| Torpe
e irreflexivamente, continuamos nuestro
camino hacia la destrucción. La de todos. Porque aun quien, hipotéticamente,
lograra sobrevivir o triunfar desde el punto de vista humano, se haría
culpable del mal de los otros, y sufriría tan profundos e irreparables daños
espirituales que nunca volvería a ser el mismo, que se vería apartado para
siempre del regalo que el Unico ha querido otorgarnos, aunque una y otra vez
lo rechacemos para correr en pos de fantasmas: la Felicidad, la verdadera,
esa que nace de lo más profundo del alma, esa que sabe bendecir a Dios en
la miseria, aunque luche por erradicarla, y que en medio de la abundancia,
tiene conciencia del carácter pasajero de los bienes terrenales y los
disfruta sin apego.
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