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por Carlos Alberto Montaner  
 
 
 
Havel en Miami y en Cuba
Vaclav Havel, tras su cita con Bush en Washington, visita Miami. ¿Por qué? Porque quiere ayudar a los cubanos a recuperar sus libertades. Florida International University, muy atinadamente, le ofreció un doctorado honorífico, pero, tras agradecer el gesto, Havel declinó la distinción. Esa ceremonia le hubiera restado brillo a su objetivo: mostrar su solidaridad con los perseguidos políticos de la última dictadura comunista de Occidente. Ha pedido el premio Nobel de la paz para Oswaldo Payá y desea mantener el foco de la prensa sobre el ingeniero cubano, creador del Proyecto Varela. Havel no quiere ser reverenciado. Quiere ser útil. Ese es el signo de su vida.
¿Quién es este hombre peculiar? A su compatriota Milos Forman le gusta decir que ''la vida de Havel es una pequeña joya''. Y es cierto. Havel es el hijo de una familia ilustrada, empobrecida y arrinconada por el régimen policiaco instaurado por los marxistas en Checoslovaquia tras la Segunda Guerra Mundial. Dados sus orígenes ''burgueses'', se le negó el acceso a estudios universitarios relacionados con las humanidades o las ciencias sociales. Sólo pudo alcanzar una formación técnica media. Se las ingenió, sin embargo, para estudiar dramaturgia por correspondencia. Tenía una clarísima vocación literaria.
 
El resto de la historia es casi un cuento de hadas en el que la virtud y el tesón acaban por vencer todos los males y a todos los malos. Havel, tímidamente, comienza su obra a mediados de los sesenta. Desde el principio se advierte en él una profunda repugnancia por la dictadura comunista. En 1968 siente muy cerca una bocanada de aire puro en medio del hedor represivo. 
Es la Primavera de Praga. Se acaba pronto ese pequeño sueño de libertad: los tanques soviéticos le ponen fin y luego los comisarios nativos castigan, encierran y aterrorizan a quienes se atrevieron a condenar al gobierno o a poner en duda los principios sagrados de la secta. Como colofón propagandístico, la prensa amordazada exhibe los testimonios de apoyo a la invasión soviética. El más entusiasta es el que pronuncia Fidel Castro desde su isla-cárcel caribeña.
 
En la medida que crece como escritor, aumenta en Havel la intensidad del compromiso político. La década de los setenta es muy interesante: tras el fracaso de la Primavera de Praga los checos más lúcidos se dan cuenta de que el comunismo no tiene enmienda posible, y mucho menos sujeto a la autoridad de Moscú, una metrópoli que es algo así como ''Marruecos con cohetes atómicos''. Hay que enterrar esa pesadilla. ¿Pero cómo, con un país ocupado por las tropas soviéticas y con un gobierno que es una perfecta máquina de estabular a los seres humanos para evitar que se rebelen? Parecía imposible. Pesimistas, muchos toman el camino del exilio. Es la historia de Milan Kundera o del mencionado Forman. Otros, un pequeño grupo de intelectuales, dan el paso al frente y crean el Club de Escritores Independientes. No eran muchos y escribían o protestaban ante el silencio y la indiferencia del conjunto de la sociedad. La naturaleza humana tiene ese rasgo lamentable: ignorar el heroísmo. Es esa sombría zona de las emociones en la que el instinto de conservación y la cobardía se mezclan viscosamente.
¿Para qué abrumarlos con detalles? Havel se casó con una mujer de su misma fibra moral, Olga Splichalova, una compañera de luchas y desvelos, creó el Comité de los Injustamente Oprimidos, estuvo en la cárcel unos cinco años, y en 1977 fue la cabeza más visible de la Carta del 77, un documento en el que se pedían libertades y que sirvió, de alguna manera, para vertebrar ciertos vestigios de oposición democrática. Nada bueno, sin embargo, se adivinaba en el horizonte. Eran los tiempos post Vietnam, época de pesimismo ante el avance de los comunistas en Asia y en Africa. Breznhev, hierático por el Parkinson, parecía un emperador de cartón piedra destinado a controlar el planeta.
1989 fue el año mágico. 
En Praga la oposición se lanzó a las calles y poco después cayó el muro de Berlín. No había partidos políticos, sino unos cuantos referentes morales. Vaclav Havel era uno de ellos, tal vez el principal. Con los escombros de mil esfuerzos anteriores, se construyó rápidamente el Foro Cívico. Hubo elecciones, todavía dentro de la legislación comunista, y Havel alcanzó la dirección de la Asamblea General. Posteriormente lo elegían presidente de la nación y comenzaba la tarea de desmantelar el aparato totalitario y restañar las heridas.
Para los checos resultó afortunado que la jefatura del estado fuera encomendada a un hombre como Havel. Administrar un país es una tarea técnica. Eso lo suelen hacer bien o mal los políticos, de acuerdo con su inteligencia, formación o el equipo con que cuenten. Pero representar al conjunto de la sociedad, discernir cuáles son los valores y principios que unifican a las personas que la componen, y darle sentido moral a la tribu, es una labor mucho más delicada y difícil, especialmente en tiempos turbulentos. Esto es el legado político de Havel.
Ahora llega a Miami a darles un abrazo a los cubanos. Y especialmente a uno que no estará ahí: Oswaldo Payá. Tal vez ninguno de los dos se ha dado cuenta, pero en alguna medida, el joven ingeniero es el Havel cubano. El ejemplo del disidente checo ha fructificado en el Caribe. Un día los cubanos también tendremos nuestra ''revolución de terciopelo''. Yo creo que ya tenemos nuestro Havel.
 
Septiembre 23 de 2002
 
Carlos Alberto Montaner
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