Me gusta haber corrido
buena parte de su segunda mitad. Me gusta lo que de él he mamado y que forma mi osamenta
vivencial.
Me gusta ser ciudadana de dos
tiempos con mi pensamiento crecido en la blasfema pero cierta posibilidad de desmentir a
Cohelet, hijo de David, y decirle:
¡Oh no! Sí que hubo,
hay y habrá cosas nuevas bajo el sol...
Y decirlo no me
significa vanidad, aunque, si lo fuese, creo que el hombre le demostró a ese Dios, que
parece que si lo hizo a su imagen y semejanza, que es capaz de retar y asumir, de luchar,
caerse, levantarse y vencer. Ese hombre que a pesar de tantas y terribles torpezas, no le
defraudó, y entonces, aceptable es la vanidad...
Me gusta como este
tiempo me obliga a estar alerta, a hurgar y descubrir, a pensar y actuar.
Amo sus tecnologías, su
dinámica, sus virtualidades...
En mi trozo de tierra,
en esta mi casa grande, mi país, me va a resultar apasionante seguir de cerca cambios,
nuevos estilos, observar a noveles actores que se estrenan en el complicado guión de
pasar de prometedores a cumplidores, de opositores a elementos activos y comparsas de una
Historia Oficial. En la tierra toda, se me brinda el prodigio de un mundo sin fronteras,
donde la inmediatez acuciará mis potencialidades, donde la globalidad dejó, hace tiempo
ya, de ser un giro semántico y snob, y me convierte en habitante universal sin importarme
sí por existencia propia o sí por pensamiento humano.
¿Realismo o nominalismo, qu'importe
qui...?
Me siento en parte,
hecha a la medida de sus exigencias, y si en esas exigencias encuentro, como creo, tiempo
para seguir sorprendiéndome, tiempo para seguir fascinándome, tiempo para abrigar mi fe
en el hombre, qué otra cosa mejor me resta, que no sea caminar este año 1999 preñado de
un guarismo que al sumarle, me brinda la mágica existencia del 28, múltiplo del
cabalístico 7.
Año 2000, como me
emociona tu cercanía.
Eleonora Bruzual
Enero, 1999