diciembresiemprediciembre

 
En Diciembre,
siempre en Diciembre
En Diciembre, siempre en Diciembre..., es como si un duende anduviera por las calles colándose por las rendijas de los corazones y una vez allí, recobrara a ese niño que todos llevamos dentro.
Ese mismo niño, el que siempre busca excusas para llegar hasta las tiendas  con el pretexto de los hijos en otros tiempos y de los nietos en el ahora, mientras se pierde por los pasillos abarrotados de las jugueterías, entre  cajas de llamativos colores, donde las muñecas nos hablan de instintos maternales  que comenzamos lejos, demasiado lejos del hoy, en esta distancia que cada vez se hace mas larga, consecuencia de los las millas y los años que nos separan de los sitios y las horas de la niñez.
Allí, en esas bellas y deslumbrantes jugueterías nos detendremos también ante esos trenes que no se cansan de recorrer los mismos rieles, como aquellos que llegaban hasta nuestros pueblos, casi siempre puntuales para llevarse los sueños y tardíos para devolverlos.  
 
Y nos iremos en uno de sus vagones, recorriendo campiñas verdes sembradas de palmas y blancos aguinaldos y de niños corriendo mal vestidos que nos dicen adiós a nuestro paso.


Seguimos en ese nuestro recorrido de ahora hasta unos soldaditos que, en atención perenne, se quedaron para siempre, como si pretendieran hablarnos de guerras pasadas, las que nunca debían haber ocurrido, o nos previenen de las que aun están ocurriendo, o de las que pueden comenzar en cualquier momento, robándonos lo mejor de nuestras vidas.
Pero los días siguen aprisa, como si el tiempo en esta época no se quisiera demorar.
Los árboles navideños van surgiendo, nos rodean  con su carga de luces y su parición de cristales iridiscentes, obra de la fantasía de los decoradores profesionales y sin el amor de las manos maternales que los crearon para nosotros en el pasado. 
Ahí se quedan con nuestra admiración, mirándonos ir y venir desde las vidrieras,  en sus contrastes de verdes y rojos, de luces guiñándonos los ojos, de cintas que nos envuelven como símbolos de eternas bienaventuranzas.
Se recrean los pesebres donde el niño mas pobre del mundo, hijo de una virgen y un carpintero, naciera una noche de estrellas, en un pueblo distante que hoy no le reconoce.  
Y nos preguntamos cómo es posible que después de dos mil años, sólo tres reyes siguieran la estrella rutilante hasta ese niño que marcaría un rumbo histórico para la humanidad,  aquel que nos regaló una filosofía de vida en la que el amor y la generosidad del perdón, superan al odio y la altanería, la ambición y el egoísmo.
El tiempo apremia saltando los días que se van de prisa y  ya casi estamos frente  a esa noche especial en la que nos reuniremos olvidando pequeñas desavenencias  que surgieron a lo largo del año, en tanto tratamos de superar  orgullos absurdos en un intento de ser mejores, al menos, por una noche.
Es Nochebuena, un villancico con sus notas,  o la postal tardía de  un viejo amigo,  nos arranca del presente y nos lleva de golpe hacia tiempos pasados, hacia calles que no andamos ya,  lejanas aceras donde otras casas que sólo nosotros reconocemos nos esperan. 
Tal vez el barrio es más humilde, las calles son más cortas, la casa más pequeña y en la juguetería no existen todavía los juguetes electrónicos, ni por la sala nos persigue con su luz molesta, el monstruo de un solo ojo llamado cámara de video,  en un intento de capturarnos para el futuro en estos instantes que mañana llamaremos recuerdos.

Sin embargo, allí están aquellos que hicieron especiales nuestros días, los abuelos de lejanas raíces consolándose en nuestras mejillas por el vacío de sus nostalgias, esas mismas que nos invaden ahora a nosotros.
Y volvemos a correr por las aceras rotas con los hijos de los vecinos y los primos recién llegados,  sin el temor a los peligros que hoy acechan a nuestros nietos, nada más traspasan las puertas de sus casas.
Nos reunimos con los que ya no existen,  los tíos que ahora viven lejos o ya se han muerto y  los primos cuyos paraderos desconocemos,  regados como están  por esos mundos.  Allí están todos, sentados a la mesa,  con nosotros,   sin excusas que los alejen en un día así, envueltos por los aromas de frescas colonias y sazones criollas.
Y surge el ritmo criollo y  allí están nuestros padres, aun jóvenes, bailando aquellos danzones y guarachas cuyas notas un radio escandaloso lanza al aire para animar la fiesta, en un final feliz de aquellas noches.  Si alguien nos estuviera observando, nos vería sonreír.
Y cerramos la postal con su rutinario mensaje que no nos dice nada especial, aunque
encierre  el sentimiento de quien la envía, que es lo que la hace diferente y con ella,
cerramos el pasaporte hacia el pasado repleto de memorias, que evoca en nosotros el milagro de la época este año también.  

La navidad  llegó al fin para nosotros,  aunque la tarde se vaya despidiendo más temprano que otros días y nos rebelemos al deber de las compras apuradas, de las preocupaciones innecesarias.  Acaba de llegar y con su presencia, nos deja su carga de añoranzas como un saco de juguetes a las puertas del corazón,  rindiéndonos  a la agridulce melancolía de su estancia.
Buscando excusas, nos escaparemos del ajetreo hacia algún rincón, limpiando  lagrimas
que siempre tratamos de ocultar en estos días,  las mismas que tercas se empeñan en rodar cuesta abajo por nuestras mejillas cada vez menos tersas,  como lo han hecho todos estos años,  por más que intentemos escabullirnos a la emoción de la nostalgia, aferrándonos a deberes de última hora.
 
Y así, alguien nos llama desde la cocina y  alguna caerá en la masa de los buñuelos que nunca sabrán como aquellos a los que nuestras madres daban su propio sabor, tal vez con alguna lagrima de su propia cosecha, o salpicaran el pernil que asamos en el horno,
como lo aprendimos de nuestras madres que hoy no están con nosotros, como lo aprendieron ellas de sus madres que mucho tiempo atrás se quedaron en nuestras patrias entre mármoles y flores.
En este instante, demos gracias a Dios por las viviencias, esas, las que hoy conforman nuestras vidas y sin las cuales, no existiría la emoción que da sentido a los minutos.

Y demos gracias también, por este corazón que late y existe aun para albergarlas, desde el cual, saltaran un día hacia otro corazón de la familia,  tal vez hacia el de una de esas nietas que  nos arroban en el presente, ocupando el lugar de las muñecas que ya no conservamos.
Pidamos a Dios, porque ellas sigan la tradición de guardar viejos baúles de memorias en un rincón del corazón, como lo hicimos nosotras, aunque sólo los abran una vez cada año, en Diciembre, siempre en Diciembre...
 
 
Norma Hopson

Juanandrea@aol.com
Miami, Fl.

 
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