elviejoelpoder
 
El viejo, el poder y la Isla
 
 
Cómo un anciano le impone su voluntad a todo un pueblo
 
 
 
por Carlos Alberto Montaner  
 
ABC, Madrid, agosto 11 de 2002
 
Este agosto Fidel Castro cumple 76 años. Está viejo y enfermo, habla incesantemente, como siempre ha hecho, pero ahora le añade accesos de incoherencia a ese martirio oral, y unos extraños malabares con una dentadura postiza, rebelde y huidiza. No hay duda: está senil. ¿Lo ha convertido ese desgaste físico en un dictador más débil? Me temo que no. Mantiene intacto todo su poder. Nadie en el gobierno, y ni siquiera su familia -sobrinos, nietos- lo toman en serio, pero tampoco nadie se atreve a contradecirlo públicamente. Los trabajadores, sotto voce, no hacen otra cosa que quejarse amargamente de las condiciones penosas en las que trabajan y la miseria en la que viven, pero a ninguno se le ocurre organizar una huelga o una simple protesta. 
 
Los universitarios, convencidos de que Cuba es un país sin destino sueñan con marcharse al extranjero, pero jamás alzan sus voces en una asamblea para arremeter contra la situación de miedo y desesperanza en la que viven. Sólo un puñado de disidentes, permanentemente vigilados y acosados por la policía, tiene el valor de denunciar lo que allí sucede, mas sin demasiado éxito.  

El misterio del poder

 
Este fenómeno hay que explicarlo. ¿Cómo una persona anciana, con signos evidentes de decrepitud, puede controlar a todo un pueblo y llevarlo al precipicio? Hace pocas semanas, Castro sacó a las calles a medio país a desfilar y a gritar consignas, y luego casi nueve millones de cubanos, de una población de once, firmaron sin chistar una fervorosa petición de más ortodoxia comunista. El comunismo -ha decretado Fidel- es el fin de la historia. Cuba será comunista por los siglos de los siglos. En La Habana comienzan a hablar de “Fukucastro”. Otros prefieren “Castruyama”. Pero, pese a los chistes, la verdad es que millones de cubanos firmaron un texto en el que no creen, y luego vieron y escucharon en televisión los fervientes y unánimes discursos de los parlamentarios a favor de ese bodrio totalitario, incluido el que pronunciara Silvio Rodríguez, el cantautor de “El unicornio azul”, lo que motivó un epitafio anónimo que le dejaron sobre su asiento, y cuya autoría hoy investiga la policía política: “Fue tal la sumisión de este rastrojo/ que en su postrera agonía/ dijo que más bien creía que el unicornio era rojo”.
 
La clave de esa autoridad ilimitada y feroz está en la naturaleza de Castro y en la forma en la que este dictador se relaciona con la estructura de poder y con el conjunto del pueblo. Lo primero fue la intimidación física. Castro era más alto y corpulento que la mayor parte de los cubanos y desde la adolescencia cultivó una especie de matonismo bravucón y retador que a los 18 años le llevó a tratar de matar a un condiscípulo, Leonel Gómez, disparándole e hiriéndolo a traición. A ese rasgo de su carácter en su momento le añadió un componente político. Desde los instantes iniciales de la revolución, desde el periodo en que estaba en la Sierra Maestra, Castro se impuso a sus hombres por una especie de derecho testicular. Él era el más audaz y por ello exigía una suerte de sumisión primaria y tribal, de “mono Alpha”, no demasiado ajena a la tradición del país, muy machista y cultivadora de los valores más toscos, propios de los guerreros. Cuando se encontraba con subalternos que no estaban dispuestos a aceptar ese tipo de jerarquía primaria, como le ocurrió con Húber Matos, la ruptura y el encontronazo resultaban inevitables. Sólo había y hay una manera de relacionarse con Castro: bajar la cabeza y acatar en silencio, sin una discrepancia, sin el menor asomo de independencia de criterio, atribuyéndole constantemente una dosis sobrenatural de genialidad y sabiduría.
 
