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Palabras de Monseñor Baltazar Porras Cardozo, Arzobispo de Mérida, y Presidente de la Conferencia Episcopal Venezolana, con motivo de la Sesión Solemne de la Alcaldía y Concejo Municipal de El Hatillo, en la celebración del
Día Internacional de la Mujer
Permítanme, de entrada, expresar mis sentimientos por encontrarme hoy en este hermoso pueblo de El Hatillo. Fui durante cuatro años Rector del Seminario San José, en terrenos aledaños de este municipio, y por breve tiempo ejercí como párroco de la Iglesia de Santa Rosalía, a la muerte del Padre Yánez. Son muchas las amistades y las querencias ligadas a estos parajes que marcaron en mí, una de las etapas más bellas y fecundas de mi vida personal. Por eso, al recibir la amable invitación de esta Cámara para ser orador de orden en esta sesión solemne y en la conmemoración del día internacional de la mujer, no pude resistirme a aceptar presuroso, comparecer ante ustedes. Dios les pague por esta oportunidad, y ofrezco mis palabras a las mujeres y hombres que trabajan con ahinco en este rincón mirandino que mantiene su impronta particular a pesar de estar engullida por el crecimiento de la capital.
 
Conmemoramos hoy, el día internacional de la mujer. Me entero de la reciente fundación del Club Soroptimist Internacional El Hatillo, para trabajar en la prevención y tratamiento terapéutico de la violencia intrafamiliar que afecta especialmente a las mujeres y a las niñas de nuestra sociedad de forma creciente. Qué bello apostolado, qué hermoso servicio social es el trabajar por el respeto a la dignidad humana, por una igualdad, que más allá de toda retórica nos devuelva la alegría de vivir, de convivir, de compartir, de hacer nuestro el mandamiento de que no existe poder humano ni divino que pueda arrebatarnos la primacía del amor y del afecto sobre toda forma de dominación, de insulto o de vejación. “En una sociedad injusta y desigual, salvación, vale decir el valor supremo de toda concepción religiosa, significa, evidentemente, y en primer lugar, lucha por la justicia y por la igualdad, liberación del sometimiento y la opresión. Significa recuperar la dignidad robaba, dignidad de ser mujer, de ser negro, de ser lo que se sea. Y recuperarla por ser el ser que somos, no por ninguna función, por importante que ésta pueda ser. Salvación significa justicia, amor, belleza, libertad, paz...que hay que hacer presentes aquí y ahora, para que no se conviertan en palabras vacías; hacer presente aquí y ahora lo bello, lo verdadero, lo bueno” (María Tabuyo, en Iglesia Viva 191(1997)403).
 
Pero sería una incongruencia, para decir lo menos, hablar de la mujer, o analizar el tema de la violencia intrafamiliar que afecta principalmente a lo femenino, si no lo vemos en el contexto mayor social dentro del cual vivimos todos. Un estudio relativamente reciente afirmaba, y lo probaba con cifras, que en América Latina la pobreza tiene rostro de mujer. Las carencias de todo tipo afectan a los más débiles y pobres, a los ancianos y a los niños, y en su inmensa mayoría tiene rostro femenino.
 
Por ello, tenemos que recuperar el espacio de la sociedad mayor, la sociedad política, dentro de la cual se troquelan los modelos y estereotipos generadores de conductas, actitudes, hábitos ciudadanos. Cuando la violencia ya no es sólo mediática e importada, sino que se convierte en el patrón primero del comportamiento político, asistimos a la degradación de la convivencia, a la imposición de la ley del más fuerte, es decir, de quien detenta el poder, y a la imposición de la irracionalidad y el fanatismo sobre el derecho a vivir en paz.
 
El actual proceso político venezolano está signado, lamentablemente, por estas características. Si no superamos este retroceso, si queremos entronizar de nuevo la decimonónica cultura venezolana de arreglarlo todo por la fuerza de las armas y del poder, entraremos en una involución que frustrará toda posibilidad de crecimiento de cultura democrática, de desarrollo socio- económico, y de esa ecología del espíritu que todos necesitamos y requerimos para vivir en paz, aprendiendo a solucionar los conflictos y contradicciones con las armas de la racionalidad y el diálogo.
 
Por ello, estoy convencido que la base de la superación de toda pobreza, y la violencia no es sino una expresión de ella, pasa por la implantación de una cultura de la tolerancia y de la convivencia, por una cultura auténticamente democrática y plural, en la que no puede tener cabida ningún tipo de autoritarismo, de exclusión ideológica ni de marginación impuesta desde el poder.
 
La violencia familiar no es sino la consecuencia, el cajón de resonancia, de ese clima más global de una sociedad que nos inocula, aun sin darnos cuenta, el virus deformante de la intolerancia y la violencia de todo signo. No puede haber educación contra la violencia familiar que no pase por una educación sociopolítica de la convivencia democrática. A los primeros que hay que pedirles que respeten y promuevan la paz psíquica, la tranquilidad social, la alegría de vivir en paz, es a quienes nos representan en los poderes públicos, a quienes tenemos que acudir o toparnos en los entes privados, en el supermercado, en la calle, en la plaza.
 
