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CON EL PATROCINIO INSTITUCIONAL DE UNESCO
Julio 16 del 2000
La prensa internacional, a un año de la muerte de John Kennedy Jr.
localiza a Carolina Kennedy Schlossberg
La revista "People" hace un extenso reportaje que titula "La vida continúa", en dicho reportaje se destaca que esta mujer signada por la curiosidad del gran público
"Con gracia y discreta decisión, ella alimenta el recuerdo
de sus padres y su querido hermano, a quien perdió hace hoy un año"

Leemos en "People", un reportaje sobre esta mujer, que nació, creció y ha vivido seguida por el lente de miles de cámaras fotográficas, y observada por la gente en todos los puntos del mundo. Es así que aquí, en "Mujeres del Tercer Milenio", referimos uno de los tantos reportajes que llenan muchas y muchas revistas y acaparan centimetraje de periodicos.

Al cabo de todos estos meses, la trabajadora social Rosa Pardo se emociona al recordar el desayuno que compartió en diciembre con Carolina Kennedy Schlossberg. 

 
"Me senté justo a su lado y le dije que le había puesto a mi hija el nombre de mi madre, y me dijo: 'Mi hija Rose se llama como mi abuela'", dice Pardo. Una de las cuatro personas que recibió el Premio a la Heroicidad John F. Kennedy que otorga la Fundación Robin Hood, obra de caridad que John había respaldado durante mucho tiempo, Pardo, honrada por sus esfuerzos para impedir el maltrato de los niños, descubrió que Carolina se sentía tan nerviosa como ella al tener que pronunciar un discurso. "Me dijo: 'Espero no parecer una idiota'", cuenta Pardo. "¡Eso era precisamente lo que me decía yo misma! Carolina es una persona como cualquier otra". Más tarde, cuando otro de los premiados, Marc Washington, un joven de 25 años, quien trabaja con los muchachos de la calle, rompió en llanto mientras narraba la muerte violenta de su hermano, Carolina lo abrazó y lo animó a "mantener las fuerzas". Dice Pardo: "Transmitía tanta elegancia y gracia. Carolina fue absolutamente amable".

En este acto fue una de las primeras apariciones públicas de Carolina desde el 16 de julio de 1999, cuando ocurrió la muerte de John, de 38 años, su esposa, Carolyn Bessette, de 33, y su hermana Lauren Bessette, de 34, al estrellarse el Piper Saratoga que John piloteaba costa afuera de la isla Martha´s Vineyard. La aparición era indicio, además, de cuánto desea honrar a su querido hermano la única sobreviviente del núcleo familiar de John F. Kennedy.
 "Dijo que estaba aquí para apoyar lo que John quería", dice Washington. "Expresó que deseaba continuar la obra que tanto le importaba a John". En su estilo discreto y digno, Carolina, de 42 años, estaba haciendo saber que se proponía hacer por su hermano lo que ha hecho durante mucho tiempo por su padre y su madre: preservar, proteger y avivar su recuerdo. "La leyenda de los Kennedy es su privilegio", afirma Stephen Hess, estudioso de la institución presidencial. "Esa es su herencia".
 
Si bien tiene un peso considerable en Carolina, la más reservada de la familia y la menos dada con la prensa, tal legado no es nada que se manifieste en ella. "Está haciéndolo de maravilla", sostiene Edwin Schlossberg, de 54 años, su esposo desde hace casi 14 años. Con su gracia y determinación características, Carolina continúa haciendo malabares con sus tareas públicas autoimpuestas y el papel que desempeña en privado y que siempre ha ocupado un lugar preponderante: el de madre de Rose, de 11 años; Tatiana, de 10, y John, de 7. "Demuestra mucha entereza y dominio de sí misma", dice Peter Duchim, quien es director de una banda musical y amigo tanto de Jackie como de Carolina. 

"Es una mujer muy balanceada y segura psicológicamente". Y añade un viejo amigo de Harvard, quien, como muchos de sus amigos, pide no ser identificado por temor a ser apartado debido a la feroz necesidad de Carolina de resguardar su intimidad: "Está haciéndolo infinitamente mejor de lo que cualquiera hubiera esperado".
 
