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El fin sin gloria 
del presidente Chávez
 
 
 
 
 
 
 
por Carlos Alberto Montaner  
 
Fue en San José. El presidente chileno Ricardo Lagos recibió un papel de manos de uno de sus edecanes y se le oscureció el semblante. En ese momento dirigía una mesa de jefes de gobierno y cancilleres de América Latina. Era 11 de abril de este año y se habían reunido en Costa Rica para examinar los asuntos más urgentes.
 
Entre los jefes de estado, por cortesía del presidente Miguel Angel Rodríguez, anfitrión de esta ''cumbre'', deambulaban unos cuantos ''invitados especiales''. Yo era uno de ellos y no demoré en saber lo que estaba ocurriendo: llegaban noticias de una marcha monstruosa de la oposición, insubordinación militar y la renuncia de Chávez. Unos cuantos de sus ministros y colaboradores más cercanos estaban solicitando asilo político a los embajadores latinoamericanos radicados en Caracas.
 
La reacción privada de los presidentes con los que pude conversar fue de júbilo contenido. Nadie podía dar muestras de alegría públicamente, pero todos parecían muy satisfechos de lo acontecido. Chávez era un pintoresco charlatán, hijo extemporáneo de un cruce entre Gadhaffi y Fidel Castro, concebido in vitro por el fascista argentino Enrique Ceresole, su mentor ideológico, empeñado en hacer una imposible revolución ''bolivariana'' que nadie sabía exactamente en qué consistía, salvo que se trataba de una cosa desordenada y empobrecedora. En todo caso, no eran sus polvorientas ideas lo que lo hacía particularmente desagradable ante sus colegas, sino los disparates y excentricidades con que solía entorpecer las reuniones internacionales.
 
Pero había un problema: no obstante la secreta alegría que generaba la salida de Chávez, las circunstancias en que ésta se producía resultaban muy incómodas. Por primera vez desde la independencia, con la excepción de Cuba, todos los gobiernos del continente eran el producto de elecciones libres y plurales, y se había logrado una especie de consenso general de apoyo a la democracia y rechazo a los golpes militares o a solucionar por la fuerza las crisis que surgieran, por muy agudas que fueran. 
 
Chávez podía ser tan molesto como bailar con una piña debajo del brazo, pero cancelar su mandato por la fuerza no podía justificarse en los tiempos actuales. En consecuencia, los presidentes reunidos en San José emitieron una declaración de condena a la forma en que Chávez salía del poder. Había una cierta ambigüedad en el texto, pero el efímero gobierno postchavista lo interpretó como una forma de severo rechazo internacional.
 
Fue una lástima que los presidentes latinoamericanos no hubieran conocido entonces la reciente sentencia del Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela: en el país no hubo un golpe militar, sino un vacío de poder ante la renuncia del presidente Chávez motivada por la negativa de los militares a cumplir sus órdenes de poner en marcha el Plan Avila. De no haberse insubordinado, en lugar de los 19 muertos y casi cien heridos baleados por los seguidores de Chávez, las víctimas desarmadas e indefensas se habrían contado por millares. Los soldados, sencillamente, no estaban dispuestos a cometer un genocidio de esa naturaleza contra una manifestación pacífica de ciudadanos. Sus jefes conocían la doctrina jurídica que indica que los hombres y mujeres de uniforme no pueden seguir órdenes contrarias a los derechos fundamentales de las personas, ni les es dable invocar el principio de ''obediencia debida'' para tratar de explicar los crímenes de guerra. Esto ya quedó claro en Nuremberg y se ha reiterado recientemente en el conflicto de la ex Yugoslavia.
 
Tras la sentencia del TSJ venezolano, Chávez ha decidido hacerle la guerra al poder judicial y amenaza con una serie de medidas que van desde volver a cambiar la constitución hasta tratar de echar a los magistrados que votaron en contra suya. Sólo que ya es un presidente muy débil y desacreditado para poder ganar esta batalla. Con un 21 por ciento de desempleados, el setenta por ciento de la población en contra, y una economía en picado como consecuencia de la incertidumbre, la falta de confianza y la corrupción imperante, lo probable es que a corto o medio plazo vuelva a colocar a su gobierno ante una crisis definitiva.
¿Cómo va a ser ese encontronazo final?
El jurista y escritor Américo Martín, uno de los líderes más respetados de la oposición --ex comandante de la guerrilla en los años sesenta--, lo vaticinó persuasivamente a su paso por Estados Unidos en una reunión de alto nivel celebrada en Washington: Chávez saldrá del poder como resultado de sus violaciones de la ley. Es el responsable indirecto de las diecinueve muertes ocurridas el 11 de abril y de graves obstrucciones de la justicia encaminadas a impedir las investigaciones correspondientes.

Su gobierno ha perpetrado las mayores malversaciones de la historia venezolana: miles de millones de dólares han ido a parar a bolsillos privados o a fines no previstos por la ley. Ha manejado los recursos de la república como si fueran propios y ha intentado burlarse de todas las instituciones de la nación. Al cabo, el poder judicial y el legislativo --donde ya ha perdido la mayoría-- se concertarán para sacarlo de la casona de Miraflores, probablemente esposado. Cuando eso ocurra, todos los presidentes de América Latina respirarán aliviados.
 
Agosto, 26 de 2002
 
Carlos Alberto Montaner
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