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Publicado en Tal Cual Digital
TAL CUAL LUNES 20 DE MAYO DE 2002
Chávez en Madrid

 

 
 
 
 
Como cucaracha en baile de gallina anduvo, literalmente, Hugo Chávez en la Cumbre de la Unión Europea, Latinoamérica y el Caribe, en Madrid y no porque fuera el único de aquellos jefes de Estado en sufrir el bochorno de verse abortado del poder por la mayoría de sus electores, sino porque cada día resulta más evidente la incomodidad que le sale hasta por los poros al último caudillo venezolano del siglo XIX en escenarios donde sólo se habla de medidas concretas para reducir la pobreza, caída de las barreras arancelarias y acuerdos para la cooperación económica y tecnológica.
 
Chávez, por el contrario, incapacitado para romper la barrera de 150 años que lo separa de un mundo globalizado que sólo tiene tiempo para discutir ventajas mutuas, simetría de mercados y transparencia en las políticas económicas, cree que las cumbres existen sólo para pronunciar discursos enfáticos, anacrónicos y barrocos, donde comete la inocentada de presentarse como el salvador, como el único líder mundial interesado en la suerte de los pobres, siendo que si algo caracteriza al siglo XXI es la preocupación sincera del liderazgo mundial por la suerte de los que menos tienen.
 
Pero Chávez insiste en mantenerse en el clima político e intelectual de los 60, 50, 40, y de mucho más atrás, cuando se pensaba que la sociedad era un mecanismo simple y que con medidas que garantizaran el ejercicio del poder absoluto del Estado sobre el conjunto de la estructura política, económica y social (lo que después se llamó el totalitarismo), los desequilibrios estaban resueltos.
 
Eran aquellas antiguallas que se llamaron la "revolución socialista", "la dictadura del proletariado", y "el fin de la sociedad de clases y de la explotación del hombre por el hombre", que sólo concluyeron con la "liberación" de más y más miseria, desigualdades, injusticias, y el establecimiento de algunas de las dictaduras más feroces y depredadoras de que tenga memoria la humanidad.
 
Lo saben mejor que nadie los jefes de Estado de la Unión Europea, como que les tocó que algunos de sus países miembros, o vecinos, fueran víctimas del vendaval socialista, proletario y justicialista y sufrieron los embates de la arbitrariedad desesperada por resolver de una manera burocrática, excluyente, intolerante y subjetiva lo que sólo puede ser obra de todas las clases y de toda la sociedad.
 
Pero no un teniente coronel llamado Hugo Chávez Frías, nacido en un pequeño país de la parte norte de América del Sur, prisionero de lecturas infantiles, e indispuesto, como provinciano del siglo XIX y hombre de cuartel del XX, para ponerse a tono con los tiempos y adscribirse a la única receta que se ha demostrado eficaz para combatir la pobreza, las injusticias y la desigualdad: la paz, el trabajo, la cooperación, la unión, la pluralidad, la tolerancia y la participación de todos.
 
Por eso, según ha revelado su incapacidad para aterrizar en el siglo XXI, Chávez ha devenido más y más en la curiosidad de las cumbres, en una pieza de museo que sólo por razones antropológicas y de protocolo se invita y oyen sus peroratas. O sea, un héroe de otros tiempos que, cuando no está dando discursos, se va a mitines de agitación, a reafirmar las bondades de su gobierno y su revolución, ante auditorios de decenas de personas que le procuran los partidos comunistas locales o si no el presupuesto de las embajadas o consulados de Venezuela en el exterior.
 
"A mí me hubiese gustado mucho ver y oír a mi amigo Hugo Chávez en la reunión de la Comunidad Andina, pero no hemos tenido esa suerte", dijo el presidente del gobierno español, José María Aznar, en la reunión de clausura como respuesta a la crítica de Chávez de que "estas cumbres habrá que redefinirlas", "Nunca ha sido la economía la que ha dirigido la historia sino la política", "Hace falta liderazgo en el mundo, hace falta salir del esquema neoliberal del siglo XX", y "Hay que traer de vuelta a los grandes pensadores políticos: Alejandro Magno, Cristo, Bolívar".
O sea, que por el siglo III antes de Cristo andaba este patético teniente coronel venezolano, mientras Chile se convertía en el segundo país del continente, después de México, en firmar un acuerdo de libre comercio con la UE, y el resto de los presidentes latinoamericanos y del Caribe hacía esfuerzos para marchar en esta dirección.
Sólo Chávez permanecía agitando el cotarro, recibiendo el aplauso de manifestantes pagados, con sus intragables peroratas y creyéndose el nuevo líder de la "revolución mundial" y de la lucha contra las injusticias y la pobreza. Manía de anacrónicos.
 
manu01@telcel.net.ve
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