imrekertsz
Octubre de 2002
Imre Kertész
Un ser arrancado de las garras 
de la muerte para goce y honra 
del genero humano
 
Por Eleonora Bruzual
superviviente del Holocausto, 
gana el Nobel de Literatura
 
Imre Kertész es la literatura contra el olvido
 
Kertész es un mago, un ser superior capaz de no dramatizar cuando su misma circunstancia le da carta blanca para ello. El puede hablarle al mundo del Holocausto de una manera pocas veces vista, el nos lo recuerda desde su racionalidad que para muchos es considerada fría, pero que al adentrarnos en la vida y la actitud de este ser mágico de mirada diáfana y sonrisa franca queda disipada.
 
Sobreviviente y testigo ocular de la capacidad del hombre para emular a la bestia. Con su amplia sonrisa, su maravillosa fuerza vital y una tranquilidad especialísima este escritor húngaro nacido en Budapest en 1929 obtuvo este pasado 10 de octubre el Premio Nobel de Literatura 2002.
 
Esa Academia Sueca, no siempre asertiva, esta vez logró cimentar su deliberación en el hecho trascendente de que la obra de Kertész “enfrenta la frágil experiencia del individuo contra la arbitrariedad bárbara de la historia”.
 
Según reseñaron todas las agencias de noticias del mundo, este pasado 19 de octubre, en Estocolmo, el Premio Nobel de Literatura 2002 fue atribuido al escritor húngaro Imre Kertész cuya obra, como la del italiano Primo Levi, el español Jorge Semprún o el norteamericano Elie Wiesel, está marcada por la experiencia terrible de los campos de concentración nazis.
Síntesis de la grandeza de una actitud y un hacer de un hombre perceptivo, supremamente inteligente y libre, condenado por la devastadora maldad a conocer y padecer a la temprana edad de 15 años las horrendas e irreversibles experiencias de los campos de concentración de Auschwitz y Buchenwald, para luego, ya liberado de ese primer infierno, y a su retorno a Hungria finalizada la II Guerra en 1945, vivir un nuevo calvario, a manos de los jerarcas de una nueva y tenebrosa dictadura, la comunista que comenzó a ahorcar a la mitad de Europa, no más finalizada la gran pesadilla nazi. 
Así Kertész comienza en 1947 y hasta 1951 su trabajo como periodista, y en esa fecha le coartan su derecho a la expresión y al trabajo, y es  despedido del diario donde laboraba no más ser dicho medio declarado  “órgano” del sombrío Partido Comunista húngaro.
 
Por todo ello Kertész ha vivido desde siempre como un independiente de la escritura permitiendose críticas y posiciones que no fueron comunes ni en su generación ni dentro de las letras no sólo europeas sino también del importante grupo de escritores de origen judío. Si algo podemos decir de Kertész es que es una voz valiente, la de un húngaro desconocido que a la opresión le aplicó ingenio y sobrevivía escribiendo musicales y piezas para teatro más o menos suaves o divertidas, pero siempre plenas de un talento difícil de esconder... Tambien fue un reconocido traductor permitiéndole a los húngaros leer a  Nietzsche, Freud, Hugo von Hofmannsthal, Canetti, Wittgenstein, Joseph Roth, Schnitzler, Tankred Dorst. Su perfecto dominio de la lengua alemana hizo posible este aporte fundamental a la cultura y universalidad del pueblo magiar.
 
Kertész sorprende por una vitalidad y un vigor físico únicos. Si algo le destaca y distingue, es que esa fuerza y esa vitalidad las refleja en su obra. Los estudiosos de su trabajo literario coinciden en aseverar que sus novelas son una cavilación honda sobre el destino y también sobre la negación del mismo. Voz que susurra o grita el valor de la libertad junto a una infrenable angustia que causa  imponerse el deber de vivir. Ejemplo palpable de la capacidad del hombre para adaptarse y vencer las peores adversidades.
 
Auschwitz y sus cancerberos no pudieron matar su voluntad y la hermosura de su espíritu
Después de muchos años de haber sobrevivido a Auschwitz, Imre Kertész le plantó cara a su inmenso dolor y lo enfrentó a través de la escritura con el lápiz de la razón. Son pocos los seres que logran capitalizar con tanta genialidad la rabia para convertirla en reflexión, en ironía, en humor.
 
