Este
artículo fue publicado por el Diario El Mundo de Madrid, el miércoles,
13 de marzo de 2002
Un
chiste macabro dice que la enfermedad de Alzheimer brinda un gran
beneficio: sólo permite conocer gente nueva... Pero causa el enorme daño
de borrar la propia historia. Y esto no es un chiste. La tragedia
palestina, al marginar la Historia, obtura sus vías de solución. Se ha
dicho que los palestinos «no pierden la oportunidad de perder la
oportunidad». Y esto es así porque no recuerdan sus propios errores y,
en consecuencia, no advierten que pueden hallar su independencia y
prosperidad a la vuelta de la esquina.
¿Qué
cosas tan importantes han olvidado? Por razones de espacio, sólo puedo
brindar una síntesis.
Al
terminar la II Guerra Mundial, Palestina estaba bajo el mandato colonial
de Gran Bretaña. La comunidad judía profundizó su lucha emancipadora
porque, desde finales del siglo XIX, venía construyendo su Estado y no
aceptaba algo que no fuera la independencia. Había fundado centenares de
kibutz, escuelas, hospitales, caminos, granjas, teatros, forestó yermos,
canalizó el agua y hasta edificó Tel Aviv sobre dunas de arena. Creó la
primera universidad, la primera orquesta sinfónica y el primer instituto
científico de Oriente Próximo. Tenía aparato administrativo y Fuerzas
de Defensa.Gran Bretaña, que contaba con el apoyo de la comunidad árabe
de Palestina y de la Liga Arabe que ella misma había ayudado a fundar,
elevó el problema a las Naciones Unidas con la esperanza de que
condenasen las pretensiones judías y pudiese continuar su mandato.
Se
formó un comité integrado por países neutrales que recomendó el fin
del tiempo colonial británico y la partición de Palestina en dos
estados: uno árabe y otro judío. Las fronteras del Estado judío fueron
dibujadas según las poblaciones predominantemente judías y el resto fue
adjudicado al Estado árabe. Ambos se mantendrían unidos por cruces
territoriales y la complementación económica.
¿Qué
pasó? Los judíos aceptaron el veredicto. Aunque no se les hacía un
regalo porque Israel ya existía gracias al sudor de sus habitantes , se
legitimaba su anhelo de soberanía. Los árabes, en cambio, rechazaron la
oferta y proclamaron su intención de arrojar a todos los judíos al mar.
En efecto, apenas Israel proclamó su independencia, siete ejércitos árabes
violaron la decisión de las Naciones Unidas y se arrojaron sobre el
exiguo territorio.Los judíos carecían de armas: nadie se las vendía
porque consideraban imposible que pudiesen sobrevivir. El único país que
accedió a proporcionárselas fue Checoslovaquia porque suponía que el
socialismo del flamante estado lo llevaría a la órbita soviética.
En
conclusión, si la agresión árabe hubiese triunfado, no existiría
Israel. Pero la Historia fue distinta. La guerra la quisieron y forzaron
los árabes, no Israel. Y perdieron. Ahí comenzó la tragedia palestina.
Por culpa de sus dirigentes. De haber actuado con sensatez, en 1947 ya
hubieran tenido su Estado propio.
Luego
de la derrota, los países vencidos se apoderaron de lo que quedaba de
Palestina. Gaza pasó a ser administrada por Egipto y Cisjordania fue
anexada al reino de Transjordania, que cambió su nombre por Jordania. En
consecuencia, los territorios que hubieran correspondido al Estado árabe
palestino fueron devorados por esos dos países, no por Israel. Pero
durante 18 años ni una sola voz egipcia, jordana o palestina reclamó
convertirlos en un Estado independiente con Jerusalén Este de capital.
Jerusalén Este había quedado en manos jordanas, pero no fue convertida
en su capital ni fue a visitarla ningún jefe de Estado árabe; era un
villorrio marginal donde, eso sí, se destruyeron las centenarias
sinagogas, se arrancaron lápidas del Monte de los Olivos para construir
letrinas y se prohibió el acceso de los judíos al Muro de las
Lamentaciones.
