Sí,
lo era y ninguno de los dos quiso aceptarlo así. Le busqué en la redacción,
y allí estuvimos un buen rato hablando de muchas cosas, y sobre todo,
estuvimos riéndonos sabroso, como Alvaro Miranda decía que yo me reía,
y es que con ese amigo, hasta el tema más grave, lo terminábamos
asumiendo con buen humor. Fue el 1º de agosto de este año. Después de
estar en el periódico, nos fuimos a uno de esos tantos restaurantes de la
Candelaria.
Bebimos
vino, y comimos esos platillos vascos que tanto le gustaban, y recuerdo
que me dijo que ya casi no los comía dada la prohibición médica, pero
que un “Día era un día” y ese, sin duda lo fue. Nos despedimos sin
decirlo, pero ambos sabíamos que estaba cerca el tiempo de no vernos más.
Transcurrieron dos meses y doce días, y una llamada desde Nueva York, de
alguien que lo quiso muchísimo, me dice que se nos fue, que ya no le
tenemos para buscarlo cada vez que hayan dudas, cada vez que la tristeza o
la desesperanza nos aprese. Cada vez que nos provoque compartir un chiste,
o decir una palabrota ante absurdos y desatinos que no comprendemos. Somos
muchos los que sentiremos su ausencia, porque no será fácil aceptar que
aquel hombre grandote, fuerte, que tenía el corazón más tierno y el
sentido más bello de la amistad, la fidelidad y la lealtad ya no está
como “A golpe de 10” en la redacción...
¡Que
vaina Alvaro! Nos enseñaste muchas cosas a muchos de los que tuvimos la
suerte de ser tus amigos, pero olvidaste decirnos cómo se acepta lo
irreversible. No pensaste quizá, que como en béisbol, nos tomaría fuera
de base... Y es que igual que tú, siempre di cabida a los milagros. Hace
poco, Maita, nuestro amigo, con relación a una de esas “Cáusticas”
bromas mías, me escribió diciéndome: “Alvaro Miranda ya me había
advertido de tu "mala lengua"... Esa “Mala lengua” que a ti
te divertía escuchar.
Pero...
y entonces Alvarillo ¿Quién estará para recomendarme reflexión, o
prudencia, o clase...? ¿Quién para decirme que no vale la pena cazar
peleas con tontos? ¿Quién para almorzar conmigo y recitar a dúo, como
Machado: Donde hay vino bebo vino y si no hay vino agua fresca?
¿Quién
mi buen amigo, para enseñarme a alegrarme por lo que fue conocerte, y no
empañar esa suerte con la tristeza de saber que no estás más?
Esta
tarde iremos a una misa, y desde algún lugar bonito tu estarás viéndonos
y seguro que pícaro dirás: ¡Me perdonan esa, guapié hasta el final,
ustedes lo saben!