Domingo 20 de junio de 1999
Nueva York.- Hillary Clinton está a punto de liberar
a una generación entera. De resultar electa en el Senado, en el 2001, concretará una
inversión que millones de personas de los sesenta han anhelado, temido y mitificado: el
marido que cuida la casa mientras la mujer se alza a conquistar el mundo.
Llegado estaría el momento, el tiempo del
"ahora soy yo, ahora me toca mí". Para algo sirve un fin de siglo, dirán
algunos.
Las feministas deben estar salivando con la idea y
saludan a Hillary como la encarnación suprema de la mujer emancipada.
La talentosa abogada que pronto será congresante y
un día, tal vez, Presidente.
Pero hay mucho de mitificación. A la heroína le
falta un trecho enorme por recorrer.
Una de las novedades de los Clinton es que encarnan la idea
de la pareja en el poder, dos personas que se requieren para liderar. Ambos se prestan
asistencia desde los sesenta, cuando Hillary se instaló en Arkansas, con 26 años y con
una promisoria carrera de abogado.
El affair Lewinsky es la confirmación de esa
interdependencia. Pero en la práctica revela que Clinton tiene un sentido común y una
emocionalidad que a ella le falta.
En parejas poderosas, el hombre ejerce la
racionalidad, mientras la esposa desarrolla ese sentido de proximidad con los procesos.
Pero en los Clinton opera una inversión
sexual, ella explica y él comprende. El se muestra sentimental. Ella mantiene ese acento
jerárquico.
"Hay algo de femenino -comenta Camille Paglia- en la personalidad
sexual de Clinton. Es el eterno niño, siempre optimista, lo cual es muy apropiado en un
jefe a escala mundial... implica gran carisma".
Hillary carece de ese embrujo y,
además, ha tenido que contentarse con ejercer a medias su rol de Amazona.
Dick Morris, el jefe de campaña por
la reelección, llamó la atención sobre la inconveniencia de que el público percibiera
al Presidente como el esclavo de una meretriz, y ordenó a Hillary actuara como la mujer
que permanece al lado de su marido. Desde entonces, Morris es objeto de la más furiosa
adversión por parte de la primera dama.
El rol de Hillary es injusto, pues los Clinton son
dos personalidades fuertes y, en la práctica, cuando eso sucede, la tendencia es que
ambas se fortalezcan.
Hillary ha representado un riesgo eterno para
Clinton, al sugerirse como la Omphale, la figura que vistió a Hércules de mujer y lo
mandó a hacer las tareas del hogar.
El Presidente ha sabido sortear ese obstáculo y
ahora, sin mayor cosa que perder, admite que su mujer se lance sola en una aventura
política.
Estos y otros dolores se perciben en el
rostro de la primera dama. Hillary, por ejemplo, es una mujer que ha podido desarrollar un
ímpetu más sexy.
Muchos de los problemas sexuales de
esta pareja provienen de la manera en que ha escondido su feminidad tras ese ropaje
jurisconsulto y cerebral.
No estamos justificando a Mónica,
Clinton fue inmaduro y desconsiderado, pero es que en todo esto hay un problema que atañe
a la mujer moderna: la dificultad para integrar la ambición profesional y la sexualidad.
Hillary ha podido edificar un segundo
Camelot en la Casa Blanca, un nuevo período de refinamiento como el de Jacqueline
Kennedy, pero aún más denso, porque Jacky no tenía intereses políticos, y porque EEUU
no gozaba de su hegemonía.
La Casa Blanca se habría revelado, con Hillary, como centro
de las artes, la ciencia y el glamour. Y lo que se observa es un retroceso a los
cincuenta.
Hillary no tomó el riesgo y sacrificó los grandes
emblemas de la feminidad. En su lugar, optó por el look de doña mal amada sin la
tradición femenina del artificio. Es un problema de una generación.
"Me parece -confirma Paglia- que
representan lo mejor y lo peor de los sesenta. Teníamos tantos ideales y esperanzas, pero
de repente, nos dimos con la pared en la cara y tuvimos que admitir que la vida es más
compleja y desconcertante".
No basta con hacer proclamas, ofrecer
derrumbar valores, imaginar un nuevo sistema. Hay un principio de realidad esperando.
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- Véase el caso de Chelsea. Es una niña bonita en
situación de rehén. Es desoladora la forma como traduce en sus gestos y en su manera de
vestir los conflictos de sus padres. Cuando estos despliegan su alegría, Chelsea es
incapaz de acompañar el júbilo.
- Hillary encarna un dilema de toda mujer
moderna: la posibilidad de desarrollar una vida profesional y una maternidad plenas.
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Lanzarse como candidata al Senado por el
Estado de Nueva York, puede ser la decisión más importante que Hillary haya tomado desde
que se casó.
Los números no la favorecen y su
candidatura genera escepticismo, incluso entre sus partidarios demócratas. Ella, por
supuesto, no quiere perder.
Es una conquista individual y si
pierde, la derrota también sería personal y el fin de su carrera política.
Sus potenciales oponentes, en especial Rudolph Giuliani, alcalde
de la ciudad de Nueva York, un republicano despreciado por las minorías, ya ha enfilado
sus baterías en su contra.
Los ataques destacan el hecho de que
Hillary no reside en el Estado de Nueva York. Pero la objeción es banal. Los obstáculos
de Hillary son de otro tipo.
Hillary es un persona juzgada más
por haber permanecido junto a su marido que por haber alcanzado metas importantes, y en
tal sentido, la imagen de Bill Clinton es una carga.
Es cruel comparar a cualquier
político con Clinton, el más intuitivo y cautivante funcionario de EEUU en las últimas
décadas. Su habilidad para interpretar a la multitud y envolverla, son atributos que ella
no tiene.
"Los amigos de los Clinton -reseña James Bennet para The Sunday
Times- son precisos al enumerar las fortalezas y debilidades de ambos. A Bill le interesa
más la política, la astucia del poder, a ella las políticas, la doctrina, el proyecto
ciudadano. El es la mente superior; ella, la referencia ética. El es rápido para
perdonar, ella nunca perdona...".
Hace unas semanas Hillary habló en
la Universidad de Nueva York. La sala estaba repleta. De su boca se dejaban escuchar
proyectos coincidentes con los intereses de su esposo.
Hillary tiene miedo de presentarse
como una voz independiente, sobre todo, después del fracaso de su proyecto de seguridad
social.
El público se marchó con el
sentimiento de que Hillary merece una oportunidad, aun cuando no es percibida como la
mujer de acción, autónoma y emancipada, como Eleanor Roosevelt, emblema del feminismo
norteamericano.
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