Discurso
pronunciado el lunes 23 de septiembre de 2002
por
el presidente de la República Checa, Václav Havel,
en la
Universidad Internacional de la Florida.
Señor
Presidente, distinguidos invitados, señoras y señores, ciudadanos de Cuba
que nos escuchan:
Por primera vez en mi
vida tengo el privilegio de visitar la Florida, y al mismo tiempo, será
éste el último estado de los Estados Unidos y de todo el continente
americano que visite en calidad de presidente de mi país. Fue mía la
decisión de venir a la Florida, y así lo he hecho, entre otras cosas,
porque quería saludar desde aquí a todos los cubanos, tanto a los que
viven acá, como a los que residen en la isla.
Toda persona moderna y de
pensamiento libre siente o debería sentir solidaridad con todos aquéllos
a quienes se les impide vivir en su patria o visitarla libremente, y también
con los que se ven obligados a vivir en ella en constante estado de miedo,
con los que no pueden salir y luego regresar a ella según su libre
criterio.
Sin embargo, hay personas
que por principio deberían sentir esa solidaridad con mayor intensidad
que otros. Me refiero a los que hemos conocido en carne propia la opresión
de un sistema totalitario de corte comunista, o a los que incluso hemos
intentado oponerle resistencia, y que al hacerlo hemos podido palpar en
toda su medida la importancia de la solidaridad y del apoyo que los
ciudadanos de países más libres nos brindaron.
Pienso que uno de los
instrumentos más diabólicos para avasallar a unos y embelesar a otros es
el singular lenguaje comunista. Es un lenguaje lleno de doblez y
subterfugio, de consignas vacías y de figuras retóricas estereotipadas.
Se trata de un lenguaje capaz de maravillar enormemente a las personas que
no hayan descubierto su falsedad, o a las que no hayan tenido que vivir en
un mundo manipulado por él. A la vez, en otras personas, ese mismo
lenguaje es capaz de infundir el miedo y el terror, hasta sumirlas en un
estado de perpetuo disimulo.
También en mi país hubo
generaciones enteras de personas que se dejaron desorientar por ese
lenguaje lleno de bonitas palabras sobre la justicia, la paz y la
necesidad de luchar contra los que --supuestamente al servicio de maléficas
potencias extranjeras-- se oponían al poder que ese lenguaje esgrime. La
gran ventaja de ese lenguaje es que todas sus partes se entrelazan
firmemente dentro de un sistema cerrado de dogmas que excluye todo lo que
no se acomode a él. Cualquier idea un tanto original o independiente,
cualquier palabra que no pertenezca al vocabulario oficial, se tilda de
diversionismo ideológico, y esto, parecería, casi antes de que nadie
pueda expresarla. La red de dogmas que justifican cualquier arbitrariedad
del poder suele por ende adoptar la forma de una utopía, es decir, la de
un concepto artificial que contiene en sí mismo todo un conjunto de
razones para que todo cuanto no se avenga a su estructura tenga que ser
suprimido, prohibido o destruido, en aras de un futuro feliz.
Lo más cómodo es
aceptar ese lenguaje, creer en él, o por lo menos, adaptarse a él. Es
muy difícil mantener una óptica propia --por mucho que el sentido común
nos dé mil veces la razón-- siempre que eso signifique rebelarse contra
el lenguaje del poder o simplemente negarse a usarlo. Todo un sistema de
persecuciones, de prohibiciones, de informantes, de elecciones
obligatorias, de espiar al vecino, de censura y, en última instancia, de
campos de concentración se esconde tras un velo de palabras hermosas que
no se avergüenzan, ni en lo más mínimo, de llamar a la esclavitud una
''forma superior de libertad'', ni de tildar al pensamiento independiente
de ''lacayo servil del imperialismo'' o denostar al espíritu emprendedor
con el mote de ''explotación del hombre por el hombre'', para luego
pretender que se les llame, a los derechos humanos, un ``invento de la
burguesía''.
La experiencia de mi país
fue muy sencilla: cuando la crisis interna del sistema totalitario se hace
profunda hasta tal punto que ya para todos es obvia, y cuando un número
cada vez mayor de personas aprende a hablar en un lenguaje propio y a
rechazar el lenguaje charlatán y mentiroso del poder, la libertad ya está
muy cerca, casi al alcance de la mano. De repente salta a la vista que el
''monarca está desnudo'', y el misterioso resplandor de la palabra libre
y del comportamiento libre resulta ser más fuerte que el más poderoso ejército,
que la policía o que la jerarquía del partido, más decisivo aún que la
destrucción sistemática y centralizada de la economía, o que los
centralizados y avasallados medios de difusión, principales responsables
de la propagación del mentiroso lenguaje de la utopía oficial.
Nuestro mundo, en
general, no se encuentra en buen estado, y avanza quizás por un derrotero
muy ambiguo. Pero esto no significa que tengamos el derecho de abandonar
la libre y culta reflexión, para reemplazarla con un puñado de gastadas
consignas utópicas. No lograríamos con ello un mundo mejor, sino un
engendro. Por el contrario, lo que esto significa es que debemos hacer más
por nuestra propia libertad y por la libertad de los demás.
¡Qué todos los cubanos
vivan en libertad y disfruten de la independencia y de la prosperidad!
A todos aquellos que no
han perdido la voluntad de oponerse a la arbitrariedad y a la mentira, ¡qué
se cumplan vuestros sueños!
¡Ojalá que el Premio
Nobel de la Paz le sea concedido a Oswaldo Payá Sardiñas, ese gran
defensor de los derechos humanos en Cuba, y ojalá que ese premio refuerce
el valor de todo el pueblo cubano para resistir sin violencia a un régimen
violento!