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NI PARA DERRETIR “CARMELITAS”
Por Angélica Mora
Los cautivos del talibán y al Qaida que se encuentran en la Base Naval de Guantánamo, ofrecen un  agudo contraste con los anteriores prisioneros que fueron albergados en esa dependencia estadounidense, los balseros cubanos.

Los cubanos huían de la Isla por motivos políticos o empujados por el deseo de una vida mejor en Estados Unidos.  Eran detenidos en la travesía o rescatados desde los cayos entre Cuba y Florida y enviados a la base a esperar que se definieran su estatus, donde podían o bien entrar a la tierra de las oportunidades o ser devueltos a la patria, con los problemas más agravados que en la partida. Los cubanos que llegaban  admiraban a Estados Unidos, su libertad y las posibilidades de vivir una vida mejor.

Los actuales cautivos fueron apresados en una lucha generada en el terrorismo y el odio hacia todo lo que representa Estados Unidos y sus instituciones.

Con los balseros, los militares estadounidenses mantenían al principio una estricta disciplina en la base. Habían dividido los campamentos y sus prisioneros según los datos que tenían de los que llegaban, que no eran muchos, ya que la mayoría lo hacía con sus papeles completamente inservibles por el agua del mar.

Los actuales prisioneros se resisten a los interrogatorios y han mantenido una actitud hostil hacia los militares que los custodian.

“Todos estamos tensos” dijo Wesam Kamhia, un soldado de origen sirio que está sirviendo de intérprete a los cautivos. “No estoy seguro si se puede distinguir entre los terroristas y los que no lo son. Gran parte me ve como traidor porque hablo igual que ellos, pero estoy sirviendo al enemigo. En muchos se puede ver el odio aflorando en la mirada... que no puede ser simulado”.

Los primeros cubanos que fueron llevados a la Base Naval de Guantánamo y que formaban la gran ola de balseros que huyeron de la Isla  a comienzos de 1994, se encontraron con un lugar desértico y sin ningún tipo de comodidades. Vivían en tiendas de campaña agrupadas en campamentos con nombres como India, Golf y Charles. Los indisciplinados eran enviados al campamento X y si mejoraban su conducta eran devueltos a sus carpas de origen junto a sus familiares y amigos. Fui varias veces a visitar la base, o GITMO como la llaman los militares estadounidenses.
 
La primera vez  me encontré con un sitio lleno de polvo, calor  y desolación. Los campamentos estaban separados por varias líneas de alambre de púa y  afiladas aristas de acero. La desesperanza era el sentimiento que prevalecía entre los cubanos.
 
La segunda vez estaban más organizados. Se habían sobrepuesto a los recuerdos de la travesía, la adversidad y el hecho de que estaban en un limbo. Se habían hecho amigos de los guardias, de los oficiales y hasta del mayor que estaba a cargo de la base. Estaban ayudando a construir cabañas como viviendas.
 
En visitas posteriores ya parecía todo una pequeña Habana. Los balseros habían levantado una rústica capilla para la virgen de la Caridad del Cobre, que fue bendecida por el padre Francisco Santana, tenían una escuelita, una biblioteca y un salón de fiestas. Y todos se entretenían haciendo muebles con la poca madera y cartón que conseguían. Hacían  reproducciones en miniatura de las precarias embarcaciones y balsas en que habían salido huyendo de Cuba. Muchas de estas balsas las colocaban dentro de pequeñas botellas y cada cual se afanaba para que su obra fuera la mejor. (Me regalaron muchas de estas reproducciones, cuadros, esculturas y otros trabajos manuales, que en este momento estoy viendo en mi escritorio, mientras escribo esta nota y que para mi valen más que un Picasso).
 
Pero en lo que más se esmeraban los cubanos  era en crear verdaderas obras de arte con las cajas de las raciones de alimentos de los militares que ellos recibían y que apodaron “carmelitas” por el color marrón de su envoltura. Con gran cuidado las derretían y usaban el material como base para sus esculturas.
 
Con los meses se borró el término  “por tiempo definido” con que los habían amenazado las autoridades y salieron con rumbo a Estados Unidos, donde muchos han cumplido su sueño de libertad y prosperidad.
 
El lugar hoy lo ocupan miembros de al Qaida y el talibán, que están dispuestos, salvo raras excepciones, a matar a sus guardias al menor descuido posible. Estoy segura que nunca se les va a permitir derretir “carmelitas”, como lo hacían los pacíficos balseros cubanos.
 
por Angélica Mora

desde Washington

angelicamorabeals@yahoo.com

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