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Publicado en Tal Cual Digital
LUNES 23 DE JULIO DE 2001
Candilejas
Américo
Como un angustiado profesional que encontró además tiempo para escribir las 314 páginas de "América y Fidel Castro", Américo Martín vuelve a ser ese analista de la praxis para quien el fragor de la teoría no es impedimento sino estímulo para interrogar la realidad.
 
Lo demostró en Marcuse y Venezuela, El Estado soy yo Los peces gordos, y El Gran Viraje, libros de época, es verdad, quizás de moda, astrológicos, de anticipación, pero que si merecen rescatarse por algo es porque pueden regresarnos a capítulos del tratado aún no escrito, pero presentido, de Américo Martín y sus días.
 
Como es este América y Fidel Castro, escriturado en el taller en que las noticias que vienen de Caracas podrían ser iguales, o parecidas, a las que llegaron de La Habana hace 40 años, y por tanto, ideales para la reflexión de un artista que se sumergió y está sumergido en unas y otras.
 
Entonces, como ahora, Américo Martín buscaba el camino, trataba de establecer en la praxis algunas de las líneas maestras del comportamiento del fenómeno histórico y político latinoamericano. 
Algo perdido seguramente, como que le costó cárcel, torturas, persecuciones, pero no por eso menos acucioso, menos convencido de que si no había luz al final del túnel tampoco podía haber más oscuridad.
 
Fue y es el destino de muchos venezolanos y latinoamericanos nacidos en las décadas de los 30, 40 y 50 del siglo pasado, de los viajeros que abordaron el futuro sin bitácora, brújula, ni rosa de los vientos y quizá regresaron, como el personaje de La máquina del tiempo, de H.G. Wells, "con una flor marchita".
 
Pero también con esa acumulación gigantesca de materia prima vital, que es lo que parece haber encontrado Américo Martín por los caminos de un continente que al parecer aún no termina de bajarse del caballo.
 
Metralla, relinchos, cañones, espumarajos, tirofijismo, atentados, terrorismo, guerrillas, represión, fujimorismo, secuestros, montesinismo, asesinatos, torturas, están ahí para corroborarlo, pero también la lucha de quienes piensan que sólo por la vía contraria, por la vía de la tolerancia, la paz y el diálogo, se encuentran los recursos para acallarlos y convertirlos en minas, en esquirlas del pasado.
 
Que pueden explotar cuando menos se piense, es verdad, pero ya como parte de los horrores que se mantienen vivos, pero para que no vuelvan a cometerse, a repetirse.
Aprendizaje atroz, terrible, escatológico, como que sólo permite acceso a quienes alguna vez lo practicaron o justificaron, pero que una vez adquirido no vuelve a olvidarse jamás. Tormenta, sin par, como la que dicen dejó una vez sin aliento a Saulo en el camino de Damasco pero que para Américo Martín es cosa de todos los días, como espíritu acostumbrado a darle los "buenos días" y mirar cara a cara a la verdad.
 
No es en consecuencia el América y Fidel Castro un libro de odios, ataques, llantos, subjetividades y reconvenciones sino más bien el trazado de un viaje sine ira et studio hacia un debe-haber que pudo serlo todo y concluyó en poco o nada.
 
Por eso está puesto también en la balanza de un conocimiento erudito de la América poscolombiana, en las raíces de un suceso ocurrido quizá con 500 años de atraso.
Y que todo el tiempo pende sobre el asombro de los latinoamericanos, con el peso de las catástrofes geológicas que no nos perdonan estar en el centro de los choques de un par de placas tectónicas.
 
Por ahí se lanza la disertación de Américo Martín en este tiempo especial para los venezolanos, que ya dejó, o está dejando de serlo para los cubanos, pero que vuelve a hacernos sentir como conejillos de India en el laboratorio de las utopías.
Un rayo de violencias que no cesa, que tiene en este momento a Colombia al borde de la balcanización, que es posible se bata con furia sobre el resto de las nacionalidades y que al parecer es inútil combatir o detener hasta que no cumpla su obra destructora.
 
Libro pesimista también, sin recetas de ningún tipo, como que viene del menos político de los políticos del siglo XX venezolano.
 
De un testigo de excepción a quien le tocó vivir, o estar cerca de alguno de los sucesos fundamentales del tramado cubano-venezolano de los últimos 40 años pero más para preguntarse que para responderse, para continuar que para detenerse.
 
Con un excelente prólogo de Teodoro Petkoff (lo he gritado hasta la saciedad), que es también una confesión personal, un ajuste de cuentas con esas equivocaciones que se cometieron, no porque odiábamos, sino porque amábamos.
 
Introducción en definitiva para sucesos que están por venir, que están tocando a la puerta, y que es razonable conocer, tocar, para decir algún día en noches de borrasca, truenos, relámpagos, fantasmas y aparecidos: "Yo también lo sabía".
 
manu01@telcel.net.ve
 
 
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