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- No está en mi
estilo, ni en mi temperamento el uso y menos el abuso de adjetivos
grandilocuentes o escatológicos, soy un luchador social
acostumbrado a las efervescencias y bemoles de la diatriba política,
cuando aborrezco a alguna figura trato de no escribir sobre ella,
no obstante el término monstruo aplicado a la naturaleza (¿humana?)
de Hugo Chávez me parece justo y exacto. Su psicopatología no lo
exime de este juicio.
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- EL MONSTRUO
BAJO LA MÁSCARA
- por: Alfredo Coronil
Hartmann
- Caracas, 3 de
enero de 2003
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- Todos aquellos que tenemos
preocupación por Venezuela nos avocamos, inicialmente con curiosidad y por
que negarlo con alguna esperanza, al estudio del hombre que había
catalizado las frustraciones y desengaños del pueblo venezolano en la
elección presidencial de 1998. En mi caso particular, la naturaleza de su
discurso electoral me hacía ser bastante escéptico, pero resolví darle el
beneficio de la duda. Hoy no hay excusa ni subterfugio posible para verlo en
toda la aterradora realidad de su personalidad ególatra, sin atisbo de la
tan pregonada sensibilidad social y definitivamente apátrida.
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- Hugo Chávez no es sólo un
tirano, inepto, incoherente, balbuceante, es un traidor a la Patria –esa
“Patria” que tanto le gusta manosear y putear en sus peroratas folklóricas
y lamentables- nunca en la historia de Venezuela y pocas veces en las del
mundo se ha visto un acopio tal de disparates e irresponsabilidades. Se le
compara con Hitler, quien al fin y al cabo había hecho una obra material de
gobierno tangible e importante, antes del desenlace que todos conocemos y
condenamos. Con Mussolini cuya política social de los primeros tiempos no
es desdeñable aunque se estrelle frente al disparate de Abisinia y del
“Eje”. Con Fujimori, quien al fin y al cabo liquidó la locura de
Sendero Luminoso y sacó a la economía peruana de una inflación
exponencial intolerable, nada de ello lo excusa. Cada monstruo que ha parido
la historia ha tenido al menos un elemento de su labor de gobierno salvable,
aunque no llegue a atenuante frente al balance atroz. Tendríamos que
sumergirnos en la arqueología de la historia antigua, para encontrar algún
déspota degenerado que haya combinado como Chávez la total incompetencia y
la total abyección, una especie de Heliogábalo –Calígula al menos era
un buen escenógrafo- inútil y letal para su pueblo.
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- Que ante un cuadro como
el señalado en el párrafo anterior –no por colorido falso- pueda
pretenderse que cual modositos corderos vayamos incautos y dóciles a las
trampas leguleyescas de un gobierno que ha destruido el estado de derecho y
hace befa de los valores democráticos es insólito e intolerable. Se puede
ser bolsa, pero no a expensas de la sangre y la libertad de un pueblo
extraordinario que desautoriza la necedad.
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- Ni la comunidad
internacional, ni un grupo de países “amigos” –trampa cazabobos en la
cual ha caído inexplicablemente la Coordinadora Democrática- ni las
medidas cautelares de las cuales hace el gobierno motivo de escarnio,
bastan. Venezuela tiene que exorcizar a su propio monstruo, eliminarlo,
borrarlo de la escena política nacional y tiene que hacerlo ya. Toda
connivencia con este régimen es suicidio. Después del curetaje, tendrán
que tener su lugar –eso es distinto- las fuerzas sociales que el chavismo
aglutinó y que tienen derecho a actuar y hacerse sentir en el país. Albert
Camus, en sus “Cartas a un amigo alemán”, lo dijo
admirablemente: “... no es el odio el que hablará mañana, sino la
justicia misma, fundada en la memoria”.
Ni Lula, ni las FARC, ni el cocalero boliviano, ni el señor Castro,
no van a obligar a cargar con esta versión tropical de Pol Pot. Nunca.
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- * Alfredo Coronil Hartmann
- Abogado e Internacionalista
- Secretario de Asuntos Internacionales
- Repreresentante Ante la Internacional
Socialista
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