En la gala del 8 de mayo que inauguró la temporada del American Ballet Theater en el Metropolitan Opera House de Nueva York, acontecimiento que comenzó a presidir en el lugar de su madre un año después de la muerte de Jackie en 1994, Carolina realzó su elegante figura con un Carolina Herrera con talle de lentejuelas y falda de crepé. Lucía relajada y contenta mientras compartía un palco delantero con Tipper Gore. Más tarde, durante el banquete formal, se volvió hacia Aileen Mehe (amiga de su madre, conocida también como Suzy por los lectores de su columna de sociedad) y le preguntó en broma: "Después del mío, ¿cuál es el vestido más bello del salón?".
 
Carolina volvió a figurar públicamente el 22 de mayo, cuando viajó a Boston para presentar el Premio al Valor de la Biblioteca John F. Kennedy. Este año, el premio, que Carolina contribuyó a fundar junto con su madre y su hermano en honor a su padre, fue un acontecimiento dulce y amargo a la vez, con un empate en el primer lugar. La ganadora, la senadora por California, Hilda Solís, premiada por intensificar la protección ambiental en comunidades donde viven minorías, es la primera mujer que recibe el galardón. ("Sé que Carolina tuvo mucho que ver con eso", señala Elaine Jones, quien ha formado parte del jurado del premio). Asimismo, es la primera vez que Carolina va a presidir el acto sin John. "El hecho de entregar el premio por sí sola la hace acreedora de un Premio al Valor", dice John Perry Barlow, un antiguo amigo de John.
 
Si bien la tristeza continua de Carolina es evidente para los amigos cercanos, según ellos el sentimiento es tan intensamente personal que casi nunca menciona el nombre de John. "Este primer año, Carolina ha venido tratando de superarlo", dice un amigo íntimo de la familia. En el aniversario de la muerte de John no habrá ni una gran reunión de los Kennedy ("son demasiados recuerdos presentes", comenta un amigo) ni un homenaje público. "Carolina lleva una gran carga emocional que requiere tiempo para sanar", dice un conocido. "Aún está de duelo, pero tiene que reunir entereza para sus hijos y debe conducirlos por todo este proceso".
 
Un símbolo de su aflicción pende de la pared en la oficina privada en el Senado de Ted Kennedy, el patriarca familiar. En un pedazo de papel colegial de rayas, el hijo menor de Carolina, quien era sobrino y ahijado de John Jr., escribió: "Querido tío Teddy: ¿quieres ser mi padrino? Te quiero, Jack". Pende al lado de una nota que JFK escribió a lápiz cuando era estudiante de bachillerato: "Queridos padres: Es la noche previa a los exámenes, de modo que escribiré más después. Los amo, Jack. P.D. ¿Puedo ser el padrino del bebé [Teddy]?" La respuesta fue "sí".
 
Si bien Carolina encuentra consuelo en su fe, sus familiares y sus deberes públicos, lo que la mantiene centrada es la vida que comparte con sus hijos y su esposo, quien es escritor y diseñador de medios interactivos. "El centro fundamental de su vida son sus hijos", dice un amigo. En su confortable apartamento de Park Avenue ("Lindos objetos, pero nada que pudiera encontrarse en Architectural Digest", comenta un observador), Carolina se ocupa de los resfriados, las tareas y las comidas de sus hijos, y con frecuencia prepara la cena, aun cuando dispone de ayuda hogareña permanente. En ocasiones especiales, Joseph Spadaro, quien se ocupa del cabello de Carolina y del de sus hijas, en un salón de belleza de Madison Avenue, se ha acercado al apartamento para arreglarle el cabello. "Es una casa con niños que juegan", comenta. "No dice: 'Espera en el salón, mi amor'. Cuando terminamos, vienen corriendo y dicen: 'Mami, te ves linda'".
 
