alegriasamarguras
 
Alegrías y amarguras. 
Placeres y preocupaciones de la Vida
por Sylvia Benzaquén
New York
La vida, resulta amena, precisamente por la gama de variantes que presenta. La monotonía no existe, tampoco el aburrimiento 
(sólo en la mente de los ociosos.)
Tenemos la absoluta capacidad de experimentar emociones intensamente, reímos, lloramos, gozamos, sufrimos…
 
El quehacer cotidiano viene salpicado de tensiones y desafíos, para enfrentarlos utilizamos algunos antídotos valiosos como la alegría y el optimismo. La naturaleza del hombre ha sido dotada con un componente emocional que aún hoy, con todos los adelantos de la psicología y psiquiatría, resulta una encrucijada.
Sabemos amar profundamente, odiar intensamente, podemos alegrarnos celebrando felices acontecimientos y entristecernos en lo más profundo del alma frente a eventos dolorosos. Somos capaces de gozar placeres  físicos y extasiarnos  con deleites sensuales, o pasar al plano espiritual y sentir complacencia y satisfacciones. Tendremos períodos de tranquilidad, otros con preocupaciones que podrían hacernos sentir al borde del abismo.
 
La vida  se nos presenta de acuerdo a nuestra circunstancia, con amor, dolor o ternura, con luces o sombras, con armonías o totalmente desproporcionada.  Veremos la existencia de acuerdo a lo que somos, sanos o enfermos, ricos o pobres, jóvenes o ancianos, educados o analfabetos, también según la religión que profesemos, el país donde vivamos, y otras circunstancias familiares  o sociales. Otro factor importante es el poder de la imaginación y creatividad que cada cual posee y que a su vez incide en el modo de ver el mundo externo. 
 
La vida interna del hombre es producto directo de sus experiencias.
En el universo real se cosechan éxitos y fracasos, alegrías y tristezas. Un matrimonio exitoso, u otro que acaba en divorcio, un proyecto que se cumple cabalmente otro que culmina decepcionándonos. La alegría de ver crecer un hijo sano frente a otro que nació impedido o contrajo alguna enfermedad irreversible. Celebramos la vida, lloramos la muerte, el ciclo continua y nada parece detenerse. No somos inmortales aunque nos comportamos a veces como si lo fuésemos y nada puede destruirnos.
 

¿Cómo simplificarnos la existencia? 
 
Mirar el futuro con esperanza, ayuda. Imaginar un horizonte de amplias posibilidades y nuevos amaneceres, 
es otra fórmula. 
Apreciar y valorar lo que tenemos, otro secreto. Viejos y sabios refranes establecen que al mal tiempo buena cara… que no hay mal que dure cien años…
o que no hay mal que por bien no venga…
Cabalísticamente venimos al mundo a cumplir una misión determinada, de ahí el destino que nos toque vivir. Se cree que antes de nacer, escogemos a los padres (buenos o malos) de acuerdo a lo que necesitemos para lograr el objetivo. Sin embargo, también se nos concede la facultad de modificar el destino, mejorarlo a través de buenas acciones, o anularlo debido a las malas.
Son muchos los misterios que rodean la vida del ser humano y sus pasiones en la tierra, hasta el punto en que la vida se transforma en un continuo aprendizaje. La Buena actitud, el esfuerzo y la dedicación, son recursos que el ser humano utiliza con frecuencia. Por ejemplo, ante la llegada al mundo de un hijo enfermo, algunos padres lucharán mano a mano con los recursos de la ciencia para salvar o mejorar la condición del recién nacido; aunque otros, se inclinen por el camino fácil y ofrezcan su bebé a centros de adopción.
El factor suerte también es parte del cotidiano vivir, hay personas que donde colocan sus manos todo se transforma en oro, otros que la supervivencia  es una especie de eternidad donde permanentemente se sienten puestos a prueba. Lo que no entienden es que la existencia no es perfecta para nadie. 
Cada quien considera que su mal es el peor, sin embargo, si se nos ofreciera la oportunidad de intercambiar males ajenos por los nuestros, posiblemente escogeríamos de nuevo nuestra propia experiencia.
Las alegrías y las amarguras, los placeres y las  preocupaciones, son inherentes al hombre y percibimos esas sensaciones como parte del equilibrio emocional. Podríamos compararnos con la sabia naturaleza cuyas tempestades o tormentas no son eternas, sale el sol, llueve, pasan huracanes, anochece, amanece, hay días grises, los hay soleados, cielos nublados o despejados.
No vivimos eternamente alegres ni permanentemente entristecidos. Los placeres pueden ser efímeros aunque capaces de borrar preocupaciones.

Paso a paso, día a día, tenemos la posibilidad de explorar nuevas posibilidades, vivir maravillosas experiencias, resarcir daños y reconciliarnos con aquello que nos angustia.
La mente posee poderes infinitos e inimaginables si realmente anhelamos dibujar un destino mejor.
 
Agosto, 2001
Sylvia Benzaquén
New York
sylviab1279@cs.com
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