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cervantino
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- Un cervantino
- por Julio Ortega
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- Cabrera Infante es uno de los escritores
latinoamericanos de estirpe cervantina melancólica. Toda su obra es una
disparidad entre el amor por el mundo y la imposibilidad de habitarlo. Esa
herida alienta la varia divagación de su escritura sin centro. Cervantino,
la realidad se le torna incólume y, a la postre, intolerable. Pero en lugar
de confundir a los molinos de viento con gigantes a nombre de un discurso
heroico, Cabrera los suele tomar por fantasmas de un museo imaginario. Bien
visto, esos espectros no tienen casa; y ese museo es una película dudosa.
Esto es, el mundo de Cabrera está sostenido por la nostalgia. Por la más
liviana de las fábulas.
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- Sin centro, perdida la idea de raigambre, el
sujeto de su narrativa se desplaza en los márgenes haciendo el inventario
del olvido. Lo mejor de su escritura es esa dedicación prolija y a la vez
deleitosa a cada cosa y cada nombre extraviado. Este Heráclito habanero
habita el país del exilio, y es su primer ciudadano perpetuo. Quienes nos
hemos asomado al salón de té londinense, donde ese país parece que
empieza, sabemos que este hombre viene de lejos pero no ha acabado de
llegar. Trae todo su equipaje de viajero, su memoria como otro mundo.
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- Cervantino, la realidad le da de palos, y él
le devuelve lanzadas y despropósitos. Solitario, la memoria le sangra y él
se complace en esas intimidades. Exiliado, no se resigna a la soledad, y se
hunde en los cinemas. Poco y mal leído, le elogian lo casual y le olvidan
la extraordinaria calidad de su prosa, esa liviana y fácil poesía que
fluye de su extraordinario talento para lo sensorial y lo específico. Sus Tres
tristes tigres no han perdido bravura, su vehemencia celebratoria, donde
el tiempo es placer y agonía.
- Y su obra más recóndita, La Habana para
un infante difunto, es un verdadero tratado de los sentidos, del sabor y
el saber de una lengua reverberante, hecha en la intimidad laberíntica del
cuento compartido.
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- Raudo pero placentero, como los clásicos
amenos, Guillermo Cabrera Infante quizá nunca ha salido de La Mancha y ha
preferido su inventario de maravillosas luces y tristes sombras.
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