Con mucha frecuencia, vistiendo unos jeans y sin llevar maquillaje, Carolina camina con sus hijas hasta el colegio privado para niñas al que asistía ella misma. "Allí se le ve mucho, con el perro, buscando a sus hijas", indica una conocida. En su calidad de miembro del consejo, Carolina ayuda a establecer las normas del colegio y escribe artículos para la publicación escolar trimestral. Su esposo, quien es un padre activo, contribuyó a diseñar el laboratorio de computación de la escuela. "Asisten a las reuniones nocturnas de padres y maestros y a los encuentros cuando las niñas actúan", afirma una conocida. "Las niñas han recibido una crianza sólida y sin frivolidades".
 
Desde la muerte de John, la familia ha viajado en varias ocasiones. "Se apartan de las multitudes y van a donde nadie los conoce y haya tranquilidad", dice un amigo. En septiembre, Shelby Foote, experta en la Guerra Civil, les ofreció a los Schlossberg y las familias de Ted Kennedy y Kathleen Kennedy Townsend, vicegobernadora del Estado de Maryland, un recorrido privado por el campo de batalla de Antietan, cerca de Sharpsburg, en Maryland. Durante la fiesta de Acción de Gracias, Carolina y sus hijas visitaron los campos de equitación de Middleburg, Estado de Virginia, donde Jackie enseñó a montar a la misma Carolina. "Es maravilloso que continúe la tradición", dice Eve Fout, antigua compañera de equitación de Jackie.
 
Asimismo, Carolina se retira con frecuencia a la casa de dos pisos que los Schlossberg utilizan para pasar los fines de semana en Sagaponack, Long Island, Estado de Nueva York. "Viene regularmente a misa y trae a sus hijos", dice el sacerdote Patrick Callan, de la iglesia de la Santísima Señora del Rosario, de la cercana localidad de Bridgehampton. "Posee una gran fe que la reconforta".
La casa, situada detrás de un alto cerco de setos, también brinda resguardo de la prensa sensacionalista, la cual ha llenado el vacío creado por su silencio con rumores infundados. Según uno de esos rumores, Carolina se propone vender la propiedad de su madre en Martha´s Vineyard, lo cual es negado rotundamente por un vecino de la isla. Asimismo, sigue circulando que el matrimonio de John con Carolyn Bessette fue tempestuoso. 
Un día de paseo en familia, 
con dos de sus hijos:
Tatiana, de 10 años, y John, de 7.
Además, otras fuentes afirman que la relación entre las cuñadas también era tensa. "Carolina y Carolyn reñían respecto al estilo de vida de Carolyn y las personas de que se rodeaba", dice Edward Lein, biógrafo de Jackie. "John y su hermana vivieron un enfriamiento de sus relaciones porque él defendía a su esposa". John Davis, primo del lado Bouvier de la familia de Jackie, afirma que Carolyn "no era cercana a Carolina", pero insiste en que John y Carolina "continuaron siendo muy unidos".
 
Fuera de la familia nuclear, Carolina se apoya con más frecuencia en su tío Ted. Durante un encuentro para recaudar fondos para el senador, celebrado en noviembre, Carolina dijo en sus palabras introductorias: "Sin Teddy, no creo que hubiera podido superar los últimos meses". De igual manera, hay indicios de que, tras décadas de seguir los pasos de su madre y mantener cierta distancia de los primos Kennedy más ásperos, Carolina pudiera estar renovando los lazos familiares. En una rara entrevista concedida para un segmento de 60 minutos II, sobre Ted, Carolina dijo que desde la muerte de John había crecido su reconocimiento "de cuán afortunada soy de formar parte de nuestra familia".
 
Su trabajo le brinda consuelo y la vincula con aquellos que ha perdido. Si bien no habla directamente de mantener la tradición familiar, un miembro de la organización del Premio al Valor dice que Carolina "lo dice con sus acciones". En su calidad de presidenta del Consejo de la Fundación de la Biblioteca JFK, Carolina "representa a su padre" con determinación, sirviéndole de "guía a su biblioteca", enfatiza Paul Kirk, presidente del Consejo. Para la exhibición que inauguró una biblioteca el 27 de mayo acerca de los viajes al exterior de Jackie, Carolina seleccionó y donó cuadros del patrimonio de su madre. El gesto, dice un confidente, "ha sido sentimental y al mismo tiempo gratificante".
 
