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LA BANALIDAD DEL MAL, 
UNA VEZ MAS
 
Por la profesora Lourdes Rensoli Laliga

Mucho se ha discutido alrededor de la tesis de Hanna Arendt acerca de la banalidad del mal. Podrá considerarse universal o limitado su alcance, pero no parece caber duda alguna sobre su validez en muchos casos. Evóquese la conocida novela de Golding El señor de las moscas, y sobre todo, la escena previa al final en la que la banda de niños que han retrocedido a los más primitivos niveles de la especie y se han convertido en asesinos se encuentran con unas botas que ven enormes, y que los devuelven de repente a su condición infantil. 
 
Evóquese la miserable realidad de las vidas de muchos altos oficiales nazis, llenos de defectos físicos y psíquicos (los que costaban la vida a sus víctimas), de limitaciones e insuficiencias, y que despojados de uniformes y de poder quedan reducidos a seres insignificantes. Evóquese la condición de Pol Pot en los últimos meses de su vida: un anciano consumido y aquejado de toda suerte de enfermedades. Todos ellos muy poca cosa en lo individual, cuyo halo terrible vino dado por algo que trascendía sus personas.
 
Se podrá condenar con intransigencia el nazismo en nombre de la humanidad o pertenecer al detestable grupo que encuentra en él un pasado glorioso y un posible futuro, pero ya nunca será posible volver a contemplar la swástica como un símbolo religioso asociado a ciertas culturas, simple objeto arqueológico o etnológico.
 
Lo mismo ocurre con otros casos posibles. El atentado de ayer contra las torres de la ciudad de New York y el Pentágono ha hecho pensar a todos los medios en el terrorista Osama Bin Laden como su autor intelectual, aunque haya podido encontrar apoyo en otros medios. 
Al observar las fotos disponibles del mismo, se experimenta una cierta decepción: un personajillo de rostro vulgar, aspecto más bien inexpresivo. Nada de faz temible, de ferocidad. Un mediocre fanático con algunas obsesiones y mucho poder para realizarlas. Otro tanto ocurre con Sadam Hussein, quien, sin uniforme, podría confundirse entre tantos ciudadanos de países árabes que viven en cualquier parte del mundo.
¿Qué puede mover a hombres normales y corrientes, ciudadanos y miembros de una familia, generalmente jóvenes, a inmolarse en aras de la pura y simple destrucción de alguien o algo que se designa como imagen del enemigo, sin importar lo que cueste ni cuantos muertos ajenos a la supuesta causa traiga su acción como consecuencia?
 
Si en el caso del terrorismo político esto proporciona abundante materia de reflexión--nada ociosa, por cuanto conocer la mentalidad de quien engendra daño y muerte ayuda a combatirlo--, más complejo y delicado se vuelve el análisis en el caso del terrorismo que se encubre con una máscara religiosa. Puede llamarse Santo Oficio, Hamas o de cualquier otro modo. Es la más espantosa de todas. ¿Qué pasa por la mente de un padre de familia y ciudadano normal como Mohamed Shaker Habishi, quien fue el primer árabe israelí en cometer un atentado suicida, para experimentar tal cambio? ¿Qué puede sacudir a jóvenes, a veces adolescentes, que hacen volar en pedazos a montones de civiles ajenos a los conflictos, tras gritar el nombre de Dios?
 
Mientras "sólo" se atentó contra Israel y sus ciudadanos, las condenas no siempre fueron enérgicas. Hubo en cambio justificaciones de actos tan infrahumanos, a la luz de la supuesta "maldad, crueldad, etc de los judíos", en este caso, de Israel, aunque los judíos de otros países también sufrieran en su carne las consecuencias. Recuérdese el atentado a la AMIA, en Buenos Aires. Tampoco es casual la destrucción de las dos torres de New York en el día de ayer, situadas en el corazón de Mannhatan, pues además de su valor simbólico, se conoce la abundancia de población judía en dicha zona.
 
No sólo ha influido en todo ello el sempiterno antijudaísmo arraigado en muchos sectores de Occidente y de Oriente, que suele omitirse este último. También los nacionalismos y las doctrinas comunistas (con frecuencia muy ligados), sobre todo las izquierdas radicales, maoístas, troskistas, y los movimientos engendrados por ellas como las Brigadas rojas, ETA, el IRA, Sendero luminoso y tantos más, han echado mano al terrorismo, al que denominaron con el eufemismo de "violencia revolucionaria", convertida en gloriosa por el Che Guevara, Castro y muchos más, y han justificado todos los excesos. 

Siempre cometidos en pos de un "luminoso futuro" que nunca llega a construirse, pues aunque se obtuviese la victoria política, la guerra contra un enemigo real o ficticio sería perpetuada con todos los pretextos posibles, y así se iría aplazando indefinidamente el objetivo final, de modo que acabaría defendiéndose la guerra por la guerra misma.
 
Algunos lo hemos vivido en los países comunistas, y una vez exiliados, recibimos de las izquierdas toda suerte de condenas y epítetos por traidores a no sé qué y supuestos servidores de no sé quién. Ello también explica que sea frecuente hallar en las izquierdas y los nacionalismos a los que con mayor fuerza condenan a Israel y justifican toda acción en su contra sin mayor verificación de los hechos reales ni distinción entre errores políticos y propósitos de exterminio. 

