iraqarmandod
Nuestra gratitud a
CONTRA ESTO Y AQUELLO
Chávez, Irak y el terrorismo
por Armando Durán
Lunes 24 de Marzo de 2003
¿Se ha apoderado la prudencia del espíritu exaltado de Hugo Chávez?
El estallido de aquellos dos artefactos explosivos colocados en la Embajada de España y el Consulado de Colombia han perdido actualidad, pero sin duda marcaron un importante punto de inflexión en el discurso y la acción presidencial.

Antes de esa madrugada, Chávez había aprovechado el súbito desaliento de la Venezuela opositora después de la interrupción del paro cívico y la huelga petrolera para lanzar una agresiva contraofensiva revolucionaria. Por una parte, desató la primera ola represiva del régimen contra las cabezas más visibles de la oposición.

Por la otra, ha intentado implementar el plan Comisión de Administración de Divisas para quebrar la resistencia del sector empresarial privado.

Mientras tanto, aceleró el proceso de “renacionalización” de Petróleos de Venezuela.

Por último, le ha negado públicamente a las regiones con gobernadores disidentes su derecho a acceder a los recursos financieros del situado constitucional, el Fondo Intergubernamental para la Descentralización y la Ley de Asignaciones Especiales.

Como si esto fuera poco, anunció su resolución de aprobar en la Asamblea Nacional, a como diera lugar, la aprobación de la nueva ley del Tribunal Supremo de Justicia, desde el 14 de agosto bajo sospecha de traición al proceso, y su decisión de confiscar “legalmente” la libertad de expresión con la llamada ley de contenidos.

Los dos bombazos obligaron a Chávez a detener la marcha de su revolución con cierta brusquedad. El ataque de Estados Unidos a Irak, que sólo provocó en Chávez un rechazo inicial excesivamente tímido, parecía que terminaría frenándola por completo. Sin embargo, el pasado sábado, en la Casa de Bello, Chávez fue más contundente al condenar la guerra porque, según dijo, la manifestación pacifista de ese mediodía en Nueva York lo había reconfortado.

¿Se trató de un simple saludo a la bandera para acallar la furia de sus partidarios más radicales o anunciaba Chávez un gradual endurecimiento de la posición de Venezuela frente al conflicto? En todo caso, con estas dos incidencias imprevistas, la revolución “bolivariana” se adentra en un territorio pantanoso, movedizo y saturado de peligros.

Bombas sobre Bagdad
Mírese como se mire, las bombas y los misiles que Estados Unidos lanza sobre Bagdad desde la noche del jueves le trasmiten al mundo claras señales de lo que vendrá. Desde el fin de la II Guerra Mundial, las Naciones Unidas han sido hasta ahora la metáfora del deseo universal por escapar de los horrores bélicos del pasado.

No siempre tuvo la ONU éxito en sus propósitos, pero gracias a sus mecanismo de diálogo y negociación, Estados Unidos y la extinta Unión Soviética pudieron conducir las innumerables batallas de la Guerra Fría sin necesidad de destruir el planeta con un holocausto nuclear.

La caída del muro de Berlín hizo que Naciones Unidas comenzara a perder su vieja utilidad. Sin Guerra Fría, ¿para qué servía el Consejo de Seguridad? El ataque a Irak al margen de la ONU pone de manifiesto que su eficacia como organismo regulador de conflictos mundiales ha pasado a ser idéntica a la de su antecedente histórico, la Sociedad de Naciones, incapaz en su momento de impedir la invasión italiana de Abisinia.

Aquel fracaso de la Sociedad de Naciones contribuyó poderosamente a facilitar el estallido de la primera guerra verdaderamente global. Este fracaso de Naciones Unidas rompe el inestable equilibrio internacional en una medida que nadie puede todavía imaginarse, y de paso anuncia el inicio de un orden mundial muy distinto al que conocíamos desde hace casi medio siglo. Y si bien es demasiado temprano para conocer con exactitud cuáles serán las líneas maestras que trazarán los futuros nexos y rupturas entre los pueblos de la Tierra, en los términos del aquí y el ahora puede afirmarse que la hegemonía unipolar de Estados Unidos será el factor decisivo en la configuración de las relaciones internacionales. No para garantizarle al mundo una cierta paz y un equilibrio más o menos congruente, sino para que las fuerzas políticas, económicas y militares estadounidense puedan sancionar la muerte definitiva del mal y el reino perdurable del bien en todas partes.

El mal supremo
Dentro de esta nueva escala de valores universales, el mal supremo es el terrorismo.