Kertesz no soporta la sensiblería, esa tan en boga y que encontramos muy repetidas veces en los escritos y en las producciones televisivas o cinematográficas sobre el genocidio nazi. Imre Kertész dio una durísima respuesta. Así  fue su señalamiento el pasado año, en un viaje a España, cuando refiriéndose al director norteamericano Steven Spielberg, cuya Lista de Schindler  es para el autor húngaro, el mejor ejemplo de cómo no hay que tratar esta cuestión. Expresó:  “Spielberg no tiene ni idea de lo que fue aquello y sólo confunde. Con lágrimas en los ojos se ve muy mal”. El, en cambio canjea la sensiblería por la elegancia, la sutileza y hace un menaje espectacular con la lucidez para con esos componentes darnos obras que por derecho poseen un sitial de honor en la cumbre de la cumbre de la literatura y el humanismo.
 
La opinión contundente que emite Imre Kertész con respecto a la manera en que los  intelectuales europeos juzgan el antisemitismo y el Holocausto no desde el aspecto de las acciones y si desde los fundamentos. Sobre esto dice: “El problema es que son muy pocos los que contemplan sólo la acción, los que dirigen su crítica sólo hacia la acción. Eso sería lo necesario; en eso consistiría la observación racional del mundo. Las grandes tragedias se han producido cuando las decisiones se han adoptado a partir de un juicio colectivo. El Holocausto empieza así, a partir de un juicio colectivo”
 
Nos agrada conocer de Kertész que no sea un cultor de las sentencias ornamentales. Rechaza hacerse parte de la teoría de que “después de Auschwitz no es posible hacer literatura'. Para él esto es una “frase gastada”. Agrega suave pero absolutamente firme que “escribe sobre el Holocausto porque ésa ha sido mi experiencia básica personal, pero que no sólo he escrito sobre eso. También me he ocupado de la dictadura estalinista, y de otras cosas que amplían la dimensión y la alejan del Holocausto”
Algo hermosísimo y de absoluto respeto a los muertos, a las víctimas y a los  deudos fue lo que de manera tajante dijo: “El Holocausto no tiene lengua. Cada superviviente lo rememora con las palabras de su propio idioma”.
 
Entre la extensa obra, su novela “Sin destino” (editada en español por Plaza y Janés), emerge como un feroz, irónico y descarnado homenaje a las víctimas del nazismo.
 
Sin prisa, Kertész se toma más de 20 años en ordenar su memoria, para después narrar el espanto cotidiano de los campos de Auschwitz, Buchenwald y Zeitz. Con esa metodología da inicio a la escritura, asunto en el que ocupa casi 10 años.Sin destino” hay que aclarar que no representa una autobiografía, lo exacto es definirlo como una historia de una masa discriminada. Explicito concluye: “gente a la que no sólo se le arrebató la vida, sino que también perdió toda ambición, todo destino, la razón, el deseo. Todo”.
 
Esta obra con una narrativa muy directa y humilde, plena de una minuciosa asepsia que le brinda una emoción maravillosa, es la que ubicó a Kertész entre los más importantes novelistas europeos. Una crítica tan exigente como es la  alemana, no vaciló ni un minuto en colocar su novela a la altura de La montaña mágica, de Mann, y 1984, de Orwell. De esta novela nos dice el crítico José María Ridao: “Desde las primeras páginas, Kertész da por descontado que el lector conoce los dos elementos más relevantes del final. El primero, que la peripecia narrada por un adolescente, György Köves, le está conduciendo a Auschwitz, aunque él lo ignore o finja ignorarlo. El segundo, que logrará sobrevivir, puesto que evoca su experiencia en primera persona. El peso de la narración se traslada, por tanto, a la implacable metamorfosis que experimenta un muchacho siempre dispuesto a contemplar el lado amable de la vida, a aprovechar cualquier resquicio de su terrible situación para mantener el optimismo. Al igual que su personaje Köves, Kertész fue deportado con apenas quince años a Auschwitz y Buchenwald”. Y él nos dice..."Aunque es verdad que "Sin destino" está muy nutrida de material autobiográfico, lo utilizo sólo de una forma literaria. György Köves -el joven protagonista- no soy yo. Pero la estructura del libro está creada por mí, igual que el lenguaje. Es un lenguaje raro, artificial. El que utilizaba la dictadura estalinista"...
 
