lengua a mi paladar, si no me acordare de ti, si no prefiero a Jerusalém al principal objeto de mi regocijo.”

Y es que desde allí, desde el Libro de los Libros, Jerusalém es la esencia misma de la identidad judía y de su compromiso como nación. Quien lo pretenda desconocer, desconoce la historia, o vilmente la trata de manipular.  Jerusalém es esa simbología tangible de piedras, callejuelas, muro y dolor que sustentan la tan excepcional saga del Pueblo de Israel.  
Pretender dividirla,  pretender, a nombre de una mal entendida “Cruzada por la Paz”, que el Estado y pueblo de Israel, acepten la imposición de un mundo bastante acomodaticio en sus posiciones y sus actitudes, desconociendo la soberanía del Estado Judío,  es inaceptable. Habría que preguntarse si para el Ex senador demócrata George Mtchell esto es materia para tener en cuenta?
 
Es imposible pretender una paz sólida, sin definir la suerte de Jerusalém. He allí quizá la clave más importante  del proceso de paz iniciado en septiembre de 1993, tras la firma de la Declaración de Principios de Washington, como de los Tratados de Oslo, en el mismo año...
A partir de 1994, palestinos e israelíes tratan de sentar las bases para un diálogo que contempla los aspectos más importantes del litigio. Pero yo me atrevo a decir que esta interminable sucesión de conversaciones, reuniones, tratados, no puede continuar si no se plantea con absoluta firmeza que Jerusalén es judía.
 
He referido aquí la propensión de muchos a contar y adaptar la historia en versiones libres de acuerdo al propio interés. Pero, si hay algo que es imposible cambiar, ese algo es el pasado, la memoria del mundo.

Para oponerse a las interpretaciones libres, simplemente se va a los documentos. En el Antiguo Testamento, y después,  en  el midrash, se leen tantas y tantas referencias a Jerusalém: “Y cuando el Templo fue terminado Dios eligió para su morada el Muro Occidental y cuando años después el enemigo destruyó la Casa de nuestra gloria, los ángeles del Altísimo extendieron sus alas sobre el Muro Occidental y pronunciaron, vaticinando: “¡JAMAS SERÁ DESTRUIDO EL MURO OCCIDENTAL!”.   
 
No hay una Shura del Corán donde pueda nadie leer una referencia a Jerusalém, sin embargo este modo tan utilizado por aquellos con perfiles psicológicos que les hermanan en el totalitarismo, la violencia, el odio, la sin razón, alegan sus historias, desconociendo esa referencia incambiable de unos hechos que dan legalidad, fuerza y razón a esta pertenencia judía.
 
Imagino que habrá que evaluar y aceptar el impacto y las consecuencias de una posición de no negociar jamás sobre el supuesto negado de una división de Jerusalém.
Y es que Jerusalém es “Irrenunciable”, y si hay algo que ha sostenido y sostendrá siempre la permanencia de la nación judía es esa consecuencia con sus compromisos. Por eso, Jerusalém es y será judía. Es y será siempre la capital de Israel. Y jamás se olvidarán las manos, los afanes y las luchas de cada israelí. El compromiso con Jerusalém lo garantiza.
Hay que estar claro en esto. Con totalitarios no se puede ser lógico. No se puede pretender negociar. Los enemigos de Arafat, desde el paraíso o el infierno coránico dan fe. 

La manipulación de la opinión pública, y el caradurismo que sin duda da en muchos casos buenos resultados a quien lo practica, está llevando a  insertar en la opinión pública la visión de un Israel brutal, totalitario...
 
Y –por una suerte de cinismo supremo- vender a los dirigentes árabes, ninguno líder de un régimen democrático, ninguno producto de una elección libre, ninguno afecto a pluralidad política, compendio de gobernantes totalitarios, hereditarios, dictatoriales... 
¡Qué democrático el joven Bashar el Assad presidente de Siria, y que pensamiento tan superior demostró al decir, este primer año del siglo XXI, que no podía olvidar la cristiandad, que los judíos habían matado a Cristo...!
Me gustaría que personas talentosas para recabar información y algunas veces, para sesgarla con verdadera pericia, me expliquen cómo Israel y sus líderes son los bárbaros, los tiranos, los verdugos, si ese pueblo democrático por excelencia ha marcado su universo político con el sino irreversible del juicio del pueblo en elecciones libres...  

La voluntad de unos bárbaros que no les importa escudarse tras la inocencia y la imposibilidad de los niños a impedir ser maleados y convertidos en carne de cañón y escudo de terroristas, no puede dividir Jerusalém, esto sería el comienzo del fin de Israel.

Al mar los judíos, han bramado desde principios del Siglo XX los árabes, y no sólo los habitantes de Palestina, o los vecinos de Eretz Israel. Todos, todo el Islam ha hecho suyo ese grito de guerra, Una guerra Santa, que no por santa les ha resultado triunfadora.
Jerusalém es judía, y al serlo, pienso –basada en los hechos que no necesitan pruebas, porque allí están- que seguirán dándose esas escenas de rabinos balanceándose en la Explanada del Templo. Cristianos rememorando y conmemorando  al Jesús padeciendo en la Cruz,  islámicos orando y reviviendo a su profeta Mahoma en su ascenso al cielo y mirando desde Jerusalém hacia La Meca...
Por cierto, cabe aquí preguntarse solamente si el año de la muerte de Mahoma que fue el 632, cuando  viajó por última vez desde La Meca a Medina, viaje que los musulmanes llaman el  Peregrinaje de Despedida, ya que poco tiempo después falleció, y le  sepultaron en propia casa de la ciudad de Medina, aunque después el dogma imponga, que aunque Mahoma jamás fue a Jerusalém, el califa Abd al-Malik construyera a finales del siglo VII, la mezquita conocida como el Domo de la Roca, monumento  levantado para  inmortalizar la ascensión del Profeta al cielo, desde una ciudad en la que jamás estuvo. 