Y como la naturaleza de esa calamidad diabólica es tan elusiva y puede causar estragos en cualquier lugar, y como además su propagación puede prolongarse hasta el fin de los siglos, debemos suponer que el objetivo de esta guerra que acaba de iniciarse en Irak para intentar contener su expansión puede a su vez proseguir en otros espacios geográficos y prolongarse indefinidamente. En otras palabras, la realidad de esta guerra no hace sino ratificar el anuncio, formulado por las máximas autoridades norteamericanas, antes, durante y después de la guerra en Afganistán, de que Estados Unidos iría en busca de los terroristas donde quiera que se encontrasen. Y pobre de aquel gobernante que se atreviera a darles protección y cobijo. ¿A esa alternativa se refería Chávez cuando en su discurso del sábado advirtió que su gobierno no permitiría que grupos subversivos colombianos se instalaran en Venezuela, pero que tampoco permitiría que el Ejército de ese país los persiguiera dentro del territorio nacional?
Sin embargo, este es el gajo más importante que se desprende de la firme decisión estadounidense de alcanzar sus metas a toda costa, aunque ello signifique poner en peligro sus lazos de amistad y cooperación con la mayoría de los países europeos, con Turquía y hasta con China. Quizá por esta contundente razón ningún gobierno, ni siquiera Libia o Corea del Norte, se han opuesto abiertamente al desarrollo de los ataques. Quizá por eso Fidel Castro ha dado órdenes de encarcelar a los líderes de la oposición interna, no vaya a ser que traten de aprovechar el momento para cometer alguna locura con la complicidad de la Oficina de Asuntos Norteamericanos en La Habana.

Y sin duda también por eso Hugo Chávez no ha cometido todavía el error de referirse a las víctimas civiles de los bombardeos, tal como hizo cuando la guerra contra el gobierno Talibán en Afganistán.

No obstante, muchos de sus partidarios, incluyendo a diputados como Tarek William Saab y Willian Lara, el comandante de la Aviación, general Ángel Federico Valecillos Ríos, y Venezolana de Televisión se han dejado arrastrar por sus impulsos antinorteamericanos y denuncian a diario las injusticias de la guerra con una vehemencia que seguramente les hará merecedores de la gratitud de Saddam Hussein, sin tener en cuenta para nada el daño adicional que le hacen a la imagen internacional de Chávez, muy maltrecha y desdibujada en medio de estas tormentas de arena que soplan, con excesiva fuerza, amenazadoras, desde el desierto iraquí.

Chávez bajo sospecha
 
Con la excusa de unificar a los países miembros de la OPEP en torno a su propuesta de reducir la producción de crudo para inducir una recuperación de los precios del petróleo en el mercado internacional, Chávez cruzó por tierra el desierto que separa al Tigris de la frontera con Irán para visitar a Saddam Hussein en Bagdad.
Al hacerlo, se convirtió en el primer mandatario que desafiaba el embargo decretado por Naciones Unidas después de la Guerra del Golfo. No en balde Hussein llegó al extremo de servirle a Chávez de chofer. La foto de ambos en el interior del Mercedes negro recorriendo, no las calles de ciudad, sino las muy protegidas áreas del inmenso Palacio Presidencial Republicano que los tomahawks norteamericanos hicieron volar en pedazos la noche del viernes, recorrieron el mundo. Su audacia debió hacer que Chávez se sintiera en ese momento tan feliz como un niño el día de Navidad. Hoy, aunque no lo admita, debe lamentar amargamente haber realizado aquel viaje innecesario, mucho más aún la existencia de esas fotos culpables.

A ese público testimonio de amistad fraternal con Hussein pronto se sumaron otros elementos ingratos. Sus relaciones con las guerrillas colombianas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia y el Ejército de Liberación Nacional eran harto conocidas. Peter Romero, en las postrimerías de su ejercicio como secretario adjunto para asuntos latinoamericanos del Departamento de Estado, había revelado desde Miami las operaciones “clandestinas” de Miguel Quintero en la región andina, un caso de intervención inaceptable para Washington. El caso de Jaime Ballestas fue otro ingrediente que sin duda se tuvo en cuenta en Washington y Bogotá a la hora de engrosar las páginas del expediente Chávez.

Las relaciones con Colombia conservarían un cierto grado de normalidad formal, pero para nadie es un secreto que desde ese instante controversial en Bogotá se observa con recelo el comportamiento de Chávez.

Su negativa a autorizar los sobrevuelos de aviones estadounidenses y su rechazo frontal al Plan Colombia, fundamento de la estrategia norteamericana para combatir el narcotráfico y la guerrilla en ese país hermano, terminaron de enturbiar las relaciones de Chávez con ambos países.

Ahí no termina la historia. Durante las últimas semanas, los titulares de El Nuevo Herald de Miami denunciando que Manuel Marulanda, el legendario Tirofijo, había fijado su residencia en territorio venezolano; las declaraciones del general James Hill, jefe del Comando Sur, sobre la presencia de elementos de Al Qaeda en la isla de Margarita; los atentados terroristas contra la Embajada de España y el Consulado de Colombia inmediatamente después de que Chávez les advirtiera a los gobiernos de esos países que no se metieran en los asuntos internos de Venezuela, los reiterados señalamientos sobre la existencia de campamentos de las FARC en el Zulia y otros estados limítrofes con Colombia y la muy reciente solicitud del Gobierno colombiano a Estados Unidos de desplegar un importante contingente militar en territorio colombiano son indicios con los que se pretenden demostrar las posibles conexiones de Chávez con el terrorismo internacional.

Por ahora, Chávez parece haber comprendido la gravedad de la situación y deshoja la margarita revolucionaria.

Mañana ya veremos. Mientras tanto, quienes asistieron al acto del sábado en la Casa de Bello se mostraron impávidos ante las posibles amenazas y saludaron las palabras de Chávez contra la guerra con un nuevo grito de guerra: “Chávez, al yanqui dale duro”.

 

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