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Hanukáh
Luz que crece
Retorna Hanukáh, casi del brazo de lo que para gran parte de la humanidad será un nuevo milenio. Grupos de sello catastrofista y sectas milenaristas de todo sello anunciaron y siguen anunciando el inminente fin del mundo. 
No se produjo y no hay motivos especiales para esperar que ocurra pronto, a menos que nuestra propia locura lleve al paroxismo los convulsos procesos naturales y socio-políticos que tienen lugar en muchas partes de este maltratado planeta: con la quimera de la razón absoluta como pseudo-invencible estandarte, hemos destrozado buena parte de la naturaleza--el temor impide decir que toda o casi toda--, alterado el orden de los procesos, despojado al hombre de principios sólidos, inculcado el fanatismo, el consumismo y la destructiva ideología del "todo vale", y ahí tenemos el resultado: el conocido agujero en la capa de ozono que rodea a la tierra y el consiguiente derretimiento de los casquetes polares, las sequías interminables, el mal de las vacas locas, la droga como próspero negocio de unos y destrucción de otros, el aterrador descenso de la natalidad en los países más desarrollados, las guerras de todo sello que aumentan el número de refugiados hasta niveles preocupantes para algunas economías, las migraciones económicas, rechazadas y restringidas por el egoísmo de la sociedad del bienestar, y como siempre, siguen ahí las dictaduras, los totalitarismos y sus hijos aventajados, los terrorismos: desaparecen por un tiempo y resurgen, ya sea en el mismo país de antes o en otro, pero ahí están, como malignas epidemias que amenazan con extenderse a otros cuerpos.
 
Súmese a todo esto el llamado "conflicto del Medio Oriente", eufemismo que desdibuja el acoso que han sufrido los judíos habitantes de Palestina, antes y después de la creación del Estado de Israel, pues una oportuna amnesia y un silencio aun más oportuno impiden que millones de personas sepan qué ocurría con los judíos que intentaban fertilizar las tierras y crear asentamientos habitables -donde hasta entonces pocos (o nadie) se habían preocupado por hacerlo- mucho antes de que la ONU pareciera descargar su conciencia aceptando crear un Estado judío. 
 
Tal parece como si, de modo similar a las hordas de Atila, los judíos hubieran invadido un sitio en el que nunca habían estado (tal vez de paso, nadie sabe) y sometido cruelmente a sus habitantes. Hecho que, de ser cierto, evocaría la obra de las invasiones bárbaras o de la colonización romana en la formación de Europa. O quizás la de España en un buen número de países situados allende el océano, que al cabo conformaron lo que hoy se conoce como Iberoamérica. O cualquier otro caso. 
 
En definitiva, pretextos han sobrado siempre para acusar al pueblo judío de cualquier fechoría y convencer a los demás de que los castigos y represalias en su contra están más que justificados. Las mentes lúcidas escasean en todos los tiempos, y si las queremos unidas además a corazones generosos, corremos en peligro de que nos llamen locos. Pero el pueblo judío, entre aciertos y errores, persevera en luchar.
 
Un episodio de esta clase dio lugar a la fiesta que este año de 5762 enlaza los meses de Kislev y Tebet- diciembre según la Era común- porque, contra toda esperanza humana, los judíos se rebelaron contra Antíoco Epifanio y, dirigidos por Judas Macabeo, recuperaron el segundo templo. Sólo para refrescar la mala memoria de muchos, agregamos que los judíos habían sido privados de sus derechos, su religión perseguida y el templo contaminado. 
 
¿El templo contaminado? Pues sí: quien profese alguna religión sabrá muy bien que, cuando la casa de oración y de culto correspondiente es profanada por una guerra o por actos inaceptables, se procede a purificarla y bendecirla antes de emplearla nuevamente para sus funciones.
 
Ni más ni menos que esto hicieron entonces los judíos con su templo, precisamente en el lugar que hoy es escenario de un grave conflicto. Al intentar encender las lámparas, encontraron aceite sólo para una y para un día. En lugar de postergar el acto hasta que se hubiera reunido el aceite necesario, prefirieron encenderla, para que al menos por un día resplandeciera la llama de su fe. Y en contra de toda ley o causa, la luz brilló durante ocho días.
 
Quienes conocen y asumen estos hechos como una parte esencial de su vida espiritual se alegrarán al "escucharlos" nuevamente. A cuantos los ignoran, este breve resumen podrá mostrarles la medida de su significado. Aunque lo consideren "leyenda". O no.
 
Llaman a encender una luz en el alma, similar a las que, en número creciente cada tarde, brillan en la Hanukíah. Como aquellas, la de cada cual puede multiplicarse y durar mucho, muchísimo más de ocho días.
No es ocioso recordar que Antíoco Epifanio quedó atrás, y como muchos otros emperadores y poderosos, su nombre se registra en los libros de historia. Los siglos han hecho que sean conocidos y recordados por los estudiosos. Hanukáh sigue viva. Y no por la victoria sobre el déspota, sino por el Milagro de las luces.
 
Resulta muy difícil hoy encender una luz en el alma, más aun mantenerla viva. Acrecentarla es un gran prodigio. Porque esa luz procede de la Fe, y hoy casi todo atenta contra ella. E pur si muove...
 
Este es el mensaje que la fiesta de Hanukáh envía al mundo entero
y no sólo al pueblo judío: ¡Arriésgate a tener fe cuando todo parece perdido y turbio! ¡Atrévete a encender una pequeña luz en tu corazón! Si la enciendes debidamente, la verás arder durante muchos, muchos días, por caminos a veces inesperados...
Lourdes Rensoli Laliga
lourdesrl@hispavista.com
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