Pero, no hay duda, los milagros existen, pero existen para todos: Musulmanes, cristianos, judíos... 
Esta mezquita ocupa  el mismo suelo en Jerusalén, que el antiguo Templo de Salomón (destruido por los romanos en el año 90), situado sobre la roca donde Abraham ofreció el sacrificio de Isaac.
Aquí realmente si se cumple aquello de que el orden de los factores – caso de las fechas- si altera el producto, que vendría a ser,  la legitimación histórica de una pertenencia.

Las lágrimas que el pueblo judío a través de toda su historia ha vertido por y en Jerusalém hacen de esas piedras, rocas con identidad... Hay quienes dicen que esas lágrimas penetraron y siguen hoy penetrando las piedras, y las hacen todavía más duras como si eso garantizará aún más la eternidad de Jerusalém. 
Viejos y jóvenes. Sabras y judíos de la diáspora... Religiosos, liberales, civiles y soldados.  Muchachos con sus ametralladoras en la espalda, defendiendo la tierra que da sentido a su esencia de nación, haciendo un alto para cubrirse con un manto de oración y a Dios rogar, sin por ello olvidar que una vez, muy reciente aún, el pueblo judío fue el cordero para el holocausto, pero que nunca jamás eso podrá volver a pasar...

A Dios rogando y con el mazo dando... Según la leyenda, la piedra fundamental del Muro fue puesta por Adán; la segunda la colocó Abraham. Isaac, Jacob, José, el Rey David y Salomón agregaron una cada uno.
Es ésta la base que no deja desmoronarse a este Muro. Va a permanecer en pie eternamente, pero es importante recordar que según el refrán, dijo Dios: Ayúdate, que yo te ayudaré...

Entregar un pedazo de Jerusalém es entregar la vida del pueblo de Israel. Arafat y sus “sufridos” seguidores, esos que hace menos de quince días, apedrearon y desollaron hasta matarlos  a dos niños judíos:  Kobi Mandell y Yossi Ish-Ran, en una cueva de Tekoáh, esos que no hace ni un año, desmembraron vivos a dos jóvenes soldados, y orgullosos se mostraron ante las cámaras bañados en sangre, como demonios del aquelarre de la intolerancia y el fanatismo, no entienden de pactos. Se dice de la política, que es la ciencia de lo posible...
No creo que esto esté en la mentalidad palestina. La paz puede dejar en evidencia muchas incapacidades de quienes no han sido más que odiadores de oficio...
 
Hubo un tiempo en el cual yo creía en la posibilidad de la paz. Una vez en que pensaba y defendía como factible que judíos y palestinos lucharan juntos por la vida, los sueños y la capacidad de convivencia de los hombres...
Hoy, sería una estúpida si lo creyera. Hamas, Hizbollah, el Gamaat egipcio, la banda de Ramzi Ahmed Yousef, Usama bin Ladin... Demasiado odio, demasiada saña, demasiada irracionalidad. 

Me jacto de ser un ser humano, de allí que jamás pueda ni imaginar coincidir con los que utilizan la violencia y el terrorismo como arma de lucha. Sólo eso deslegitíma cualquier proceso. Con ellos se impone la firmeza, cualquier otra actitud la confunden con debilidad.
Jerusalém ha estado siempre como centro de la vida judía nacional y espiritual, siempre los judíos de la diáspora, rezando y mirándola desde todos los confines de la tierra.

La ciudad del Rey David y del restaurado Estado de Israel, nunca ha sido  capital de ningún otro estado conquistador: asirios, babilonios, romanos, cruzados, tártaros, mamelucos, otomanos... 
Jerusalém es la misma donde Salomón construyó el Gran Templo, esa donde el pueblo judío se comprometió en su pacto con Dios y creció a la sombra protectora del  amor hacia ella. La Jerusalém del Gran Sacerdote Matatías y de su hijo Yehudá el Macabeo, venciendo a los griegos... Esa es la Jerusalém eterna.
 
De Jerusalém dice Jorge Luis Borges que “Sus treinta siglos podrían inspirar un libro mágico, una suerte de larga epopeya mágica, cuyas casi infinitas páginas rescatarían no sólo los hechos históricos que guardan los archivos y que conmemoran la fama, sino lo que sintieron y soñaron, secretamente las generaciones en cautiverio y las generaciones de la Diáspora.
 
Jerusalém es una gran copa donde se han decantado y acumulado los sueños, las vigilias, las oraciones y las lágrimas de quienes no la vieron nunca pero sintieron hambre y sed de ella"

Señores,  con todo derecho sigan llamando a Jerusalém  vuestra ... 
Porque realmente  ¿de quién más?
 
Eleonora Bruzual
Periodista
Junio de 2001
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