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BENNY MORE: EL BARBARO DEL RITMO
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Cuando Benny Moré incursionó en el ambiente musical habanero, virtualmente nadie sabía quien era, excepto que venía de las Lajas.
Aunque muy pronto,  todos se percatarían de que aquel personaje alto y delgado, con su extravagante talento, les haría sentir deseos, a unos de abandonar su profesión
de cantantes y a otros de volver al Conservatorio de Música de la Habana para seguir estudiando.

Bartolomé Maximiliano Moré nació el 24 de agosto de 1919, en Santa Isabel de las Lajas, Cuba. Bartolomé --o Bartolo, como cariñosamente le llamaban-- fue el mayor de veinte hermanos. Atraído por la música desde niño, le gustaba cantar, se
aprendía las canciones con suma facilidad, a la vez que se aseguraba de contar
con sus propios instrumentos. Así, construyó su primera guitarra usando un pedazo
de tabla para el cuerpo y un carrete de hilo   para las cuerdas, dejando el resto a su imaginación.
Igualmente, tomaba un par de latas de leche condensada intentando remedar a un bongosero, mientras fungía de director musical al indicarle a los miembros de su familia que era lo que cada quien tenía que hacer.
A los dieciséis pisó tierra al formar su primer grupo profesional. Sin embargo,
Bartolo no había sido, instrumentalmente hablando, un niño prodigio. Más bien los
que le oyeron tocar durante su adolescencia recordaban sus deficiencias, el desconocimiento que tenía de las leyes de la música formal y como le rechazaban siempre que osaba ponerse a la par de los veteranos. Pero como tenía una memoria prodigiosa, un oído perfecto y le bastaba con pasar una vez cualquier tema para retener una sonoridad, con la exacta colocación de sus dedos que la producía en su guitarra, poco a poco fue ganándose el respeto de los otros músicos. No se puede decir que fueran estudios musicales profundos los que había realizado, teniendo que suplir la supuesta desventaja de su indisciplina musical con  una intuición única que, pocos años después, le permitiría hacer algo tan impensable y osado como armar
una gran orquesta. Más aún, darse el lujo de contar en ella con brillantes colaboradores que, por derecho propio, hoy en día forman parte de la historia de la música caribeña.

    No fue sino hasta 1940 cuando el joven Bartolomé llegara a La Habana.
Como todo provinciano que se muda a cualquier capital tuvo que conformarse con
lo que fuera, cantando  en cafetines al aire libre, calles y parques, a la espera de una compasiva propina que a veces llegaba de la mano de algún turista, o actuando en uno que otro cabaret, ante la indiferencia de unos parroquianos más interesados en
el alcohol y las mujeres al amparo de la noche.
Participó en concursos de aficionados (ganándolos todos) y cantó en diversos
grupos sin  mayor relevancia, hasta que consiguió su primer trabajo estable con el Septeto Cauto.
 
Las cosas comenzaron a mejorar cuando conoció a Siro (con “S”) Rodríguez y
Rafael Cueto, que junto a Miguel Matamoros habían fundado el famoso Trío Matamoros y luego el Conjunto Matamoros. Hacia 1945 se le presenta a Matamoros un contrato para actuar en México. Moré fue incluido gracias a la recomendación de Siro y Rafael. Luego de una exitosa gira por la capital azteca y estando a punto de regresar a Cuba, Bartolomé le pide permiso a Miguel para quedarse en México pues pensaba casarse con una mexicana. Lo que él realmente deseaba era probar fortuna en esa plaza y para ello consideró modificar algunas cosas en su vida.
Miguel lo aceptó, mientras que Rafael le advertía: Bajo el liderazgo de Miguel tú  
nunca serás nada más que el cantante de los Matamoros; siempre tendrías que cantar como él te lo indique. Moré le replicó: Está bien, mi socio. En ese caso me quedaré aquí y veré que puedo hacer.
En eso intervino Siro, para aconsejarle: Recuerda que aquí en México llaman a los burros Bartolo. Quédate, sí, pero cámbiate el nombre”, a lo que Moré le contestó:  Bien... Ni hablar... A partir de hoy me llamaré Benny; ¡Benny Moré!. Así comienza
su carrera en México como Benny Moré, formando   junto a Lalo Montané el Dueto Fantasma y actuando como solista con las orquestas de Mariano Mercerón, Arturo Núñez y Rafael de Paz, grabando además con
todos ellos, hasta que en 1948 se une a la orquesta de Dámaso Pérez Prado. Con
el “Rey del Mambo” graba discos que impulsan el desarrollo del mambo, hace giras
y filma películas.

  A finales de 1950 Benny regresa a Cuba y trabaja con las orquestas de Mariano Mercerón, Bebo Valdés y Ernesto Duarte, pero a pesar de su gran éxito artístico en Latinoamérica, aún le cuesta convencer al público cubano de lo que él vale.
Para 1953 lo tendrá todo finalmente dominado y empezará a lanzar a los atónitos oídos de cualquiera las improvisaciones más alucinantes en una guaracha, pero en las que el virtuosismo no es gratuito. Cuando quiere, se refugia en la íntima confidencia de un bolero para asustar a más de un bolerista, advirtiéndole como es que se debe interpretar ese género. Con su prodigiosa voz, capaz de recorrer un  amplio registro, elabora su discurso con líneas melódicas que ascienden y descienden vertiginosamente, en la tonalidad que sea, a la vez que plasma con la misma solvencia su habilidad rítmica en cualquier son montuno que se le presente. Comienza a ser llamado “El Bárbaro del Ritmo”, aunque sus planes son más ambiciosos, por lo que resuelve armar su propia orquesta. No importa que no sepa leer música ni que no haya estudiado dirección orquestal. El se busca entre otros a gente como los trompetistas “Chocolate” Armenteros“, Jorge Varona y El Negro” Vivar; al trombonista Generoso Jiménez, al baterista Rolando La Serie (sí, el mismo) y a los vocalistas Fernando Alvarez y Miguelito Cuní. Para compensar su analfabetismo musical y poder sonar sus ideas en los arreglos, utiliza como transcriptor a su pianista del momento, llámese “Peruchin” Justiz o Eduardo Cabrera. De este modo conformará un “jazz band”, que él insiste en llamar públicamente  “Orquesta Gigante de Estrellas Cubanas” (o “mi tribu”, entre sus más íntimos). El éxito es inmediato. Le sobran ofertas de todas partes;  graba respaldado por su banda, o haciendo duetos con Alfredo Sadel, Pedro Vargas o Tony Camargo.
Como respaldo visual actúa elegantemente vestido, con smoking o frac, y con sombrero y bastón. Un perfecto “show man” para la época.

  Tanto sueño infantil materializado en gloria no fue suficiente. Sus “problemas personales”, traducidos en su anárquico ritmo de vida y su sensibilidad romántica a flor de piel de bohemio incorregible, le harán prender la vela por ambos extremos. Benny Moré muere  en La Habana el 19 de febrero de 1963 a la prematura edad de 43 años.   Aunque hay quienes dicen que “El Bárbaro del Ritmo” sigue vivo, y no dejan de tener razón. Benny Moré cambió, en poco más de diez años, el curso de la historia de la música cubana, y las consecuencias de su gran aporte siguen hoy tan válidas como entonces.
 
Alberto Naranjo
alnasmusic@cantv.net


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