El único título válido y el más sublime es el del respeto de nuestra dignidad de personas. Todos los otros títulos o prerrogativas sobran, son inútiles. El respeto escrupuloso de la libertad de conciencia, de la tolerancia, de la autonomía de las dimensiones de la vida social, cultural y personal. En términos de ética civil, se concreta en la defensa de la dignidad de la persona y de los derechos humanos, en la búsqueda de la mayor felicidad para el mayor número de personas en el interior de una cultura de la solidaridad.
 
Ciertamente que el tema de la violencia intrafamiliar es un problema mundial, no exclusivo de sociedades con grandes desigualdades y carencias estructurales como la nuestra. Recientemente los Obispos de los Estados  Unidos escribieron una carta pastoral colectiva sobre la violencia doméstica contra la mujer, en la que abogan por recuperar la dignidad perdida. Comienzan afirmando rotundamente que “la violencia en cualquier forma –física, sexual, psicológica o verbal-, es pecaminosa; muchas veces es también un crimen. El abuso es un tópico en el que a nadie le gusta pensar. Pero como éste existe...debemos hacer un continuo esfuerzo para combatir la violencia familiar en contra de la mujer”.
 
No me resisto a recordar el hermoso pasaje del evangelio del domingo pasado, del encuentro de Jesús con la samaritana. Tomo las palabras del Sr. Nuncio Apostólico en su comentario al respecto: “El encuentro de Jesús y de la samaritana nos invita a reflexionar sobre dos exigencias de un verdadero encuentro, de un verdadero diálogo que podría llevar una cierta paz social y esperanza a este país. La primera exigencia es el respeto a los demás. Fíjense en la actitud de Jesús, impregnada de un respeto incondicional hacia esa mujer. Según la costumbre de la época, esta mujer, a los ojos de la sociedad era considerada tres veces impura: por ser samaritana, por ser mujer, por llevar una vida desordenada. Ahora bien, Jesús destruye todas estas barreras, recordándonos, al mismo tiempo que para Dios no existen excluidos, ni enemigos, ni malditos. Ante Dios, nadie puede ser considerado imperdonable o irrecuperable. La actitud de Jesús nos recuerda que no existe diálogo sin respeto a los demás, sin respeto por sus ideas y por sus decisiones. El diálogo supone que uno acepta la especificidad de los demás, respetando la distancia que nos separa a los unos de los otros, sin miedo y sin compromiso”.
 
“La segunda condición del diálogo es la búsqueda de la verdad. En su encuentro, Jesús y la Samaritana se ubican cada uno en su verdad. Se reconocen y aceptan su verdad, de hombre y de mujer, de judío y de samaritana, de sediento y de extranjera. Además, en la manera en que Jesús la escucha y la respeta, la Samaritana descubre que Dios la ama verdaderamente. La actitud de Jesús no es una estrategia, ni una pedagogía, no es ningún teatro ni formalismo, es un encuentro sin máscara y sin doblez. Lamentablemente hay demasiadas máscaras alrededor de nosotros. Y la más peligrosa de todas es la máscara de la disimulación, de la no-verdad”.
 
Es mucho lo que podemos y debemos hacer en pro de la convivencia y en contra de la violencia intrafamiliar. Desde quienes nos sentimos movidos por la fe cristiana tenemos la convicción de que el aporte a la convivencia y al diálogo social y cultural tiene aspectos de innegable trascendencia. La fe en un Dios que hace suyo el derecho de los pobres, fe encarnada en compromisos efectivos por la transformación de la sociedad hacia situaciones más justas en las que los desposeídos, los marginados, los fracasados, las mujeres, tengan la posibilidad de seguir esperando, y el testimonio de valores, más allá de la ética civil de mínimos, tales como la misericordia, la reconciliación, el perdón, el amor a los enemigos, la comprensión del otro, el respeto del más débil, es una oferta que debemos seguir ofreciendo y llevando a la práctica.
 
Iniciativas como la de Soroptimist Internacional que ahora se afianza aquí en El Hatillo con la experiencia de una organización de años y de presencia en diversos países, es el mejor regalo para celebrar el día internacional de la mujer. Yo me uno y aplaudo esta iniciativa de ustedes, espero conocer sus frutos y tengo la esperanza de que se puedan hacer presentes en otros lugares de Venezuela para contribuir a la superación de la violencia en todas sus expresiones, y que podamos decir como el salmista que cosechamos entre risas y cantares lo que sembramos entre sudores y lágrimas. Felicitaciones a las mujeres en su día, felicitaciones a El Hatillo por trabajar en desterrar la violencia de sus predios. Señores.
 El Hatillo, 5 de marzo de 2002.
 
 
 
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