Otras tareas han sido más arduas. "El año pasado, Carolina deshizo el apartamento de John y se encargó de sus efectos personales", dice un allegado a la familia. "Aquello le resultó muy doloroso". En octubre pasado, vendió la participación de 50% que poseía su hermano en la revista George a la firma Hachette Filipacchi, editora de la revista. Sin embargo, aun cuando se mantiene vigilante de los recuerdos de su familia, Carolina parece más interesada en resguardar a sus hijos de su triste herencia que en compartirla. "Dirige el espectáculo con firmeza decidida", señala un conocido. "Se siente que no desea transmitirles ese 'legado' a sus hijos". En cualquier caso, opinan algunos, está equivocándose en sentido opuesto. "¿Recuerdan cuando su hija les sacó la lengua a los fotógrafos?", pregunta el biógrafo Klein, aludiendo a las payasadas de Rose durante el funeral de John. "Obviamente, fue la consecuencia de absorber la actitud que tienen sus padres hacia la intrusión de los medios de comunicación en sus vidas privadas".
 
La defensa que Carolina hace de su intimidad es más que una pose. Es una misión y es probable que termine siendo su propio legado. Los dos éxitos de ventas editoriales que escribió conjuntamente con Ellen Alderman, su compañera de estudios de Derecho, En defensa nuestra: la ley de los derechos en acción, de 1991, y El Derecho a la intimidad, de 1995 exploran la naturaleza de la intimidad. De acuerdo con Esther Newberg, su agente literario, el dúo no está trabajando actualmente en ningún otro proyecto. Sin embargo, recientemente publicaron un extenso escrito titulado Ansias de intimidad en el sitio web Mighty Words. "Si no protegemos nuestra intimidad, esta nos será arrebatada", escribieron. "Y si aceptamos la intrusión, nos condicionaremos a desear menos intimidad de la que nos merecemos en una sociedad libre".
Casados desde hace 14 años, Carolina y
Edwin Schlossberg comparten 
al máximo su vida juntos.

 

Esta decidida actitud puede resultar severa. Algunos amigos que evocaron afectuosamente, pero en público, recuerdos de John luego de su muerte, descubrieron rápidamente que se habían convertido en personas no gratas. "Carolina no me habla y eso que yo la adoraba", dice un viejo miembro del personal de los Kennedy. Klein añade: "Carolina es toda una Kennedy: no hay que molestarse sino quedar a mano".
 ¿Según qué otro credo podría vivir, dada la forma en que los medios tratan a los Kennedy? Algunos observadores consideran insoportable tal intransigencia. "En su calidad de activista y de mujer que ha escrito acerca de la Primera Enmienda de la Constitución de EEUU, no puede sencillamente cerrar la puerta y desaparecer", dice Helen Thomas, hasta hace poco corresponsal de la agencia noticiosa UPI en la Casa Blanca. "No es posible vivir de las dos maneras".
 
Aquellos que conocen a Carolina no están tan seguros de ello. Pronostican que continuará llevando la antorcha de la familia, mientras sigue sus propias pasiones, viviendo cada día en sus propios términos al máximo. "Todos le dan mucho crédito pero a nadie le importa Carolina", dice James Allee, representante por el Estado de Massachusetts, quien fue compañero de cuarto, en la universidad, de su primo Patrick Kennedy, representante por el Estado de Rhode Island. "Es como una roca". Joseph Garagan, quien fue el primero de los primos de Carolina en ser apartados alguna vez, coincide con esa opinión: "Ese ha sido siempre un mensaje familiar de los Kennedy: recuperarse y seguir adelante".
JILL SMOLOWE, ELIZABETH MCNEIL
Y JENNIFER LONGLEY EN NUEVA YORK;
Y JANE SIMS PODESTA EN WASHINGTON


Traducción Mario Bulfone

 

Caroline Kennedy, la última representante de un mito

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