Otras obras complementan su merecida fama. Agudos ensayos como “Un instante de silencio en el paredón” cuya edición española la realizó Herder, junto a escritos preñados de reflexión y humor negro, como “Yo, otro: crónica del cambio (1997)” de la que nos dice el propio Kertész “La sitúo en la época de transición que se vivió en los noventa, tras la caída del comunismo, y trato de reflexionar sobre los fenómenos que tuvieron lugar entonces, en Budapest, en Berlín, en otros lugares del mundo. Fue una forma de vida lo que cambió, no sólo unos regímenes políticos. También para mí cambiaron muchas cosas. De ser un escritor marginal, me convertí en un escritor conocido. Como si de pronto hubiese traspasado un umbral”.
 
Hay que decir que en “Un instante de silencio en el paredón” no sólo habla una voz que ha vivido esta experiencia, sino también una voz europea enmarcada en un arco geográfico que comparte un patrimonio cultural y espiritual. Kertész habla de su propio país, Hungría, sobre su capital, sobre el concepto de patria en general y sobre algunas figuras importantes de la literatura húngara, tales como Márai, Radnóti o Krúdy.
Nombremos aquí igualmente “Kaddish por el hijo no nacido” (1990), en la que relata la imposibilidad moral de un superviviente del genocidio para tener hijos. Nadie mejor para adentrarnos sobre esta obra que el mismo: “Los personajes del Kaddish representan dos polos en la interpretación del judaísmo. La diferencia entre ambos radica en que el hombre es un superviviente de Auschwitz, ha conocido en carne propia lo que sucedió en los campos, mientras que la mujer pertenece a la segunda generación. Los problemas de esta segunda generación son completamente distintos a los de la generación que padeció el Holocausto y, en consecuencia, la manera de entender el judaísmo, también. En la nueva novela que estoy escribiendo trato de abordar estos matices, desarrollo con más detenimiento lo que en el Kaddish está simplemente esbozado”.
Toni Montesinos, al referirse a esta obra dice: "Muy al contrario, la memoria llena de instantes monstruosos la ha ido consolando mediante la construcción de su universo artístico y filosófico con paciencia y humildad. Así, este judío no creyente nos mostró la cara más compleja de su pensamiento, deudor de Wittgenstein y Kafka, en «Kaddish por el hijo no nacido», un relato que ubica a un hombre en la asfixia personal de recordar los campos de concentración y el régimen comunista que lo aprisiona y que no le permite ni salvar su matrimonio."
¿Quién es este hombre que no pierde su sonrisa después de hacer pasado por los infiernos?
 
Fascinante resulta saber que este húngaro de origen judío afirma casi con candidez que lleva “las mismas heridas que ha sufrido cualquier persona que ha vivido bajo una dictadura”. Diciéndonos que esas dos experiencias que él padeció, son muy distintas entre si, explicándonos: “El estalinismo fue una experiencia distinta pero parecida al nazismo. Lo que pasa es que para los nazis yo era una persona de una raza que había que exterminar, mientras para los estalinistas era sólo una persona normal. El nazismo sacaba a la luz los más bajos instintos del hombre, era la locura, la jauría desatada, el suicidio, la desesperación, el odio, la sinrazón. El estalinismo era, en cambio, la táctica como moral, la revolución convertida en sangre”.
Kertész el intransigente. El que con la misma vara crítica mide lo que sucedió después a los totalitarismos. Con el capitalismo que triunfa en Europa del Este desde la caída del Muro de Berlín es despiadado pero cierto: “Vivimos bajo un capitalismo rampante, salvaje: el de las democracias impuestas por Occidente. Cuando cayó el muro, los pueblos del Este ya no tenían confianza en el cambio, y no han podido llenar de vida ese cambio. Se han quedado sin destino. Por eso sigue habiendo dos Europas. Y paradójicamente el poscapitalismo cada vez se parece más al socialismo. Las multinacionales y los monopolios tratan de centralizar, y de paso uniformar a la sociedad. No sé si esto constituye un peligro concreto, pero lo mejor, me parece, es que cada uno guarde su vida privada lo mejor que pueda”.
 
Kertész, la viva imagen del reto de la inteligencia y la condición humana venciendo la barbarie. 
 
 
ebruzual@cantv.net
 
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