De
un verdadero espíritu de servicio es de lo que más carecen las sociedades
y las organizaciones actuales, lo cual se debe en un considerable
porcentaje, a que no existe un compromiso genuino de búsqueda constante por
parte de cada uno de los miembros que las integran, con relación al
desarrollo completo de su propia persona, y es que en definitiva, para que
se geste y se construya auténticamente una cultura de servicio en todo el
sentido de la palabra, el pilar esencial es precisamente la persona, la
calidad de la persona.
Uno
de los requisitos fundamentales para crear una cultura de servicio es el
desarrollo de la virtud de la humildad. Pero la soberbia y la búsqueda de
vanagloria personal, contribuyen de una forma muy frecuente a que éstapierda su grandeza.
El
ser humano al no vivir la humildad, puede muy bien hacer desgraciados a
quienes le rodean, pues la soberbia lo inficiona todo: familia, amigos,
trabajo etc. Por ejemplo, ésta persona exigirá un trato especial porque se
cree distinta, habrá que evitar con cuidado el herir su extrema susceptibilidad,
de alguna manera se tendrá que tolerar su actitud dogmática en las
conversaciones, sus intervenciones irónicas, el no importarle que los demás
queden mal, mientras él o ella quede bien. Pero resulta, que todas estas
son manifestaciones de algo más profundo, pues se trata fundamentalmente de
unegoísmo desmedido que se
apodera de la persona, cuando ella ha puesto equivocadamente todo el
horizonte de la vida en sí misma.
Cualquier
ser humano desea una palabra de aliento ante las situaciones difíciles,
comprensión de los demás aún cuando con buena voluntad, se ha cometido
una equivocación,que se fijen
en lo positivo más que en los defectos, que también exista un tono de
cordialidad en las familias y en el lugar donde se trabaja,que por supuesto se exija en el cumplimiento de las tareas asignadas,
pero de buenas maneras, que se haga la respectiva corrección fraterna
cuando lo que se ha hecho no está bien. Todo esto es el reflejo de una auténtica
vivencia de la solidaridad y la empatía, desde la profunda perspectiva del
servicio.
Para
poder servir, con todo lo que ello implica, se necesita dejar el egoísmo
propio de un lado, para así ser capaces de descubrir esas pequeñas pero
importantes manifestaciones que hacen sentirse bien a los demás. Si el
hombre no lucha por olvidarse continuamente de él mismo, en el buen sentido
de la palabra,pasaría una y
otra vez del lado de quienes le rodean y no se daría cuenta de que se
necesita a lo mejor un gesto que anime, una frase de reconocimiento por lo
que se ha hecho adecuadamente, una invitación para ser mejores, dicho de
otra manera, servirles.
El
egoísmo ciega y nos cierra el horizonte hacia los demás, en cambio la
humildad abre constantemente los caminos para el logro de detalles prácticos
y concretos de servicio. Así, las faltas más pequeñas de los otros,
tienden a verse aumentadas, las muchas faltas nuestras tienen una marcada
tendencia a disminuirse y a justificarse, por el contrario, al ser humilde
se es capaz de reconocer en primer lugar los propios errores y las propias
miserias. Solamente de esta manera se puede estar entonces en condiciones de
mostrar un respeto genuino, al mismo tiempo que se ven con una mayor
comprensión y tolerancia los defectos de los demás: esposo, esposa, hijos,
compañeros, jefes, subalternos, clientes, proveedores etc., y lo mejor aún,
de esta manera, se es capaz de poderles brindar un buen apoyo y una valiosa
ayuda. Se aprenderá a mirarlos con ojos de afecto y se estará en la
capacidad de aceptarlos aún con esas diferencias. Solamente así, se habrá
logrado una real autoposesión, un dominio verdadero del ser, para
convertirse en un agente de integración en cualquier lugar donde se esté.
Un lugar donde el servicio sea el comienzo y el fin de cada jornada, de cada
día, logrando llevar una nueva luz, un nuevo brillo tanto a la familia como
al lugar donde se labore, una luz tan potente que se proyecte a todo,
iluminando igualmente al mundo, para beneficio de todos los que habitamos en
él.