Derecho de vida o muerte
Pero para mantener esa autoridad inmensa hay que poseer algo más que capacidad y voluntad de intimidación. Castro aprendió con Maquiavelo que el Príncipe debe tener el monopolio de la fuerza última y él se reserva la expresión más importante de ese atributo: poder matar. Castro es el único cubano con autoridad para quitarle la vida a un compatriota o para autorizar a uno de sus sicarios a que se la quite. En la Argentina o el Chile de la dictadura un simple comandante podía tomar la decisión de matar a un enemigo. En Cuba eso es impensable porque Castro está convencido de que ese “privilegio” -disponer de la vida ajena- es un fortísimo símbolo de poder. Esto es verdad con los cubanos que fusila dentro de la Isla -el general Arnoldo Ochoa, el coronel Tony de la Guardia y tantos otros-, hasta con los que sus servicios secretos ejecutan en el exterior: Aldo Vera, José de la Torriente, Rolando Masferrer. Su razonamiento es transparente: el día en que un militar pueda matar sin su consentimiento previo, él mismo -Castro- puede ser la próxima víctima.
 
La contrapartida de este siniestro “derecho a la muerte” es el “derecho a la vida”. ¿Qué es eso? Pues que Castro es el gran dispensador de favores y privilegios. Nadie que no tenga la buena voluntad de Fidel puede ocupar un cargo medianamente importante. Y cuando esa persona, como le acaba de ocurrir a Robaina, pierde esa gracia divina, inmediatamente se convierte en un paria. Por eso en Cuba no hay tendencias ni grupos de poder. Para formar parte del aparato hay que mostrar siempre una total lealtad al Comandante. Se puede ser un falso  marxista, como Abel Prieto; se puede desempeñar el papel de un burócrata aséptico, como Carlos Lage; se puede jugar a Delfín amado, como Felipe Pérez Roque; pero lo que siempre hay que ser, a toda hora, y de manera obsecuente, es fidelista. ¿Qué es ser fidelista? Simplemente, asumir y repetir fielmente las palabras del Comandante ante cualquier asunto sobre el que haya opinado, y estar dispuesto a cambiar de criterio si así lo hiciera el “Máximo Líder”. Ser fidelista es abdicar de la facultad de pensar por cuenta propia e integrarse en el coro de los cortesanos. A partir de ahí llegan los privilegios: los Rolex de lujo, los coches, las viviendas. Incluso la comida: los miembros del Comité Central, por ejemplo, reciben puntualmente una cesta con leche, carne, frutas y vegetales que produce especialmente para ellos una granja destinada a ese fin. Es, sicológicamente, la “cesta de Fidel”.
 
El síndrome de indefensión adquirida
En Cuba, pues, no hay instituciones que funcionen independientemente de la voluntad de Castro, ni hay político o funcionario que tenga otro poder que el que Castro le delega y del que puede privarlo cuando desee. Y a esto se suma la presencia constante de la policía secreta, cuyo número, según los desertores del cuerpo, se calcula en sesenta mil. Esto quiere decir que prácticamente no hay nadie relevante en Cuba que no tenga sobre su cabeza el ojo de un espía o que no posea en algún archivo un voluminoso expediente. Dato que no ignora ningún cubano bien informado y que contribuye a crear un clima de sospecha y paranoia que conduce a la parálisis total. ¿Cómo no pensar en que las críticas son, en realidad, provocaciones? ¿Cómo creer en la posibilidad de rebelarse si toda la sociedad exhibe un comportamiento invariablemente dócil?
 
Un brillante sacerdote, José Conrado, que ha estudiado este fenómeno, llegó a la conclusión de que los cubanos, desde la infancia, adquieren y padecen lo que llama “el síndrome de indefensión adquirida”. Es decir, la melancólica convicción de que nada puede cambiarse, de que no son posibles los esfuerzos colectivos, y de que, ante esa realidad, lo razonable es asumir la cínica postura de obedecer y simular el grado de militancia que haga falta para poder sobrevivir en medio de la coerción y las penurias.
 

Después del Comandante

 
¿Hasta cuándo durará esta farsa? Lo presumible es que, tras la muerte de Fidel Castro, terminará la pesadilla. Mentir es desagradable, y pasarse la vida fingiendo puede resultar doloroso. Carl Rogers, el gran psicólogo norteamericano, le atribuía el surgimiento de las neurosis a las disonancias entre lo que se cree, lo que se dice y lo que se hace. Puede ser. Tal vez eso explique que Cuba tiene uno de los índices de suicidio más altos del planeta. Hace veintitantos años, cuando Reinaldo Arenas salió de Cuba, lo resumió bella y tristemente en una frase inolvidable: “¿por qué quiso abandonar su país?”, le preguntaron. “Porque quería estrenar mi verdadero rostro”, contestó.        
Agosto 11, 2002
 
 
Carlos Alberto Montaner

Vuelva a Opiniones

click
Carlos Alberto Montaner 
teme a la salida militar
Volver al
Home Page

 

Cartas a la Editora