El intento de resolución condenatoria contra Israel por parte de los regímenes despóticos que tomaron parte en la reciente conferencia de Durban contra el racismo, que provocó la retirada de Israel y de los E.U. es buena muestra. De un modo u otro, las izquierdas de salón del mundo desarrollado le siguen el juego.
 ¿Sabrán que votan por la liquidación de la democracia, que se dedican a aserrar irresponsablemente la rama del árbol en la cual están sentados? Todo ello para regocijo de los cerebros maquinadores de una guerra en realidad dirigida contra todos los valores democráticos y humanistas, sean en sus modalidades orientales u occidentales. Pues los más altos valores humanos son universales, aunque Oriente y Occidente los vivan a veces de modos diferentes, de acuerdo con sus historias y tradiciones respectivas.
 
Existen sectas fanáticas y asesinas. Las religiones universales son esencialmente ajenas a tales monstruosidades. Como el Judaísmo y el Cristianismo, el Islam es una religión hermosa y cargada de valores, aunque el desconocimiento de sus principios, unido a los tristes hechos anteriormente narrados, haga pensar lo contrario a muchos. Como en el Judaísmo, su saludo consiste en desear la paz. Exige una conducta moral honesta, misericordia, ayuda al prójimo y templanza. La inmolación voluntaria existe en verdad, como una de las posibilidades establecidas para la guerra, pero dentro de un ejército y frente a un ejército. Profundamente ajeno al Islam --y al Judaísmo y al Cristianismo--es provocar la muerte de niños y de personas indefensas e inocentes de cualquier clase.
 
El Corán admite asumir un grave riesgo de muerte por parte de quien participa en la guerra santa (que nunca ha de ser agresión gratuita) y promete el Paraíso a quienes así mueran, pero nunca el suicidio, rechazado por todas las religiones reveladas. Sólo una interpretación aberrada de éste, dentro de una atmósfera también aberrada, puede convencer a alguien de que tales actos son, no sólo lícitos, sino loables.
 
De ese mismo modo y según esas mismas reglas, la Inquisición torturó y persiguió a herejes y supuestos hechiceros. Una monstruosa distorsión de la doctrina del judío Jeoshua ben Josef, el Nazareno que predicó la paz y el perdón, condujo a quienes pretendían seguirlo a condenar, humillar y asesinar precisamente al pueblo que lo vio nacer. Lo mismo ocurre ahora con el Islam.
 
Por supuesto que para muchísimas personas será muy difícil valorar a las religiones por sus principios esenciales y no por la conducta de una parte de sus seguidores. Es humano y comprensible. Baruch Spinoza escribió que quien ha recibido una grave ofensa por parte de un miembro de un pueblo tenderá a odiar a todo ese pueblo sin distinción. Pero es eso justamente lo que debe evitarse. La cultura del odio se retroalimenta a costa de sus víctimas.
 
Han de odiarse los actos, los hechos criminales, pero no a los pueblos ni a los fieles de religión alguna. No permitamos que el mal se arraigue en nuestra propia banalidad, en nuestra condición de hombres y mujeres comunes y corrientes. Que sobre el terrorismo de cualquier sello y otros actos criminales caiga nuestra condena y que los culpables sean castigados con la mayor severidad, sin una clemencia equívoca que sólo serviría para generar mayores males, pues el acto terrorista ayer ocurrido constituye un crimen contra TODA LA HUMANIDAD y no sólo contra Occidente. Que los hombres y mujeres de buena voluntad del mundo entero tengan a bien unirse por fin contra el enemigo común, ése que cubierto con las más diversas máscaras, pretende retrotraer al mundo a la esclavitud, al salvajismo, al miedo implantado como forma de vida, todos ellos de obtener y resguardar un poder tan absoluto como todas las vanidades humanas.
Permanezcamos junto al pueblo y al gobierno de los Estados Unidos en su dolor y en su justo propósito de encontrar y castigar a los culpables. Oremos por las víctimas de los atentados ayer ocurridos. Cooperemos, si es posible, en la búsqueda de los autores máximos y en la reconstrucción de lo destruido. Apoyemos con todas nuestras fuerzas la lucha contra el mal, sea en su aspecto terrible o en el banal. Y sobre todo, recordemos que, desde hace mucho tiempo, lo que ocurre en un lugar del mundo nos afecta a todos. 

Esperemos que Israel salga beneficiado de un cambio de actitud. Y que ocurra lo mismo con tantas víctimas (sobre todo los jóvenes a los que se empuja al suicidio) de las manipulaciones de quienes, en el bando árabe, no tienen escrúpulos en apelar a medio alguno con tal de conservar el poder y los privilegios.
 
Siempre resultó moralmente condenable la actitud, cómoda y egoísta, de quien permaneció indiferente ante las catástrofes ocurridas fuera de sus fronteras, pero hoy la reacción frente a ellas se ha vuelto un imperativo, una condición de la supervivencia común. 
Repitamos, desde cualquier credo, la frase del poeta inglés John Donne retomada por el norteamericano Ernest Hemingway: "No preguntes nunca por quién doblan las campanas: están doblando por ti"
12 de septiembre de 2001
Lourdes Rensoli Laliga
lourdesrl@hispavista.com
Madrid
http://usuarios.iponet.es/ddt/rensoli.htm
 
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