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Chávez o el dictador impotente
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Por Carlos Alberto Montaner
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- Domingo 17 de febrero de 2002
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- Publicado por el Nuevo Herald
Madrid -- Juro que el título de este artículo no es un diagnóstico médico
sino la descripción de un hecho político. La crisis venezolana no es endocrina
sino auditiva. Hay ruido de cacerolas, incluso grabado en casetes y CD-Roms para
no tener que golpear los cacharros de cocina. Eso se llama resistencia high-tech.
Hay ruido de sables en los cuarteles, sordo, pero extendido, de cuya intensidad
recientemente fueron buena muestra las protestas públicas de un par de oficiales
que dieron su do de ingle. Hay ruido en la prensa, que no se calla, aunque la
acosen y amenacen. Hay ruido en los estadios y sitios públicos, cuando entra
Chávez y el respetable le recuerda a la inocente autora de sus días. Hay ruido
en los púlpitos de las iglesias, en las universidades, en las empresas, entre
los campesinos. Es el ruido total.
¿Qué ha pasado? ¿Por qué ese concierto? Algo curioso. Chávez se aprovechó del
razonable descontento de los venezolanos con el mal funcionamiento del sector
público y en tres elecciones sucesivas secuestró y rediseñó el estado venezolano
a la medida de sus fantasías revolucionarias. Cuando comenzó su carrera política
tenía a la sociedad a su favor y al estado en contra. Recurrió a las urnas,
cambió al estado, se lo pasó por el forro de una nueva república, y puso proa
hacia un feliz destino libio-cubano basado en las locuras teóricas de un
fascista argentino preñado por el fundamentalismo islámico en una temporada
antisemita de pasión iraní. ¿Resultado? Ahora Chávez tiene el estado a su favor
y a la sociedad civil en contra.
Chávez no entendía que los venezolanos no querían una revolución, ni a un
presidente pelotero, ni a un charlatán de feria, ni enfrentarse a los vecinos
colombianos respaldando a las narcoguerrillas comunistas, ni irritar a
Washington, ni armar una verbena ''bolivariana'' antiimperialista por medio
continente, ni querían ejercer la caridad con el menesteroso Castro, tan viejo,
tan pobre y tan loco, empeñado en mantener un sistema absurdo que es la versión
socialista del perro del hortelano: ni produce ni deja producir. Los venezolanos
sólo querían buena gerencia, crecimiento económico, honradez en el manejo de los
recursos, sensatez y caras nuevas. La indignación general que llevó a Chávez al
poder no era contra el sistema sino contra sus fallos. Las cuatro décadas de
libertad y democracia que los venezolanos habían disfrutado desde la caída de
Pérez Jiménez habían calado hondo: estaban inconformes, pero eran profundamente
demócratas y adictos a la libertad y la tolerancia.
Naturalmente, a un pueblo con esas características es muy difícil arrastrarlo
voluntariamente a un sistema totalitario. Los venezolanos, con cierta dosis de
ingenuidad, permitieron que Chávez creara una maquinaria estatal al servicio de
sus delirios, pero cuando le vieron las orejas al dictador salieron a protestar.
Pronto descubrieron que con Chávez había más corrupción que en el periodo
democrático. Y había más ineficiencia, más despilfarro, más arbitrariedades.
Chávez había multiplicado los males de sus antecesores, pero les añadía el
peligroso aditamento de una aventura revolucionaria latinoamericana que crispaba
a toda la sociedad: en menos de tres años se había peleado con la Iglesia, con
los sindicatos, con los estudiantes y con las tres cuartas partes de las fuerzas
armadas. Según las encuestas más fiables, hoy la proporción de quienes lo apoyan
anda por el veinte por ciento. El 80 restante lo quiere fuera del gobierno, y de
ser posible, disfrutando de la cálida hospitalidad habanera.
El panorama, pues, es muy obvio: Chávez no puede hacer su revolución
porque tiene a casi todo el país en contra. No puede apoderarse de los
periódicos, ni fusilar enemigos al amanecer, ni apalear a los indiferentes hasta
convertirlos en sujetos dóciles a su voz de mando, ni puede extender los
tentáculos de su policía política, porque son decenas de miles los militares que
aborrecen su gobierno. La sociedad civil, por otra parte, carece de mecanismos
legales para poner fin a esta pesadilla porque las instituciones del estado
están en poder de Chávez. ¿Cómo se rompe este empate? Probablemente, cuando la
nación se haga aún más ingobernable y el locuaz coronel tire la toalla ante las
presiones que tendrá que sufrir desde todos los ángulos.
Nota final: cuando Chávez sea historia antigua --tal vez pronto-- habrá
que evaluar el papel de seis mujeres periodistas en esta batalla de la sociedad
civil contra el estado. Chapeau ante estas mujeres aguerridas e
incansables: Patricia Poleo --premio de periodismo Rey de España, autora del
apasionante libro Tras la huella de Montesinos--, Marianella Salazar,
Martha Colomina, Eleonora Bruzual, Ibeyise Pacheco y Maky Arenas. ¡Dios mío!
Contra esa media docena de mujeres no hay quien pueda. Chávez --y eso se verá--
no pudo.
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