Madrid -- Hugo Chávez
presume de que le gusta leer. Eso es conmovedor. Lo mismo cita a Kant que a
Armando Manzanero, y hasta los confunde y no sabe si el imperativo categórico
es una cosa que se baila apretado, o si lo que vio llover es la crítica de
la razón bolivariana. En todo caso, no hay duda de que el presidente
venezolano tiene una honda inquietud filosófica. Es como si estuviera a la
búsqueda de una inspiración, de un ramalazo ideológico que le ilumine la
senda revolucionaria. Hace pocos días, en el transcurso de un par de
semanas, se declaró maoísta, proiraní, segundo Fidel Castro de América y
vengador de Malasia, a la que desea llamar Buenasia, trámite que le parece
menos embarazoso que convencer a Putin --otro de sus amores-- de que
abandone ese peligrosísimo apellido antes de que sus enemigos de la CIA le
muden el acento de sílaba.
Los venezolanos deben estar orgullosos de tener
un jefe de estado tan ilustrado. Y como la función de los periodistas es
contribuir a estimular ese denso clima intelectual, le voy a recomendar a Chávez
un libro que acaba de ponerse en circulación en Caracas, pero que no tardará
en inundar el mercado planetario: América y Fidel Castro, escrito por Américo
Martín, agudamente prologado por Teodoro Petkoff y editado por Panapo. Si
yo fuera el presidente saldría corriendo a comprarlo. Especialmente porque
fue él quien declaró que Venezuela se dirigía o navegaba hacia las cálidas
aguas cubanas. Si se va a meter en esa piscina es bueno que sepa lo que le
esperan a él y a su pueblo.
Américo Martín fue un joven revolucionario
venezolano que en la década de los sesenta intentó repetir en Venezuela la
experiencia cubana. Fue a La Habana, se entrevistó con Castro, forjó lazos
políticos y regresó a su país decidido a emular al máximo líder. Poco
después creó y dirigió un frente guerrillero, alcanzó el grado de
comandante, y, finalmente, acabó en la cárcel. Indultado a los pocos años,
todavía bajo los efectos de la influencia marxista, tras terminar la
carrerra de derecho y convertirse en un brillante abogado, aspiró sin éxito
a presidente, fue diputado, y pasó por la política con una honradez
absoluta que ni sus enemigos ponen en duda. Mientras discurría su
accidentada vida, Américo Martín se fue alejando del comunismo en un
recorrido perfectamente previsible: primero socialista de izquierda, luego
socialdemócrata, y, finalmente, liberal. La experiencia práctica y mil
buenos libros lo habían convertido en una de las personas más lúcidas de
su país.
El libro es mucho más que un análisis de Castro
y su longevo gobierno. Es un estudio de las revoluciones, del caudillismo, y
de las principales corrientes políticas que han dominado el panorama
latinoamericano a lo largo del siglo XX. En cierta medida, es una historia
ideológica de la centuria que terminó, salpicada de erudición y de agudísimas
interpretaciones. Sin embargo, Castro está en el punto de mira. Es la
figura principal de la obra. ¿Cómo lo caracteriza? Con una frase certera:
es ``un bronco Pizarro armado con el arcabuz del leninismo''. El comunismo
le ha brindado una coartada y un método para poder ejercer su tiranía
personal sin limitaciones. Al final de su vida todo el entorno del barbudo
cubano sabe que equivocó el rumbo, pero nadie se atreve a decirlo. Castro
es el único que tiene la llave para salir de la ratonera, pero prefiere que
lo entierren con ella en el bolsillo.
Alos venezolanos este
libro les llega en el momento adecuado. Chávez ha declarado que él es un
segundo Fidel Castro y no hay razones para desmentirlo. En el país se oyen
gritos de alarma contra la creciente cubanización. Al frente del aparato
productor de petróleo ya ha sido colocado Alí Rodríguez, un hombre muy
cercano a los servicios cubanos de inteligencia, y hoy, para más preocupación,
secretario general de la OPEC. Decenas de asesores cubanos, discretamente
--todo lo discretamente que pueden actuar los cubanos-- intentan controlar
el ejército, la cancillería, la policía política. Y no actúan con
lentitud. Castro le ha sugerido a Chávez que radicalice cuanto antes el
``proceso''. Quiere ver el desenlace antes de morirse y ya le queda poco
tiempo.
Su tesis es simple: si Chávez no descabeza
urgentemente a sus enemigos, le ocurrirá lo que a Allende. ¿Cómo puede Chávez
acelerar la revolución? Atemorizando a los medios de comunicación hasta
hacerlos callar, creando problemas sindicales en las empresas que no se
plieguen, sobornando y corrompiendo a los militares. Al contrario de lo que
sucedía en Cuba, a Chávez no le resulta urgente apoderarse de las riquezas
del país. Ya las tiene. El petróleo significa el 70 por ciento del PIB. ¿Para
qué más en esta fase de la lucha?
Es difícil creer que Chávez pueda prevalecer,
pero no que lo intente. Chávez quiere hacer una revolución antioccidental,
antimercado, antidemocrática, que por una punta se parezca a la cubana y
por la otra a la libia. ¿Por qué? Porque tiene una idea de la realidad
patológicamente tercermundista. Por ese camino va a precipitar a los
venezolanos a una catástrofe. Y si yo fuera uno de ellos me llevaría el
libro de Américo Martín para ir leyendo en el accidentado trayecto. Los
soldados también mueren en las guerras avisadas, pero al menos entienden lo
que les pasa. Eso siempre sirve de consuelo.