- Elogios a la curiosidad!!!
- Mi abuela, que vivía en Monte Hermoso Pcia. de Buenos
Aires, solía decir que para que un desconocido supiera donde estaba la panadería debía,
muy temprano, seguir a los abuelos, todos iban o venían de allí. Por supuesto aconsejaba
seguir a quien fuera con la bolsa vacía, lo contrario significaba terminar en la casa del
perseguido, sin haber sido invitado. Mi abuela era sabia, aunque habrán notado que
también era irónica.
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- El titulo de este relato evoca un muy agradable y
simpático libro, de entro otros tantos que escribió Mario Bunge, en el que con impecable
sencillez, claridad y buen gusto, describe curiosas particularidades culturales de algunos
de los diferentes lugares que ha recorrido por el mundo. En mas de una pagina me he
tentado a comer motivado por el apetito que me despertaba la descripción de algunas
exquisiteces culinarias típicas del lugar que describía. Parafraseando su titulo, aunque
sin su autorización esperando no exponerme a un juicio por plagio, quiero relatar una
mirada distinta con la que ayer observe una pequeña ciudad rionegrina, llamada Cinco
Saltos.
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- La avenida principal que sirve tanto de ingreso como
egreso a la ciudad, como todas es de doble fila, ornamentada con frondosos arboles por
debajo de los cuales se siente uno transitando por debajo de una pérgola. En la medida en
que se avanza la armoniosa paz del ritmo de su vida parece contagiarlo a uno, como en una
clase de yoga que desacelera el ritmo cardiaco a tal punto que uno se siente parte del
universo. El vehículo parece desautorizar la presión del pie sobre el acelerador y sin
querer circula a la misma velocidad que lo hace la gente caminando. Todas las calles
están limpias y ordenadas, su arquitectura, propia de los años sesenta, conserva además
del encanto de aquel tiempo, la pulcritud de su prolijidad maravilla, los arboles y sus
jardines correctamente podados, veredas anchas y gentiles. Nadie usa celular, al menos no
lo evidencia, sin embargo parecen estar todos comunicados, sin que nadie pase inadvertido.
Nadie respeta los semáforos porque obviamente no existen. Irrespetuosos, los vehículos
no frenan en las inexistentes sendas peatonales, y la gente inconsciente cruza por
cualquier lado sin detenerse a observar si alguien lo va a pisar, quienes conducen los
vehiculos frenan y además cordialmente se saludan. Extraña manera de vivir !!.
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- En esta ciudad, como en cualquiera del mundo, hay bancos,
oficinas, comercios, empresas, escuelas, iglesias, bares, institutos de ingles y de
computación. Hay Internet. No hay hipermercados. Hay ferreterías, librerías, farmacias,
despensas preciosa plazas con asientos íntegros y cuidados, hasta con algunos bebederos
como los de antes. Me aventuro a suponer que su gente no consume esas mezquinas vanidades
con las que otros se enorgullecen. Los autos no son modernos pero parecen nuevos.
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- Mientras iba al lugar al que me dirigía me acorde de mi
abuela y no sé porque me dieron ganas de ir a una panadería. No pude seguir su consejo,
al polietileno reemplazo a las bolsas de los mandados, por lo que tuve que consultar la
ubicación de alguna, con tanta suerte que fui guiado a la más antigua de la ciudad, en
una gran esquina, como todas las cosas importantes de una pequeña ciudad. Ya en su
interior me pareció recordar el mismo aroma que invadía la panadería del Monte Hermoso
de mi niñez, el mobiliario aunque antiguo, perfectamente cuidado, lo que manifiesta la
nobleza del material y el grado de conciencia con que fueron . Me llamo poderosamente la
atención tres inmensas carameleras llenas de golosinas y souvenir de cumpleaños o
aniversarios, como gigantes tubos de ensayos llenos de dulzura, con los que antaño
también yo me engolosinaba. Esta panadería no estaba reciclada, estaba prolijamente
cuidada y mantenida desde siempre, como si siempre fuese nueva.
