Como cucaracha en baile de
gallina anduvo, literalmente, Hugo Chávez en la Cumbre de la Unión
Europea, Latinoamérica y el Caribe, en Madrid y no porque fuera el único
de aquellos jefes de Estado en sufrir el bochorno de verse abortado del
poder por la mayoría de sus electores, sino porque cada día resulta más
evidente la incomodidad que le sale hasta por los poros al último caudillo
venezolano del siglo XIX en escenarios donde sólo se habla de medidas
concretas para reducir la pobreza, caída de las barreras arancelarias y
acuerdos para la cooperación económica y tecnológica.
Chávez, por el contrario,
incapacitado para romper la barrera de 150 años que lo separa de un mundo
globalizado que sólo tiene tiempo para discutir ventajas mutuas, simetría
de mercados y transparencia en las políticas económicas, cree que las
cumbres existen sólo para pronunciar discursos enfáticos, anacrónicos y
barrocos, donde comete la inocentada de presentarse como el salvador, como
el único líder mundial interesado en la suerte de los pobres, siendo que
si algo caracteriza al siglo XXI es la preocupación sincera del liderazgo
mundial por la suerte de los que menos tienen.
Pero Chávez insiste en
mantenerse en el clima político e intelectual de los 60, 50, 40, y de mucho
más atrás, cuando se pensaba que la sociedad era un mecanismo simple y que
con medidas que garantizaran el ejercicio del poder absoluto del Estado
sobre el conjunto de la estructura política, económica y social (lo que
después se llamó el totalitarismo), los desequilibrios estaban resueltos.
Eran aquellas antiguallas
que se llamaron la "revolución socialista", "la dictadura
del proletariado", y "el fin de la sociedad de clases y de la
explotación del hombre por el hombre", que sólo concluyeron con la
"liberación" de más y más miseria, desigualdades, injusticias,
y el establecimiento de algunas de las dictaduras más feroces y
depredadoras de que tenga memoria la humanidad.
Lo saben mejor que nadie
los jefes de Estado de la Unión Europea, como que les tocó que algunos de
sus países miembros, o vecinos, fueran víctimas del vendaval socialista,
proletario y justicialista y sufrieron los embates de la arbitrariedad
desesperada por resolver de una manera burocrática, excluyente, intolerante
y subjetiva lo que sólo puede ser obra de todas las clases y de toda la
sociedad.
Pero no un teniente coronel
llamado Hugo Chávez Frías, nacido en un pequeño país de la parte norte
de América del Sur, prisionero de lecturas infantiles, e indispuesto, como
provinciano del siglo XIX y hombre de cuartel del XX, para ponerse a tono
con los tiempos y adscribirse a la única receta que se ha demostrado eficaz
para combatir la pobreza, las injusticias y la desigualdad: la paz, el
trabajo, la cooperación, la unión, la pluralidad, la tolerancia y la
participación de todos.
Por eso, según ha revelado
su incapacidad para aterrizar en el siglo XXI, Chávez ha devenido más y más
en la curiosidad de las cumbres, en una pieza de museo que sólo por razones
antropológicas y de protocolo se invita y oyen sus peroratas. O sea, un héroe
de otros tiempos que, cuando no está dando discursos, se va a mitines de
agitación, a reafirmar las bondades de su gobierno y su revolución, ante
auditorios de decenas de personas que le procuran los partidos comunistas
locales o si no el presupuesto de las embajadas o consulados de Venezuela en
el exterior.
"A mí me hubiese
gustado mucho ver y oír a mi amigo Hugo Chávez en la reunión de la
Comunidad Andina, pero no hemos tenido esa suerte", dijo el presidente
del gobierno español, José María Aznar, en la reunión de clausura como
respuesta a la crítica de Chávez de que "estas cumbres habrá que
redefinirlas", "Nunca ha sido la economía la que ha dirigido la
historia sino la política", "Hace falta liderazgo en el mundo,
hace falta salir del esquema neoliberal del siglo XX", y "Hay que
traer de vuelta a los grandes pensadores políticos: Alejandro Magno,
Cristo, Bolívar".
O sea, que por el siglo III
antes de Cristo andaba este patético teniente coronel venezolano, mientras
Chile se convertía en el segundo país del continente, después de México,
en firmar un acuerdo de libre comercio con la UE, y el resto de los
presidentes latinoamericanos y del Caribe hacía esfuerzos para marchar en
esta dirección.
Sólo Chávez permanecía
agitando el cotarro, recibiendo el aplauso de manifestantes pagados, con sus
intragables peroratas y creyéndose el nuevo líder de la "revolución
mundial" y de la lucha contra las injusticias y la pobreza. Manía de
anacrónicos.