Los
palestinos perdieron otra vez la oportunidad de proclamar su Estado en
Gaza y Cisjordania. Llegó el año 1967. Los Estados árabes, impulsados
por el entonces presidente de Egipto Gamal Abdel Nasser, decidieron
terminar con Israel. Bloquearon el golfo de Akaba y exigieron el retiro de
las tropas de Naciones Unidas que evitaban el encontronazo de los
enemigos. Pese a los desesperados ruegos de Israel, las Naciones Unidas se
marcharon y dejaron libre la ruta de la matanza. Pero Israel, que no tenía
vocación suicida, no esperó a que fuera demasiado tarde, a que la mano
del verdugo lo agarrase del cuello. Estalló la Guerra de los Seis Días.
La
victoria israelí fue impresionante. Pero no cambió la realidad: Israel
seguía siendo un pequeño Estado en medio del océano árabe.En
consecuencia, tendió la mano a sus enemigos y ofreció negociaciones de
paz que incluían la devolución de territorios. Los líderes árabes se
reunieron en Jartum para dar su respuesta. Y la respuesta fueron los
arrogantes y famosos Tres Noes: no al reconocimiento, no a las
negociaciones y no a la paz con el Estado de Israel.
Los
palestinos volvieron a perder esa oportunidad. Ahora olvidan que un halcón
como Menahem Begin, para obtener la paz con Egipto, le reintegró
generosamente hasta el último grano de arena del Sinaí. Y que además le
obsequió pozos petrolíferos, rutas, aeropuertos, los complejos turísticos
de Taba y Sharm El Sheik, desmantelando incluso la ciudad judía de Yamit,
construida entre Gaza y el Sinaí. Vale la pena recordar que quien estuvo
a cargo de la penosa tarea de sacar a los colonos israelíes de la península
fue el entonces general Ariel Sharon.
Debo
obviar otros hechos para referirme a la última, magnífica y ya olvidada
oportunidad desperdiciada. Sucedió en Camp David II. El primer ministro
israelí, Ehud Barak, más pacifista que Rabin, le ofreció a la Autoridad
Nacional Palestina todo lo que pretendía (menos la autodestrucción, por
supuesto). Arafat replicaba con un monocorde no. Clinton le reprochó,
irritado: «Basta de decir no: haga sus propias propuestas». No las hubo.
No las hubo porque hubieran conducido a la paz.
El
líder israelí volvió triste: había ofrecido sin resultado mucho más
de lo que su pueblo aceptaría. Arafat volvió alegre porque continuaría
la guerra que lo mantiene en la primera página de los diarios de todo el
mundo. Su vida de combatiente le otorga más laureles que la aburrida
administración de un país. Era obvio que pocos días después iba a
lanzar la segunda, innecesaria y criminal Intifada.
Digámoslo
sin cobardía: entre la creación de un Estado palestino pacífico y la
promocionada Intifada, ¡Arafat eligió la Intifada! Si ahora no existe un
Estado palestino independiente es por voluntad de la dirigencia palestina,
no de Israel. Hay que denunciar esta verdad simple y dura. De lo
contrario, se ahondará en la estéril tragedia que enluta a Oriente Próximo
y demora una solución que está al alcance de la mano.
La
enfermedad de Alzheimer impide recordar que esta Intifada fue decidida
antes de Camp David, como confesó el ministro palestino de
Comunicaciones. No estalló contra Sharon, que ni siquiera era ministro,
sino contra el pacifista Barak, quien durante los cinco meses que le
quedaban en el Gobierno recurrió a todas las declaraciones y
negociaciones posibles, directas e indirectas, para que cesara la
violencia y continuara el proceso de paz.No hubo caso, no hubo un solo día
sin ataques palestinos y el efecto inevitable fue el triunfo electoral del
primer ministro Ariel Sharon.
Desde
hace décadas, en Israel actúa el Movimiento Paz Ahora, que dinamiza a un
millón de adherentes. ¿Qué movimiento por la paz existe entre los
palestinos? No pido que reúnan 100.000, ni 10.000. ¡Me conformaría con
sólo 1.000! Pero eso no es posible porque su dirigencia ha estimulado la
pérdida de la memoria y un desmesurado crecimiento del odio. Los
palestinos, después de cada nueva frustración, se dedican a matar judíos.
«Habrá paz», dijo Golda Meir, «cuando amen a sus hijos más de lo que
nos odian a nosotros». Esta también es una simple y dolorosa verdad.
Marcos
Aguinis es escritor y ganador del Premio Planeta
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