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- Mientras esperaba ser atendido, era precedido por tres
personas, dos hombre y una mujer, uno de los cuales le cedió su turno a Doña Amelia,
mientras se disponía continuar la charla con su ocasional compañero especulando sobre la
posibilidad de que este fuera un buen año para la fruta, siempre y cuando no caiga una
helada tardía o un temporal de granizo, ya le habían dicho en la cooperativa que en
Europa iban a necesitar mucha fruta, porque además se la iban a vender a los Rusos y a
los Chinos. Este dialogo entre dos ingenuos parecía describir una partida de ajedrez, en
la que ambos desconocen las verdaderas intenciones de los jugadores, y que con toda
seguridad, insospechada por ellos, no iban a ganar lo que imaginaban, muy a pesar de los
mejores augurios económicos que pudieran tener. Cuando todos se fueron quede solo frente
al dueño, de aproximadamente 40 años, quien acompañado de su madre me atendieron
cordialmente, porque en este comercio, como en casi todos los de esta ciudad, no se
despacha a la gente, aquí se la atiende. Los felicite, lo que me permitio mantener un
dialogo por el que además de enterarme de algunas particularidades, me ayudo conocer el
lugar donde fabrican el pan. Me presentaron al maestro panadero, quien desde hacia años
trabajaba en el lugar y ya había hecho varios cursos para aprender a hacer pan y otros
alimentos con las modernas maquinas que habían ido renovando, la incorporación de
tecnología no impidió que ninguno dejara de ser un , moderno artesano, porque en cada
pan, cada galleta, bizcocho, maza o trincha que allí hacían había mucho de cada uno de
los que colaboraban, todos sabían lo que hacían y nadie era ajeno a la responsabilidad
de lo que producían, sus manos eran tan activas como su inteligencia en algo que además
ofrecían con cariño.
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- Me fui comiendo unos "cuernitos" felizmente
sugeridos por el dueño, manejaba ahora por los barrios mas humildes de la ciudad, en los
que es evidente la falta de trabajo y de dinero. El mismo esmerado cuidado había en sus
calles empedradas, en sus veredas de cemento o de tierra muy barridas y limpias, casa
sencillas casi precarias, pero cuidadas, con arboles, césped y hasta algunas plantas
abundantemente florecidas exponiéndose sin el miedo a que alguien las arranque o se las
robe. Lo curioso de estos barrios es que aun ante la evidente escasez de recursos, existe
una abundancia de voluntad con la que sin dudas se llevan a cabo aquellas cosas sencillas
que honran a quien las hacen, les da un aire superior, parecen hechos de otra madera. Todo
tiene dueño, aunque todo parece de todos.
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- En esta ciudad, como otras de Río Negro y del mundo, un
ingenuo podría suponer que el tiempo no pasa, sin embargo una visión más sensata y
realista alimenta mi conclusión definiendo lo contrario, el tiempo pasa como en todos
lados, pero pasa bien, no enferma, su paso es armonioso. Por suerte muy alejado de esa
estúpida eficiencia con la con la que algunos suponen crecer aceleradamente en la
esquizofrenia y el abandono de la identidad de sus habitantes. En algo podemos todos
coincidir, en Cinco Saltos todos los días alguien muere, mientras otros nacen, algunas
parejas se separan, otras se juran amor eterno, algunos crecen otros se funden, el correo
envía idéntica cantidad de telegramas colacionados y de portales, alguien llora mientras
otros ríen. Su gente no a perdido esa hermosa costumbre de dar dos besos, uno en cada
mejilla, muy distinta a la clásica cachetada de las grandes urbes.
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Antes de volver me encontré circunstancialmente con un
amigo, con quien comentaba estos aspectos, aunque su visión era algo distinta a la mía.
Aseguraba que la gente era muy egoísta, conclusión que elaboraba luego de observar que
no había chicos mendigando o pidiendo por las calles.
En Cinco Saltos, como en todo el mundo hay locos, aunque
curiosamente no hay psicólogos.
Ricardo Kleine Samson
Neuquen, 28 de octubre de 1999
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